Operación rescate: “Queridos compañeros”, de Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán

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“Un disco contemporáneo, que delata que los componentes del grupo (situados por entonces en la treinta) no se habían quedado congelados en su propia foto sonora”

 

crag-24-05-14

Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán
«Queridos compañeros»
POLYDOR/FONOGRAM, 1984

 

Texto: JUAN PUCHADES.

 

Es tanto el entusiasmo que despierta, tanta la calidad que encierra Señora Azul (1974), el primer disco de Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán (CRAG), que cuesta no caer en la comparación dañina al analizar los dos álbumes que el cuarteto grabó en su reencuentro de los años ochenta. Una reunión que se saldó con Queridos compañeros (1984) y el tercero y último que grabaría el grupo, 1985 (1985).

Diez años habían transcurrido desde la aparición de Señora Azul, una década en la que los dos motores esenciales de CRAG, Rodrigo García y José María Guzmán, habían publicado álbumes en solitario (el primero dos, el segundo uno) sin demasiada fortuna comercial. Aunque Guzmán había logrado ventas y popularidad inimaginables para él hasta aquel momento con su proyecto pop: el grupo Cadillac. En 1984, evidentemente, los tiempos ya no eran los mismos, la llegada de la democracia desde el 77 y la explosión del nuevo pop en los años ochenta habían cambiado radicalmente el panorama musical español, y como ya les sucediera una década atrás, lo que pudiera aportar GRAG estaba fuera de tiempo: en días de inmediatez, su sugerente pop rock, exquisito y atemporal, no parecía predestinado a alcanzar notoriedad.

Aunque Queridos compañeros es un disco contemporáneo, que delata que los componentes del grupo (situados por entonces en la treintena) no se habían quedado congelados en la foto sonora que los retrató en  Señora Azul, lo que sí sucedió con algunos de sus seguidores, empeñados en que ya no sonaban como antes (¡ay, el Sonido Torrelaguna!). Pero era lógico que así fuera, y, seguramente, si hubieran grabado más discos entre uno y otro tendríamos la secuencia de la evolución natural del cuarteto. Pero el salto es de una década y solo por las grabaciones en solitario de Rodrigo y Guzmán (incluso por las de Cadillac) podemos hacernos una idea de cómo podrían haber sido esos capítulos que nunca existieron. Ahora CRAG, con producción de ellos mismos compartida con José Antonio Álvarez Alija («El Boli»), asumía sonoridades próximas a los planteamientos del soft rock estadounidense, no muy alejados del de, por ejemplo, los Eagles una vez abandonado el country rock.

Quizá lo más llamativo al adentrarse en Queridos compañeros es la escasa presencia que tiene Guzmán, quien comprometido en paralelo con Cadillac no pudo rendir al máximo y solo entregó una canción propia (sin embargo fue decisivo para que CRAG pudiera grabar de nuevo, en el mismo sello donde Cadillac editaba sus discos): la inmensa “Estrella perdida”. Un diamante pop de ascendencia country que evoca la caída de cualquiera de las muchas luces anónimas que brillaron en las noches de la década de los ochenta y que acabaron por desvanecerse del peor modo; uno de los primeros retratos de la factura humana que estaba por cobrarse aquel periodo. Guzmán canta con el magisterio habitual.

Rodrigo, por su parte, mantiene una presencia constante, con tres temas compuestos e interpretados por él que son para darles de comer aparte: “De piel trigueña” (en el que se advierte la influencia de J.J. Cale), “Es sencillo quererte” (un primor de latido Beatle pero con todo el sentido de las composiciones clásicas de Rodrigo) y el imperecedero “Una gitana como tú”. Tres joyas que muestran, incólume, el delicado talento de un autor que sabe ser tierno e irónico, según convenga. También firma la hermosa y entrañable (por momentos solemne) “Queridos compañeros” —inspirada por los propios CRAG, y que cantan los cuatro pasándose el testigo vocal ordenadamente, según la posición que su nombre ocupa en el logo del grupo— y “Fines de enero” (un fantástico rock and roll melodioso), que canta Adolfo. Éste, pone música y voz a otras dos letras de Rodrigo (como ya hiciera en su día con “Don Samuel Jazmín”): la preciosa y evocadora “Mi cama de bambú” (un tema de resonancias blues para un texto sobre las segundas oportunidades y los amores tranquilos) y la arrabalera y muy narrativa “Corazón de tango”: de nuevo el listón se mantiene alto, mucho, y sumando nuevos colores musicales para los grandes textos de Rodrigo.

Cánovas aporta en solitario “Paraíso de algodón” (profunda y seria), “Sé  tú” (transitando por diversos ambientes: puede sonar ampulosa y luego ligera y vaporosa, incluso hay instantes en los que coquetea con el AOR, pero con distinción) y “El labertinto” (muy beatlelesca). Temas con los que constata que ha estado siguiendo las tendencias del rock adulto estadounidense, y que sabe cómo imbricarlas en la estética del cuarteto sin que chirríen. A destacar, como siempre, esa voz candente de Cánovas, que en ocasiones se torna negra y soulera.

Aunque “Queridos compañeros” no fue demasiado comprendido en su momento, es un álbum muy equilibrado que hoy mantiene todo su magnetismo y encanto y que no solo no desmerece a su predecesor sino que, según tengas el día, se puede llegar a pensar que es bastante superior a aquel (ya sé, ya sé que esto parecerá un sacrilegio, pero la franqueza es así): más libre en lo formal, menos ingenuo, menos obvio y menos anclado en la estética sonora de un tiempo concreto.


Anterior entrega de Operación rescate: “El viaje a ninguna parte”, de Bunbury.

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