“Reflejos en un ojo dorado”, de Carson McCullers

Autor:

LIBROS

“Un perfecto mecanismo de relojería”

 

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Carson McCullers
“Reflejos en un ojo dorado”
SEIX BARRAL

 

Texto: CÉSAR PRIETO.

 

¿Qué decir de la actualidad de Carson McCullers en el centenario de su nacimiento y el cincuenta aniversario de su muerte? Pues que resulta una figura que ha ido creciendo en importancia, en valoración, en admiración incluso, por la especial sensibilidad con la que afronta esa literatura del Sur de Estados Unidos, iniciada en sus fundamentos por Faulker. La editorial Seix Barral ha tenido la excelente idea de editar toda su producción –escasa, las enfermedades continúas no le permitieron mayor despliegue–, así que podríamos comentar aquí la densidad de “La balada del café triste”, la disonante historia de amor de “El corazón es un cazador solitario” o la energía adolescente de “Frankie y la boda”, pero nos centraremos en “Reflejos en un ojo dorado”, atípica porque el microcosmos donde se desarrolla es aún más reducido que el de sus otros textos.

Tiene la habilidad la novelista de presentar inicios de novela antológicos, aparentemente inocuos, pero que al finalizar la lectura, si se vuelve a ellos, resultan altamente expresivos. En este caso, precisa el marco narrativo, una base militar, en el que la vida es monótona y vacía. Por fuera; por dentro, los personajes se mueven entre pasiones estúpidas que los llegan a sajar. Ahí lo anuncia, en el tercer párrafo, se cometió un asesinato. Es, al fin y al cabo, una novela de un naturalismo psicológico en la que se hace un informe, con estilo forense, sobre lo depravado. En un ámbito militar la violencia no es la guerra sino la intimidad.

En el fondo, se trata de una cuestión casual: el soldado Williams, a quien el capitán Penderton ordena adecentar un trozo de bosque para poder organizar barbacoas, poda lo que no debe. En el capitán, inestable emocionalmente, se genera un cáncer que poco a poco va ocupando todos sus órganos: el rencor contra ese soldado. Unos pocos personajes los rodean, frente a la erudición sin jugo intelectual del capitán, frente a su miseria vital que intenta que no aflore, su esposa Leonora rebosa sensualidad y se nos informa que es un poco débil mental. También es amante del comandante, quien ha de soportar la extremada sensibilidad de su esposa Alison y la retranca de un criado filipino, Anacleto. Todo un mundo de turbias obsesiones que parecen luminosas se despliega entonces.

El trazado de los personajes es soberbio. Todos con taras, todos seres amputados. Alison tuvo que sufrir la muerte de su hija aún bebé, el capitán es cleptómano, el soldado recibió una educación ultrareligiosa que lo incapacita para hablar con mujeres… Otra de las virtudes de la “nouvelle” es su perfecta composición. Cada paso que se da parece necesario en un determinismo que lleva directamente al final. Y también la pintura de escenas, la secuencia en que el capitán vomita su frustración sobre un caballo es sencillamente magistral. Y la creación de espacios. Ese bosque que debe talar el soldado y desde donde a veces surge como de la nada y otras veces es absorbido por él.

Es un perfecto mecanismo de relojería. Dura, pero a la vez enormemente sensual; retrato de la decrepitud moral, pero a la vez fagocitadora de ideales que no se cumplen. El personaje de Alison es el único que sale perdiendo de toda esta podredumbre pintada de oropel. Es un buen momento para recuperar a Carson McCullers. Y si se deciden, háganse un favor, poco a poco vayan leyéndolo todo.

 

Anterior crítica de libros: “Funerales vikingos. Cuentos, artículos y textos dispersos”, de Michi Panero y Javier Mendoza.

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