Luz Casal: “Nunca he abandonado el rock”

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“Generalmente suelo grabar fuera, siempre me ha gustado poner tierra por medio, estar con los músicos menos en la cama, todo el tiempo”

 

Cinco años después de su último disco de canciones nuevas, Luz Casal publica “Que corra el aire”. Una producción de Ricky Falkner que presenta en esta entrevista con Arancha Moreno, en la que reivindica su libertad y sus raíces rockeras.

 

Texto: ARANCHA MORENO. Fotos: PATRICIA J. GARCINUÑO.

 

En algún momento de 2016 cayó en manos de Luz Casal un disco del que quedó prendada: “Me mata si me necesitas”, el último trabajo de Quique González. “Tenía una producción preciosa, aparte de buenas canciones y del buen trabajo de los músicos. Pensé: ‘Con el material que tengo, me gustaría trabajar con este hombre, y grabar el disco en España’”. Ese hombre no era otro que Ricky Falkner, a quien llamó para proponerle que fuera su productor. Esta vez quería trabajar en casa: “Generalmente suelo grabar fuera, siempre me ha gustado poner tierra por medio, estar con los músicos menos en la cama, todo el tiempo”. Falkner aceptó. Se reunieron alguna vez para ver el repertorio y hablar de las canciones y, entre octubre y noviembre de 2017, registraron “Que corra el aire”, su nuevo disco editado por Warner.

Unos inesperados copos de nieve comienzan a mezclarse con la lluvia cuando entramos en el hotel que habita estos días Luz Casal, en el corazón de Madrid. Nos recibe en una salita contigua a su habitación. Rompe su atuendo negro con un abrigo rosa chillón y gesticula con enorme viveza. Levanta las manos, señala y da pequeños sorbos a su té mientras desgrana su nuevo disco. Su tema titular, ‘Que corra el aire’, habla de cómo disfruta refugiándose en su casa. Lo hace a golpe de rock, porque esa es su verdadera guarida. Preguntarle por qué abandonó el rock que militaba en los 80 es pinchar en hueso. “Abandonado, nunca. No se puede abandonar aquello que es esencia de tu ser, no ya de tus gustos y de tu trabajo”, niega con rotundidad. Son sus raíces. “Yo empiezo en la música siendo una niña, a hacer versiones de los Creedence, el grupo del que más discos compré. Con ellos me vestí por primera vez de vaqueros, cuando no había vaqueros de chicas, había que comprárselos en tiendas de hombres. Eso te marca, es como la primera relación amorosa que tienes”. Lo que otros conciben como su pasado, ella lo vive como su presente: “Yo nunca he abandonado nada, lo que pasa es que no es lo mismo empezar una carrera en la música cuando eres adolescente que cuando eres niña. No es lo mismo cuando expresas tus sensaciones, tus vivencias, según tu etapa vital, que hablar de manera genérica. Si yo paso por una experiencia vital seria, dolorosa, no puedo hacer una canción cuyas guitarras estén llenas de distorsión, porque ya la tengo incorporada. Toda mi vida he hecho los discos que he querido y como he querido. Jamás me he puesto límites”.

 

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“Abandonado el rock, nunca. No se puede abandonar aquello que es esencia de tu ser, no ya de tus gustos y de tu trabajo”

Si se hubiese dejado llevar en el pasado, seguramente habría grabado un disco de boleros tras el éxito masivo de ‘Piensa en mí’, tema que grabó para “Tacones lejanos” y que incluyó en “A contraluz” (1991). No lo hizo hasta 2009. “Te puedes imaginar, con lo que ha significado esa canción, la de veces que me han dicho en esos veinte años por qué no grabo un disco de boleros. Nunca se me pasó por la cabeza, y si se me pasaba, pensaba: ‘Bueno, si algún día lo hago será cuando a mí me dé la gana’. Me puse malita en el año 2010 y lo hice”. Cuando quiso, porque quiso. El rock está en su actitud: “No tengo que mantener una imagen determinada. Me visto de negro generalmente, pero hoy me he puesto el abrigo rosa. ¿Es menos rockero? Yo lo que quiero es verme bien en el espejo. Si por el camino pierdo gente porque considera que soy muy veleidosa, muy veleta, no es algo que me preocupe. Mi preocupación es hacer buenas canciones, cantar buenas canciones, expresar sensaciones y sentimientos que le lleguen a la gente, y que digan: ‘Joder, tía, me has hecho llorar’”. No le importan los géneros: “Yo la música la veo como un todo. Puedo escuchar perfectamente música barroca, lo último de electrónica, trap, lo que sea. Mientras me guste y me parezca interesante me da igual el estilo. ¿Qué es rock? Cuando se lo preguntaron a Keith Richards, dijo: ‘Rock soy yo’. No voy a ser tan arrogante para decir que el rock soy yo, pero es una actitud, una necesidad de modificar aquello que consideras que no está bien. Lo más importante por encima de todo es la música”.

