New York Land: Homenaje al rey

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«Tengo para mí que a Bambino no le perdonan que hable de un país proscrito. Que suyo fuera el trueno en las gasolineras. Que ejerciera como ídolo de los bares de camioneros»

 

Julio Valdeón Blanco, desde Nueva York, y a propósito del descomunal Bambino, se pregunta cómo es posible que en España se trate tan mal la obra de creadores históricos monumentales: las ediciones integrales, por aquí, son toda una rareza.

 

Una sección de JULIO VALDEÓN BLANCO.

 

Vuelvo de España con el libro sobre Peret del maestro Puchades bajo el brazo. Leo y aprendo de un texto monumental, trabajado en carne viva. Pienso, como siempre, que España es madre caníbal. Aplaude a condición de que el artista haya expirado. Cuando triunfas, te entierro. Si palmas, acaso te entregue un diploma. El repaso a tantas injusticias, monsergas y falsos golpes de pecho, el que titanes como Peret no tengan la integral que merecen, ulula en mi cabecita mientras busco droga dura en alguna de las maltrechas tiendas de discos que sobreviven en Manhattan. De vuelta al apartamento, con el agradecido recuerdo de las fabulosas cajas dedicadas a Mississippi John Hurt, B.B. King, Big Joe Turner, Memphis Minnie o Charley Patton, todas necesarias, todas estupendas, pincho melancólico aquellas «Canciones de amor prohibido», doble CD recopilatorio que en 1998 BMG publicó en honor a Bambino. Un buen disco, cuarenta cortes, pero insuficiente. Sin anotar los músicos o las fechas. Con un texto entusiasta aunque anoréxico.

El caso del blues y el flamenco, de los negros y los gitanos, bien merece una reflexión. Ambos fueron un rayo de luz cuando lo que se escuchaba en sus respectivos países era pura nadería. Cantaron con las tripas. Pusieron en pie un repertorio con mimbres de acero, sobre el que luego se levantaría lo mejor que se haya hecho en sus respectivos países. Hablaban de penas, desarraigo, tiempos oscuros. También derrochaban alegría, en noches de farra y fósforos calientes para alumbrar los catres fríos y el puchero vacío. Copularon con la modernidad y parieron hijos como el rock and roll. Otros, más listos, harían dinero explotando una fórmula ancestral, que venía de África o de las ventas del camino que conducen a Jerez de la Frontera. Comprendo que muchos de los jóvenes afroamericanos contemplen con recelo la música de sus bisabuelos. Que vean en el blues un lamento que huele a miseria y los encasilla. Claro que lamento que en su mayoría se hayan entregado a las palomitas inanes y a la puerilidad, al vídeo Disney, a un r&b que ni tiene ritmo ni es blues ni na. Al menos disponemos de box-sets lustrosas, estudios rigurosos, vídeos y grabaciones restauradas. Algo similar ocurre con el flamenco, si bien en el tránsito hacia la modernidad hemos cometido terribles injusticias. Una de las peores atañe a Bambino.

Hablamos de un gigante. Un torbellino cuyo inmarchitable duende debiera de adorarse en cada casa. Su exasperada forma de meter por bulerías la ranchera, el bolero o el cuplé no ha sido ni será igualada. Si nuestro país fuera normal habría festivales recordándolo, premios con su nombre, un centro de estudios y hasta una fundación. En realidad lo aplauden cuatro. Tecleen su nombre en Amazon o iTunes. Apenas encontrarán un puñado de discos. El magnífico que le grabó Gonzalo García Pelayo en 1986. El citado recopilatorio. Una mierda de homenaje bienintencionado y feble. Buena parte de su producción permanece inédita. Enmohecida en los archivos de las discográficas. Carne de vinilo mil veces rayado que si tienes (mucha) suerte encontrarás por los mercadillos. Material de casete podrida, olvidada en la guantera de coches que ya ni siquiera disponen del correspondiente cacharro para que suene. Sumergido como una suerte de Atlántida de la que nadie excepto los fieles, sus leales, parece acordarse. ¿Por qué?

Tengo para mí que a Bambino no le perdonan que hable de un país proscrito. Que suyo fuera el trueno en las gasolineras. Que ejerciera como ídolo de los bares de camioneros. Cantaor sin demagogia de un tiempo marginal, pobre, de clubes sospechosos, golfos, de tablaos donde abrevaban los señoritos del régimen. Un príncipe gitano cuyo ritmo revolucionario era idéntico al de los más grandes y que con la llegada de la democracia, por culpa de las modas, tan caprichosas, se quedó antiguo. De Falete al mejor Sabina («19 días y 500 noches»), del sabor que destilan las viejas cintas de Almodóvar a la herencia venenosa de los hermanos Amador, del regreso de la copla al triunfo de Niña Pastori, los cantes mestizos de Miguel Poveda o el regreso de la gran María Jiménez, la única que en puridad podría reclamar la sucesión del cetro, aunque a distancia, ojo, por no hablar de herederos light como los Chichos, Chunguitos, etc., su sombra ha sido nutricia y rica. Muchos bebieron y aprendieron del caño fulgurante de Bambino. Sin embargo, pasados trece años de su muerte, seguimos sin disponer del conjunto de sus cantes. Condenados los fanáticos a rebuscar en cajones de saldos y ferias de coleccionismo. Que, como en el caso de Gardel, canta cada día mejor, lo sabe quien lo escucha. Ni admite imitaciones ni perdona a quien lo sigue: los que se prenden de su cuajo, los envenenados por su compás, elegancia y pureza, pasan a formar parte de una secta exclusiva. Que vibra, llora y ríe mientras el gitano largo y fino como un junco le canta al lado turbio del corazón, a los rincones fatales del alma.

