“Semilla del son”, de Santiago Auserón

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“Santiago Auserón se ha animado a poner orden en sus recuerdos cubanos, en esa relación de amor con la música de isla que le cambió la vida”

 

 

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Santiago Auserón
“Semilla del son”
LA HUELLA SONORA

 

Texto: JUAN PUCHADES.

 

A más de treinta años de desembarcar por vez primera en Cuba, a veintiséis de la edición de la iniciática antología “Semilla del son” y a veintidós de la publicación de “Raíces al viento” (primer disco de Juan Perro), Santiago Auserón se ha animado a poner orden en sus recuerdos cubanos, en esa relación de amor con la música de isla que le cambió la vida. Relación que se inicia en 1984, como turista de orejas abiertas, continúa en 1989 y dará lugar a “Semilla del son”, ese prodigio en el que se buscan grabaciones históricas de EGREM (Trío Matamoros, Arsenio Rodríguez, Benny Moré, Ñico Saquito, El Guayabero, Miguelito Valdés, Celeste Mendoza…) para conformar un álbum con el que intentar que la semilla de la música cubana germine de nuevo en nuestro país. Y por supuesto, bañará la música primera de Juan Perro.

Esa historia, la de su relación con Cuba, es la que Auserón recupera en este pequeño libro (48 páginas): cómo conoció a El Guayabero y se gestó “Semilla del son” (editado en 1991) con la inestimable ayuda de, entre otros, Bladimir Zamora, cómo se desarrollaron los diferentes viajes y encuentros de músicos cubanos a Madrid y Sevilla, su aprendizaje sonoro, la grabación en La Habana, en 1994, de “Raíces al viento”, la incorporación de Moisés Porro y Pancho Amat a la banda de Juan Perro para asentar el “rock montuno”, su relación con literatos cubanos, la producción del disco de Compay Segundo (“Antología de Compay Segundo”, 1995), hasta la visita a Cuba del año pasado, que coincidió con los funerales de Fidel Castro.

Santiago Auserón, que tiende a la elegancia caballeresca, siempre ha sido remiso a opinar en exceso sobre Ry Cooder y “Buenavista Social Club”, proyecto de resultado multimillonario posterior a “Semilla del son”, pero aquí, sin perder la corrección, sí aporta algunos datos: el encuentro con Ry Cooder en un estudio de grabación madrileño, donde le entregó “Raíces al viento” y la “Antología” de Compay Segundo (producida por Santiago), y donde Ry Cooder le comentó que quería regresar a la isla para grabar con Ali Farka Touré. Al final lo hizo con The Chieftains y en ese viaje comenzó a idear, con su hijo Joachim, “Buenavista”, al que Auserón considera “un disco apreciable”, menos (apreciable) le parece la película posterior de Wenders, y deja caer que en todo el proyecto predominaba el olor del dinero. Seguramente podría hacer sangre, pero no quiere, solo da la clave: el dinero. Porque detrás de Cooder y Wenders siempre parecían asomar los billetes que iban a agenciarse. Pero es evidente que las intenciones del gringo bueno y las del español entusiasta eran distintas. Donde uno veía negocio planetario, el otro tesoros ocultos que sacar a la luz y una oportunidad para que los gloriosos músicos cubanos tuvieran una nueva oportunidad, aunque fuera a escala pequeña, en España, y mientras disfrutar del aprendizaje, pues de eso se trataba también, de aprender del son cubano y sus derivados. ¿Habría existido “Buenavista Social Club” sin esa antología de Compay? Probablemente, porque en años de world music Cuba no iba a quedar al margen del omnívoro invento globalizador, y Auserón ya se había tropezado en La Habana con un emisario de David Byrne que iba a dar forma al recopilatorio “Dancing with the enemy” en su sello Luaka Bop: Cuba estaba en el ambiente, en el punto de mira, era objeto de deseo.

De todo ello habla Auserón en “Semilla del son”, con cuyo título regresa a la idea original del álbum de 1991. Libro que dada su brevedad se lee en dos suspiros y que al finalizar su lectura nos obliga a pensar que Santiago tiene todavía muchas más historias por contarnos, que en ese singular rompecabezas que es su obra (quizá de los más complejos que ha dado la música popular española en los últimos cuarenta años) permanecen muchos rincones desconocidos que pueden revelarnos las razones de un viaje sonoro apasionante y zigzagueante hacia las huellas de la negritud en nuestras músicas (las latinas), que él suele incorporar en un discurso que tiende a lo pedagógico e histórico pero que elude lo personal, el detalle, la anécdota vivida y vívida, ese hilo fundamental que entreteje la madeja humana del creador más allá de las teorías del investigador. Por ello, este libro, o cuaderno (de sobrio y hermoso diseño, de agradable y cálido tacto), adquiere un valor esencial, el de mostrarnos algo más a Santiago Auserón, la persona y el músico en el que late un corazón apasionado por los sonidos y no solo una cabeza prodigiosa. Cuando en la música el corazón importa tanto como la cabeza, en ocasiones pareciera que a Auserón le ha sobrado cabeza, lo que ha podido provocar que algunos asustadizos olvidaran lo primordial de su obra, ¡la música!, y se fueran dando de baja.

Nota: “Semilla del son” solo puede adquirirse en la tienda de La Huella Sonora.

Anterior crítica de libros: “Esta canción me recuerda a mí”, de Joe Pernice.

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