“Patrones de fuerza”, de Maronda

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DISCOS

“Pequeños cortometrajes sentimentales en los que cada frase es un retazo de diálogo en el que laten emociones y se adivinan espacios”

 

maronda-patrones-de-fuerza-22-12-17

Maronda
“Patrones de fuerza”
AUTOEDITADO

 

Texto: CÉSAR PRIETO.

 

Como cada par de años, el grupo de Pablo Maronda y Marc Greenwod —también en La Habitación Roja— nos regala un puñado de canciones que sus seguidores esperamos con la convicción de que van a deleitarnos con ese pop en estado de pureza que tan bien saben hacer. Es el caso. Solo hay que encajar ‘Tiemblas’ en el reproductor para asistir a esas escenas, esos pequeños cortometrajes sentimentales en los que cada frase es un retazo de diálogo en el que laten emociones y se adivinan espacios. Como en su anterior y más preclaro hit —‘Improvisado’— cuantos menos elementos, mayor amplitud. También ‘La gota malaya’ —que cierra las diez canciones— participa de esta sencillez, y sus trompetas finales le ponen el epílogo perfecto.

Asimismo encajan su alma en los setenta. Es el grupo actual que de forma más impecable rescata esa música que sin dejar de ser comercial —y hoy “oldies”— estaba producida con verdadero gusto. Si las guitarras de ‘El jardín de la prosperidad’ no se parecieran a Los Brincos, serían sin dudar las de Los Puntos. Pero en esta ocasión se han reinventado y al abrir el conjunto, ‘La muerte infinita’ nos ofrece toques más barrocos. La misma simplicidad, pero con unos bordados que contrastan con el aire de letanía. A la que llegas al tercer corte, ‘Diez siglos bastó con Bizanzio’, notas como la instrumentación coge más músculo —no en vano, a la batería está Alfonso Luna, de Tachenko—, aun respetando ese tono habitual de dulce melancolía, nostalgia que no es tóxica.

Y poco a poco, las canciones se van haciendo casi bailables, hasta llegar a ‘Melanoma’, que sorprendentemente tiene carne de rompepistas, con su dejadez de hedonismo plácido en que la melodía se deja llevar y no marca la canción. Y sobre todo, la que da título al conjunto, dos minutos y medio de ritmo y espíritu de desmelene. Hay apertura de miras; sin problemas, porque el disco vuelve a ser maravilloso y los valencianos ya cuentan con cuatro entregas que para el corazón de algunos son clásicos sin tacha. Lástima que de ello no se entere el circuito industrial del indie ni los grandes festivales.

Anterior crítica de discos: “Recuerdos”, de Tótem.

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