Ramones: Johnny, el motor racional

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“Nunca una guitarra había escupido tanto carácter y fuerza como la suya en aquel álbum debut y homónimo de los Ramones en 1976”

 

Al contrario que en otras bandas, el líder moral de los Ramones no fue su vocalista, Joey, sino su guitarrista, Johnny. A él le tocó lidiar con las fantasías del cantante, la autodestrucción de Dee Dee y los diversos baterías que pasaron por la formación. Por Sara Morales.

 

 

Texto: SARA MORALES.

 

 

Alguien tenía que poner la nota de cordura y sensatez a la vorágine insurgente y arrolladora que fue la carrera de los Ramones. Un toque de coherencia para que, más allá del ímpetu visceral que los caracterizaba como personas y a su música en consecuencia, la carrera que habían iniciado en común tomara un rumbo lógico sin desviarse del sentido profesional que querían darle. Y ese fue el papel de Johnny.

Él fue el encargado de situar al grupo con los pies en la tierra, trayéndolo de vuelta a la realidad una y otra vez desde la permanente autodestrucción de Dee Dee, las fantasías de Joey y las idas y venidas de los diferentes baterías a lo largo de los años. Su objetivo era conseguir que aquella aventura mantuviera, dentro de todo, la formalidad y el rigor justos y necesarios para que el público, la prensa y los magnates de la música los tomaran en serio.

Cierto es que debido a su carácter autoritario y estricto terminó asumiendo el rol de líder dominante y malhumorado, conocido así dentro y fuera de los Ramones; pero en buena medida gracias a eso y a su constancia, aquellos cuatro tipos barriobajeros consiguieron despuntar en la escena hasta llegar a convertirse en una de las bandas más influyente de todos los tiempos.

 

Orden y disciplina

John William Cummings (Nueva York, 1948) nació en el seno de una familia de clase media, creció en un ambiente sano y recibió una educación estable centrada en los estudios, el trabajo y el deporte. Una formación basada en directrices de carácter conservador que, desde el colegio y desde su hogar, infundieron en él las cualidades de esa personalidad que desarrollaría dentro de la banda como «jefe» y guía. Ahorrador, prudente y con la cabeza algo mejor amueblada que el resto de Ramones, enseguida se adjudicó la labor de dirigir el grupo instaurando ciertas normas que suscitaron más conflictos que soluciones. Una de ellas fue la elaboración de un sistema de multas para los miembros que llegaran tarde a los ensayos y reuniones, con la pretensión de que todos y cada uno de ellos se concienciaran de que aquello no era un pasatiempo de críos, por lo menos no para él.

Nunca fue sencillo para Johnny tener que lidiar con perfiles tan dispares para dar vida a su grupo soñado. Ni siquiera él mismo, que también arrastraba cierto pasado delictivo (aunque más cercano a la gamberrada), interpretaba de buena gana el papel de «director de orquesta», pero si quería que aquello diera resultado era necesario propiciar un clima de convivencia y buena salud interna, y él era la persona indicada para hacerlo, así que ese fue su gran empeño.

De niño descubrió las dos grandes pasiones de su vida, los dos pilares que marcarían su existencia antes, durante y después de los Ramones: el rock y el béisbol. Durante su infancia acompañaba a menudo a sus padres al bar que regentaban en Long Island donde descubrió, a través de una vieja gramola, la música de Elvis y otros clásicos del rock que sembrarían en él la semilla de su pasión por la música y, sobre todo, por la guitarra. Por otro lado, y aunque en sus días de estudiante siempre destacó como un gran atleta llamando incluso la atención de profesores y entrenadores como futura promesa, la fuerza con la que le caló el rock and roll provocó que su aptitud para este deporte quedara en un segundo plano, aunque siempre siguiera de cerca a los Yankees y en la última etapa de su vida el béisbol se convirtiera en su mejor refugio.

 

 

Nacido para ser Ramone

Ya en su adolescencia gastaba las horas imitando a Jimi Hendrix y Jimmy Page, ampliando sus horizontes musicales poco a poco hasta dar con la obra de Buddy Holly, Gene Pitney, Chuck Berry y Dion. Había dejado el instituto para matricularse en la academia militar atraído por su fascinación hacia las fuerzas armadas. Es precisamente a esta época de su vida a la que habría que remontarse para comprender su desdén autoritario y estricto que, quizás en exceso, intentó trasladar a los Ramones; así como esa tendencia patriótica y conservadora que chocó frontalmente con la de Joey durante dieciocho años.

 

 

Le gustaban los Beatles, los Who, los Doors… y tras abandonar el entorno militar y volver al instituto –compatibilizando sus estudios con trabajos en la construcción –, una conversación en la cafetería del campus con Tommy (futuro batería de los Ramones) le impulsó a crear su primera banda con él, Tangerine Puppets. Pero Johnny tenía aspiraciones mucho mayores y, sin dejar de lado su amistad con Tommy, decidió fundar su propio grupo junto a unos colegas del barrio –Dee Dee y Joey– con quienes él intuía que podría dar forma a «la mejor banda de rock and roll de Norteamérica», como solía decir, sin andar muy desencaminado.