Esa forma desprejuiciada de relacionarse con la música se refleja también en las revoluciones y el lenguaje de sus álbumes, que son una prolongación de su vida. “¿Cómo voy a titular un disco ‘Qué bonita es la vida’ mientras estoy tratándome con quimioterapia? Pues ‘Vida tóxica’, porque me estaba metiendo de todo para frenar la enfermedad. Todo está intimísimamente relacionado con mi vida, absolutamente. Por eso me cuesta tanto trabajo cuando me dicen: ‘Tiene novio…’. ¡Pero si ya lo expreso! Sutilmente o directamente, está todo en las canciones”. Su profesión y su vida privada están íntimamente ligadas: “Yo no soy dos personas. Bueno, soy muchas personas, depende de la canción que esté interpretando, pero ahora hablando soy la misma que dentro de cinco horas está ensayando, está todo muy mezclado”. La composición también: “Hay momentos en los que tienes una disciplina, porque dependen otros de ti, pero la predisposición a que ocurra algo interesante está siempre. La puerta a que te sucedan cosas inesperadas está siempre abierta. Cuando me preguntan en qué me inspiro, digo: ‘En la vida, en lo que ves, en lo que escuchas, en lo que sientes’. Y lo que no traspasas exactamente a la palabra, de manera sutil se mete en una canción, en una letra, al cabo del tiempo. Quizá no tiene nada que ver, pero yo sí sé el origen”.

 

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“Toda mi vida he hecho los discos que he querido y como he querido. Jamás me he puesto límites”

En la parte creativa, sus discos se dan la mano, por muchos años que transcurran. “Yo comienzo un disco cuando acabo otro, al día siguiente. Tengo cosas escritas que no sé si van a servir. Es como si tuviera una cierta ansiedad por no perder el ritmo de trabajo que supone hacer un disco”, reflexiona. No se fija plazos asfixiantes para editar sus canciones. “No tengo nadie que me azuce, y si me azuza me da igual, el disco se acaba cuando lo acabo, no cuando alguien considera que lo debo acabar”. Y este, “Que corra el aire”, llega un año después de un disco tributo a Dalida y cinco años más tarde de “Almas gemelas”, su último álbum de canciones nuevas. Escribe con calma, y cuando siente que tiene una buena canción, prefiere dejarla reposar, para que se enfríe la emoción de las palabras recién hiladas. “Sé que una canción está bien y la aparco, como si necesitara distancia para ver si la idea que tengo clara soporta el análisis del tiempo”.  Le ha pasado con una de las nuevas, ‘Lucas': “La empecé hace un montón y la acabé hace poco. Y no he añadido prácticamente nada, pero es la palabra justa que faltaba. Me produce buenas sensaciones, no tengo por qué acelerarme más”.

 

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“Nunca pude estar más acertada que en haber pensado en Ricky para que fuera el jefe de la grabación”

 

Este disco incluye ‘Volver a comenzar’, una canción de Conchita y Pablo Cebrián, ‘Quise olvidarte’, un bolero de Cristina Plaza, y una versión de ‘Amores’, de Mari Trini: “Quería haberle hecho un disco tributo cuando supe que estaba apartada y que tenía dificultades económicas, serias, posteriormente tuvo dificultades de salud también. Pero entre que iba a China, Japón… se me fue pasando la gana, la necesidad, en medio hice lo de Dalida y me vi incapaz de hacer otro disco paralelo. Me dije: ‘El tributo se lo tengo que hacer ya, y será el cierre del disco’”. El resto de los temas los firma a medias con otros compositores, como hace con Eladio Santos (de Eladio y Los Seres Queridos) en ‘La única verdad’. Concibe ‘Morna’ como una aventura de ese género, con acordeones que le dan un aire italiano mientras exhíbe el “el sentimiento que sienten los exiliados de la isla de Cabo Verde”. Y exhíbe cierta serenidad en sus cicatrices en ‘Meu pai’, dedicada a su padre como ya hizo con ‘Entre mis recuerdos’: “Pasados los años, ‘Meu pai’ me sirve para recordarle sin pesar, sin el dolor inicial, con el alivio que produce asumir una pérdida”, escribió Luz sobre el origen de estas canciones. El single de adelanto, ‘Miénteme al oído’ (compuesto junto a Yadam), es un medio tiempo que parece hablar del amor en la superficie, pero en el que juega con la “ambigüedad”: Te enseñan los años que es mejor una caída / que vivir la nube de otra vida”.

