“Reyes de Alejandría”, de José Carlos Llop

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“José Carlos Llop ha optado por esconder los sabores y tratarlos como restos de un naufragio, como un plato de menudos desmenuzados”

 

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José Carlos Llop
“Reyes de Alejandría”
ALFAGUARA, 2006

 

 

Texto: CÉSAR PRIETO.

 

 

Cuando uno tiene unos recuerdos fuertes, potentes, en las manos, tiene también un problema: ¿cómo manejarlos? Entre la presentación en crudo y una preparación con ‘faisandage’ y cocción lenta y demorada hay todo un espectro que el memorialista debe calibrar muy bien, no sea que el plato aparezca descompensado. El tono es lo que define el mensaje, y el tono ha de ser uniforme porque es marca de verosimilitud. José Carlos Llop ha optado por esconder los sabores y tratarlos como restos de un naufragio, como un plato de menudos desmenuzados. Le interesa mucho dejar claro esto, como también dejar claro que sus años setenta no son los que cuenta la historia: ni a verlas venir, ni compromiso marxista, de cuyos apóstoles universitarios se burla en varias ocasiones. Fueron los setenta de los que nadie ha escrito, aquellos imposibles de investigar porque no hay archivos, aquellos en los que el compromiso era con la literatura y la música. “Yo era la música que escuchaba”, llega a decir.

Que aparece presente, claro que sí, como banda sonora y en algunas ocasiones como educación sentimental. Incluso ostentosos enemigos como Las Grecas, llegan a ser habitables en determinados momentos, porque la música también es juego y porque la mística del amor también aparece en ellas. Desfilan, pues, Crosby, Stills and Nash, Van Morrison, Pink Floyd –en grado sumo–, Pau Riba, el Zeleste y una buena docena de bares, Lole y Manuel, Bob Dylan. Hasta Lucio Battisti es importante y a él le dedica unos comentarios.

En literatura, Burroughs, Borges y el paso natural hacia Lovecraft, Ezra Pound sobre todo… Las revistas de la época, Star, Vibraciones, fiestas en la Bonanova, autobuses que se deslizan en una Barcelona que se ilumina en gris, fantasmal. También desfilan placideces con hash, primero en su Palma natal, después ya en Barcelona, mujeres –siempre asociadas a canciones– y esa ciudad libertaria que quizás interesaba ahogar más que la un compromiso político más fácilmente reconvertible y que tras el atentado de la sala de fiestas Scala se diluyó en el éter. Entonces fue cuando llegaron los tribunales inquisitoriales de la progresía.

Todo ello en un estilo demorado, tangencial al fluir de la conciencia, muy poco hispano y por ello de éxito casi inmediato en Francia. No sé hasta qué punto allí comprenderán estos recuerdos, la presencia del franquismo seguramente sigue siendo algo exótico en el país vecino, pero seguramente también vivieron en la universidad –tras mayo del 68– esa tensión entre apostar por la sociedad y apostar por la vida. Y muchos, como José Carlos Llop, se decidieron por lo segundo.

 

 

Anterior crítica de libros: “Quique González. Una interpretación de los hechos”, de Juanjo Ordás.

 

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