Antes de que comenzaran los ensayos, Dee Dee le acompañó a comprar aquella Mosrite azul que tuvo durante los veintidós años como guitarrista de los Ramones. Colgada lo más abajo posible, siempre inmóvil, mostrando el semblante serio y las piernas bien separadas, desarrolló una particular forma de tocar que terminó convirtiéndose en una de las más influyentes de la música y posicionándole como el vigesimoctavo mejor guitarrista de la historia, en una lista de cien elaborada por “Rolling Stone”. Nunca una guitarra había escupido tanto carácter y fuerza como la suya en aquel álbum debut y homónimo de los Ramones en 1976.

Feroz a las cuerdas con golpes secos de muñeca hacia abajo (downstroke), partidario de la simplicidad y el reduccionismo melódico como precepto punk y fiel admirador de homólogos como Fred «Sonic» Smith, de los MC5, le llevaron junto a su obsesión por alejarse del blues y las raíces negras a dar con el sonido potente, drástico y vertiginoso tan propio de la banda de Queens.

 

 

La fuerza motriz

Meticuloso y concienzudo, apuntaba en un diario cómo había ido cada concierto. Y aunque él mismo había establecido el sistema democrático en la banda de un miembro, un voto, con el paso de los años y el trasiego de nuevos integrantes terminó apoderándose, en contra de todos, del dominio y el control de las decisiones de los Ramones. Sostener la banda en un ambiente en el que, a temporadas, todo parecía ir en declive fue complicado y, aunque se ganó la enemistad de varios de ellos y la de muchos personajes de alrededor, Johnny consiguió lo que siempre había querido: alzar a los Ramones a la cúspide del triunfo a base de devolverle al rock su esencia callejera.

 

 

Solía aseverar que los primeros discos de la banda nacieron de la complicidad de un grupo de amigos, mientras que el resto se gestaron en un ambiente tenso y, a veces, insoportable. De hecho, siempre reconoció que «Rocket to Russia» (1977), el tercer álbum de los Ramones, era su disco preferido y que tras el cuarto «Road to ruin» (1978), con la marcha de Tommy (el batería), todo empezó a decaer. Aquel hecho hizo que aumentaran sus exigencias hasta terminar adoptando las formas de una especie de tirano entre los miembros restantes y ante el recién llegado Marky, con el que las relaciones fueron complicadas desde el principio por su afición a la bebida, algo que Johnny estaba cansado de soportar.

Sin embargo, y tras haber contribuido en algunas composiciones musicales para temas como ‘Loudmouth’, ‘Havana affair’ o ‘Gimme gimme shock treatment’ de los primeros álbumes de la banda, fue en «Too tough to die» de 1984, el octavo disco de los Ramones, donde Johnny dejó volar su vena creativa, motivado en cierto modo por aquella experiencia que le llevó a ingresar en el hospital con fractura de cráneo por una pelea con otro punki durante un concierto. Aquel suceso inspiraría el título del álbum, en el que firmó como coautor cinco canciones, incluyendo la venerada ‘Durango 95’, el primer tema puramente instrumental del grupo en una tajante apuesta personal suya.

 

 

Con una clara visión de negocio y consciente desde el principio de que, además de tocar, había que realizar otras tareas para el progreso del grupo, fue él quien se puso en contacto con todos los periodistas y agentes discográficos del momento cuando los Ramones lanzaron a la calle su primera maqueta. Gracias a aquello, y al boca a boca que empezó a fluir entre los cronistas musicales, consiguieron dar con Danny Fields, quien acabaría convirtiéndose en su manager, concediéndoles el deseado contrato con Sire Records. Quizás fuera el propio Fields el que mejor definió a Johnny una vez: «Un tío listo, carismático, honesto y leal». Siempre mirando por el bien común, aunque en ocasiones se le fuera de las manos, pero no hay que olvidar que fue Johnny también el que, a base de insistir a Hilly Kristal –propietario del CBGB–, consiguió que les dejara tocar una noche en el que sería el primer concierto de toda una carrera como «residentes» del mítico antro.

 

 

Mucho más de dos décadas

Cuando todo parecía apuntar al fracaso y derrota de los Ramones en sus temporadas más bajas, Johnny salía al rescate motivando a la banda, buscando nuevos miembros, nuevas ideas… Nunca se dio por vencido y solo la sugerencia de tirar la toalla le irritaba. Quería ver cumplir a los Ramones la veintena sobre los escenarios, pero no estaba dispuesto a llegar a maduro en el mundo del rock ni a que la banda acabara desembocando en un espejismo de lo que habían sido. Su meta se cumplió y los Ramones se despidieron en 1996 tras veintidós años. Él se retiró a Los Ángeles donde centró su rutina en algunas causas políticas, el béisbol y su mujer Linda. Sí, aquella chica que le robó a Joey, la que inspiró la inolvidable ‘The KKK took my baby away’, con la que se casó en 1984 y con la que compartió su vida hasta su muerte el 15 de septiembre de 2004 por un cáncer de próstata.

Es posible que, durante sus años en activo, los Ramones no vendieran tantos discos como a él le habría gustado, un asunto del que siempre andaba obsesivamente pendiente, pero Johnny puede descansar sereno y tranquilo porque consiguió para su banda junto a «sus hermanos» algo mucho más grande: la inmortalidad.

 

 

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