 

 

‘Días prestados’ es un viaje musical donde caben el reggae, el funk, arreglos orquestales y pop setentero. Una contemporaneidad hecha de elementos vintage que encajan con la mano de Ricky Falkner: “A Luz siempre le gusta tener un pie en cada sitio, y en este disco se ha cumplido”, confesaba a EFE EME el productor. Él trabajó con comodidad: “Me dio total libertad para decidir cómo quería hacer el disco, me dejó montar la banda que quise y se puso en mis manos totalmente. Se dedicó a observar. Pensaba que en cualquier momento iba a decir: ‘Mira, no, estamos yendo muy mal…’, y no pasaba nunca, íbamos grabando, mezclando, y no pasó”. Ella asiente: “En una persona confías o no confías, no confías a medias. Tuve ese pálpito. Nunca pude estar más acertada que en haber pensado en Ricky para que fuera el jefe de la grabación”. Él llamó a Xavi Molero (batería), Martín Bruhn (percusión), Josep M. Baldomà (pianos), y a Diego El Twanguero y Jairo Zavala (Depedro) para las guitarras. Lo grabaron en Blind Recors y lo mezcló Santos Berrocal.

Camino de las cuatro décadas, ha vendido más de cinco millones de discos y, desde 1991, tiene un pie en España y otro en el resto del mundo. La adoran en Francia, pero también toca en Grecia, en Bruselas, en Japón o en China. “Verte seis conciertos en Japón cantando tus canciones como si estuvieras en Cuenca es fortísimo, solo que las reacciones son distintas. Pueden ser igual de espontáneas, pero se manifiestan de otra manera”, puntualiza. Por eso su interpretación se ha vuelto más gestual: “Si canto ‘cielo’ señalo así (sube la mano). La música no tiene idioma. Entre la emoción que puedes causar con tus melodías y la expresión que tu le añadas estableces comunicación. No te puedes imaginar la respuesta de la gente: ‘He entendido todo lo que dices’. Profesionalmente es fuerte, no lo tienes fácil. Hay sitios en los que piso el escenario y ya me están aplaudiendo, y yo no he hecho nada. Estás como viva”.

Pero llegar con el aplauso ganado no le hace bajar la guardia: “Claro que genera presión, y muchísima responsabilidad. No te vas a ir catorce horas de avión para hacer el ridículo, tienes que estar brillante, cantar magníficamente, no olvidarte de una palabra”. Y saber dónde está y para quién canta le ayuda a entender lo que sucede entre las butacas: “Cuanta más información tengas del sitio donde estás, mejor es para tu trabajo. No es lo mismo estar en Le Mans que estar en una ciudad de Bélgica, aunque las dos sean francófonas. El origen de Le Mans es durísimo. Yo sé que allí la gente se va a comportar, de entrada (¡puedo equivocarme, a veces me equivoco y no sabes de qué manera, a lo bestia!), esa gente que durante la Segunda Guerra Mundial ha tenido muchas vivencias duras. Aunque haya mucha emigración, y la gente que te va a ver no haya pasado eso, en su memoria colectiva hay una serie de experiencias que hacen que sean más duros para reaccionar a algo. Ya no te digo de sentimientos, de explosión. Dices una tontería y donde siempre la gente se descojona de la risa, ellos se quedan quietos. Si sabes eso no te molestas, lo aceptas porque ya tienes esa información”. Y le es muy útil de cara a su nueva gira, que pasa este mes por Avilés, Vigo, A Coruña y San Martín de Crau (Francia). El 16 de diciembre actuará en Madrid, en el Wizink Center.

 

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“Yo puedo escuchar perfectamente música barroca, electrónica, trap, lo que sea. Mientras me guste y me parezca interesante me da igual el estilo”

 

Sin fronteras geográficas ni estilísticas. Sin tener que rendir cuentas. Luz Casal trabaja a su ritmo y a su aire en tiempos críticos, en los que se secuestran libros (“Fariña), se retiran exposiciones (en la Feria ARCO) y se condenan las letras de canciones. ¿La libertad de expresión corre peligro? “Yo creo que no. Siempre hay un invididuo que considera que las cosas no deben ser expuestas de manera tan directa. Yo considero que este tipo de cosas provocan más polémica, pero yo no siento subestimada mi libertad, ni frenada. En el momento que estamos viviendo, todo el mundo opina y a veces muy a la ligera, sin información. Creo que en todo hay que tener un mínimo de límites, la libertad de uno acaba donde empieza la del otro, son interpretaciones. En el arte debe haber una libertad lo más absoluta posible. Si le digo a una persona que me cae mal lo voy a herir, y si me voy, me sigue cayendo mal, pero no lo hiero. Prefiero esa segunda opción que la primera, salvo que sea estrictamente necesario decirle que es un cabrón”.

“Prefiero ser un perro callejero, libre y sin amo”, canta Luz Casal en ‘Tanto ruido’. La charla termina, la cámara dispara y ella abre la boca, mira hacia arriba, se divierte. Pronto llegará el siguiente entrevistador, que le da la enhorabuena por el disco y le pregunta si son canciones originales. “¿No lo has escuchado?”, le pregunta ella, mientras él responde que no, pero que se ha documentado bien. “Pues vaya entrevista vamos a hacer”, exclama. Rock and roll actitud.

 

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