País con poca producción de malditos, acaso sea Bambino, si seguimos las enseñanzas de Umbral, el equivalente no racionalizado de Lorca por guitarra flamenca, aquel que sin saberlo o pretenderlo conjuraba poderes ocultos, ensombrecidos, en unas canciones que en boca de otros rezuman merengue (pienso, sin ir más lejos, en ‘Tu me acostumbraste’, una invitación directa a cortarse las venas a mordiscos cuando la vomitan fantoches como Luis Miguel o Andrea Bocelli). Su tono, el de Bambino, crepita borracho de timbres eléctricos. Su violencia era siempre medida. Su fuerza nunca eclipsó el pellizco. Proyectaba en sus historias, las que tomaba de otros y las que le escribían, un conocimiento de primera mano. Fruto de una vida exagerada. Que rozaba el histrionismo sin soltar la brida y revelaba la problemática de una existencia desdoblada, en la que de forma inevitable resonaba la pena de la condición sexual oculta. La gallardía de reivindicarse a pesar de unas penosas circunstancias históricas. La chulería de quien por derecho podría definirse como el Little Richard hispano si el hermano de Macon, Georgia, hubiera compaginado los palos festeros con ese sentimiento, no ya dramático sino trágico, que hace de Bambino un artista único. Primo hermano, para entendernos, de Billie Holiday.

Espero la llegada de un documental que según me comentan voces autorizadas tiene muy buena pinta. Fantaseo desde hace tiempo con la posibilidad de escribirle una biografía. Aplaudo el coraje del portal de internet que Rafael Alfaro y Benito González le han erigido (www.rinconambino.com), la estatua que levantaron en Utrera, el estupendo libro de Santiago González Sacristán («La fiesta infinita»). No logro evitar el mordisco de la envidia cuando repaso los cofres que en EE.UU. han dedicado a sus pioneros, la certidumbre de que es el nuestro un país caníbal, especialista en amnesias. Capaz de que el Jacques Brel flamenco, cruce entre Frasquita, su madre, y Chavela Vargas, antecedente de Camarón, mil veces más fiero, visceral y lustroso que Raphael y demás pálidos imitadores, siga ejerciendo como convidado de piedra, verso proscrito en la historia de nuestra música.

Faltan dos años para que se cumpla el cincuenta aniversario de su debut, un volcánico conjunto de grabaciones soberanas (entre otras ‘Bambino, piccolino’, ‘El poeta lloró’, ‘Pobre del pobre’, ‘Cuando el destino’, ‘Tu volverás’, ‘Plegaria a Consolación de Utrera’, ‘Cuando nadie te quiera’, ‘Qué manera de perder’ o ‘Plegaria de un fracaso’) repletas de quiebros monumentales, esculpidas con la madurez precoz que distingue al genio. Para variar, para romper la maldita costumbre de hostiar o silenciar a quienes en realidad merecen éxtasis (y en esta categoría entran desde las Vainica Doble al ya citado Peret, Moris o Burning, o sea, que se trata de un desastre no necesariamente ligado al flamenco: quiero decir, metidos en vergonzantes olvidos somos heterodoxos y plurales), para redimirnos de una descortesía inaudita, digo, bien haríamos en reclamar que Bambino, criatura improbable y magnífica a la que rindo pleitesía desde un rincón del Harlem hispano, reciba justa recompensa. No discursos o entorchados póstumos, que poco harán ya por el ánimo de quien murió pobre y en casa de su hermana, un cinco de mayo de 1999, sino al lanzamiento, de una vez, del conjunto de su obra. Para que los niños, y sus mayores, sepan quien cantó como nadie a José Alfredo, Cuco Sánchez, Alfonso Carlos Santisteban, J. Ruiz Venegas, Salvador Tavora, Armando Manzanero (madre mía que revisión la de ‘Adoro’) o Manuel Alejandro. Para que el personal comprenda, al fin, cómo se mata y muere por rumba flamenca. Porque si como explicó Manuel Vázquez Montalbán el justo término medio será siempre injusto, hay que romperse la camisa y gritar que, fuera del cante jondo, Bambino es el cantante más original, inspirado y certero que haya surgido en España, junto a Peret, en el último medio siglo. Ya vale de jalear medianías mientras el rey, el que traía terciopelo y acero en la garganta, sigue en el limbo. ¡Viva Bambino, coño!

Anterior entrega de New York Land: Luces y sombras de los directos en NY.

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