“Sabina. Sol y sombra”, de Julio Valdeón

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“Julio Valdeón construye un relato imprescindible sobre la figura de Sabina, valiéndose de las voces más autorizadas desde el mismísimo centro del universo de Joaquín”

 

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Sabina. Sol y sombra”
Julio Valdeón
EFE EME

 

Texto: CHEMA DOMÍNGUEZ.

 

“No puedes obligar al arte a que tenga una moral que coincida con la mayoría. El artista está fuera de eso. Una de las ventajas del arte es que tiene la libertad de transitar otros caminos, no hay arte en el cuerdo. El cuerdo es notario, gobernador, tiene una farmacia, vende telas…”. Estas palabras de Facundo Cabral las conservo grabadas en una cinta desde hace más de veinte años, y la lectura de “Sabina. Sol y sombra” me llevó hasta ellas. Porque uno de los mayores logros de Joaquín Sabina es este, precisamente, haber conseguido que una inmensa mayoría en ambas orillas del Atlántico coincida con su arte, o que al menos se identifique con él, manteniendo esa libertad de tránsito que anotaba Cabral. Y en el colmo de la fortuna, ese arte no ha perdido su capacidad de revolucionar.

Julio Valdeón construye un relato imprescindible sobre la figura de Sabina, valiéndose de las voces más autorizadas desde el mismísimo centro del universo de Joaquín, como Pancho Varona y Antonio García de Diego, o desde el exterior, como las de los periodistas Diego A. Manrique y Juan Puchades. Además, el propio Sabina aportará su voz en el interesante epílogo. Todo bien condimentado con otros tantos entrevistados para la ocasión y tan necesarios para entender la obra y el proceso artístico de Sabina, como Alejo Stivel, Olga Román, Luis García Montero, Ariel Rot, Mara Barros, Leiva, Álvaro Urquijo… Valdeón ahonda todo lo posible en la construcción del pensamiento de Sabina.

El acierto a la hora de plantear la narración de forma cronológica permite vivir paso a paso la evolución artística trenzada a la personal del autor de “19 días y 500 noches”. Una destacada revisión de su paso por la universidad en Granada, antes del exilio en Londres, cuando logra el permiso de residencia en 1971, después de aterrizar en Edimburgo, y la aparición de nombres como Pablo del Águila, compañero de estudios, poeta y primera gran influencia para Joaquín, o Mariano Zucasti, quien le cedió su pasaporte para poder salir de la indeseable España franquista, marcan oportunamente las raíces de toda su trayectoria artística. Después llegará su regreso a España en julio del 76, y el inicio de una nueva y definitiva etapa en Madrid. Javier Krahe, La Mandrágora, Hilario Camacho, Manolo Tena, Pancho Varona, Javier Gurruchaga y demás nombres como Fernando García Tola o Juan Antonio Muriel irán apareciendo decisivamente hacia el salto definitivo al éxito comercial con “En directo” (1986) y “Hotel, dulce hotel” (1987).

“Sabina. Sol y sombra” sabe recrear la intrahistoria de cada momento, sumando certeros análisis de cada disco, de cada canción, y también se adentra en las sombras y tensiones de su trayectoria tal y como adelanta el título, entre las más destacadas aquella con Fito Páez después de ser y grabar “Enemigos íntimos” (1998). Los mayores logros como “Física y química” (1992) y el imborrable “19 días y 500 noches” (1999) comparten intensidad con “la nube negra” que acompañó a Sabina después del “marichalazo” en agosto de 2001. Pero el oro aún ensombrecido, aún arrastrado, sigue teniendo su valor intacto, y sin grandes discos, el jienense sigue alumbrando canciones eternas. Coincido plenamente con Valdeón al destacar ‘Menos dos alas’ de “Vinagre y rosas” (2009), por ejemplo.

La pasión de Julio a la hora de describir, incluso defender la figura de Sabina en algunos momentos, deriva en las líneas con menor tensión del libro, bien es cierto que son las menos y que la talla artística del personaje es de tal magnitud que yo mismo caería en igual arrebato. Es más, esa pasión que a todos nos puede cegar, en “Sabina. Sol y sombra” acaba siendo una virtud, ya que sirve de acicate para profundizar aún más en sus logros, y situarlos mejor respecto a las demás propuestas musicales con las que ha convivido y convive, las influencias que ha recibido y las que proyecta, que casi merecen un libro aparte.

Indudable es que Sabina agrandó la canción de autor hasta convertirla en algo mejor, apoyada en el rock, en la rumba, en la ranchera y en un amplio registro de estilos, sonidos y colores, innovando de forma extraordinaria e inimitable, conectando desde su abierta libertad con la libertad íntima de un público enorme, espabilado, vivaz… Todo gracias a un centro de gravedad poético firme y abundante desde sus inicios, y que nunca ha dejado de crecer. Además, ha desarrollado como nadie esa capacidad para deshacer el ámbar en el que está atrapada cierta sabiduría popular para actualizarla y ligarla con las calles de Madrid, Buenos Aires o México. Esos libros que citaba Antonio Vega en ‘Esperando nada': “Vivo en la calle, estudio de aprendiz con libros que en la escuela nunca vi”, esos libros, insisto, los ha escrito Sabina. Y no hubiera sido posible sin un trabajo descomunal de por medio, y sin una entrega solo entendible si amas lo que haces por encima de todo lo demás. No se pierdan este esencial “Sabina. Sol y sombra”.

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Anterior crítica de libros: “Ovnis en la noche americana”, de Roberto R. Antúnez.

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