“Mother’s milk”, de Red Hot Chili Peppers

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OPERACIÓN RESCATE

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“Estaban de vuelta y lo demostraban propulsados por el bajo de Flea, los riffs rocosos de la guitarra de John y un mensaje cargado de buenas vibraciones”

 

Fernando Ballesteros nos lleva hasta 1989 para encontrarnos con un disco crucial en la carrera de Red Hot Chili Peppers: “Mother’s milk”. El álbum donde se incorporaron a la banda Chad Smith y John Frusciante.

 

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Red Hot Chili Peppers
“Mother’s milk”
EMI / CAPITOL RECORDS, 1989

 

Texto: FERNANDO BALLESTEROS.

 

Red Hot Chili Peppers atravesaban un momento crucial cuando se enfrentaron a la tarea de grabar su cuarto elepé. Venían de sortear varios obstáculos que estuvieron cerca de acabar con una carrera que, en el underground angelino, no había dejado de crecer desde su debut en 1984.

Pero en 1988 todo pareció torcerse. Su guitarrista Hillel Slovak murió por culpa de una sobredosis de heroína. Seguramente le podía haber pasado a cualquiera de los cuatro, porque todos eran consumidores, pero al checo se le fue más de las manos que a sus compañeros y Anthony Kiedis y Flea fueron víctimas de un complejo de culpa, consecuencia de no haber estado al cien por cien con Slovak. Peor aún fue para el batería Jack Irons que, víctima de una depresión, decidió abandonar el grupo.

De manera que los Red Hot se plantan en 1989 con la necesidad de reconstruir la banda y lo primero es encontrar sustitutos. Para suplir a Irons reclutan a Chad Smith, cuya adaptación y solvencia salva la papeleta con nota, pero es con John Frusciante con quien dan un importante salto de calidad: se trataba de un joven que apenas había entrado en la mayoría de edad y que tenía a los Peppers en un altar, era un fan. Para él, entrar allí fue un sueño hecho realidad. En lo musical, John era un diamante en bruto, un guitarrista que dominaba todos los registros y que aportó una versatilidad a un grupo en el que encajó como un guante.

Se trataba de que los golpes sufridos no hicieran mella en la filosofía de un grupo divertido, irreverente, gamberro y al que le gustaba que el resultado de su batidora de P-Funk, hardcore, rap, rock y algún que otro ingrediente más, hiciera gala de un espíritu, ante todo, festivo. La respuesta fue su trabajo más completo hasta entonces. Un disco que se abría a lo grande con ‘Good time boys’. Estaban de vuelta y lo demostraban propulsados por el bajo de Flea, los riffs rocosos de la guitarra de John y un mensaje cargado de buenas vibraciones.

 

 

Para confirmar que la cosa iba en serio, metalizaban el funk de Stevie Wonder para bordar una colosal versión de su ‘Higher ground’ y en ‘Subway to Venus’ el bajo y la trompeta de Flea campan a sus anchas. Y el viaje continúa para llevarnos a los tiempos del showtime de los míticos Lakers: asistencia de Magic y mate a una mano de James Worthy en ‘Magic Johnson’, una canción que es casi una anécdota simpática en el conjunto del disco, pero en cuyo desarrollo uno llega a imaginar que está en aquel fórum disfrutando. Casi se puede imaginar a Jack Nicholson levantándose de su silla a pie de pista.

En ‘Nobody weird like me’ vuelve la caña, la aceleración y el punk, y el endurecimiento del sonido volverá a hacer acto de presencia en ‘Stone cold bush’, pero antes, ‘Knock me down’ es de lo mejor del disco, básicamente porque nunca antes los Peppers habían escrito un tema tan redondo. Con él apuntaban al futuro.

 

 

Hacia el final del cedé, ‘Sexy mexican maid’ aparece como lo más funky y ‘Johnny, kick a hole in the sky’ es un broche de oro. Antes, ‘Fire’, segunda versión del disco y grabada con Slovak y Irons, acelera a Hendrix hasta velocidades de sprint y ‘Punk rock classic’ con su gamberrada final en forma de riff del ‘Sweet child o’ mine’ es uno de esos temas cuyo título lo dice todo: da lo que anuncia. Y nada más.

No suelo escuchar a Red Hot Chili Peppers en 2018, pero volver a ‘Mother’s milk’ después de tanto tiempo no ha hecho sino revivir y confirmar impresiones que tuve en su día cuando lo escuché. Se trata de una obra importantísima, fundamental en la historia del grupo. Frusciante le insufló nueva vida y aparecen canciones que señalan hacia un potencial comercial hasta entonces inédito. La sensación en aquel momento era algo así como “qué buen disco, pero cuidado con el siguiente, puede venir algo muy grande”. Dicho y hecho: en “Blood sugar sex magik” (1991) confirmaron todas las expectativas y se expandieron en todos los caminos que hasta entonces habían apuntado. Aquella es su gran obra maestra, la de un grupo excitante que estaba aún lejos de convertirse en una factoría de éxitos pop-rock cortados por el mismo patron. Han pasado treinta años y, reconociendo la grandeza del siguiente, prefiero rescatar “Mother’s milk” porque con él volvió a comenzar todo.

 

Anterior entrega de Operación rescate: “El acto” (1982), de Parálisis Permanente.

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