Lo que hay que tener: Todd Rundgren

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“Lo que hizo de este álbum un hito del rock de los setenta no fue (solo) el abrumador despliegue de autosuficiencia, sino la amplitud de su abanico estilístico y la inspiración y el acabado de cada uno de sus veinticinco cortes”

 

Todd Rundgren
“Something/Anything?”
BEARSVILLE, 1972

 

Una sección de LUIS LAPUENTE.

 

En 1970, una vez terminada su andadura al frente de los míticos Nazz, Todd Rundgren decidió embarcarse en una ambiciosa aventura como solista, enfrentándose al reto de grabar un primer elepé (“Runt”) en plan Juan Palomo. La experiencia se saldó con un notable alto y propició el fichaje de Rundgren por la compañía Bearsville Records, en la que entró como productor e ingeniero de sonido, además de como solista. Fue el inicio de una brillantísima carrera al otro lado de los micrófonos, como máximo responsable en la sombre de numerosas grabaciones de artistas como The Band, Jesse Winchester, The Butterfield Blues Band, The New York Dolls, Fanny, Grand Funk Railroad, Janis Joplin, Badfinger o Meat Loaf. También, y en paralelo, significó el definitivo lanzamiento comercial de un músico brillante y polifacético que llegaría a definirse en el título de su cuarto elepé como “Un brujo, una auténtica estrella”.

En 1971 apareció un segundo volumen (“The ballad of Todd Rundgren” de excelente factura), pero fu su tercer álbum, el doble “Something/Anything?” (1972), el que lo consagró como el nuevo Rey Midas del pop norteamericano, un simpático y excéntrico megalomaníaco formado en la mejor tradición del pop (esa imaginaria línea Phil Spector-Leiber & Stoller-Motown-The Beatles-The Beach Boys) y dotado de un asombroso talento técnico e instrumental. No fue para menos: Rundgren compuso, interpretó, produjo y tocó él solo todos los instrumentos en las tres primeras caras del doble elepé original, reservándose un papel protagonista en la cuarta, una semifallida opereta pop prologada por un revelador medley de sonido cochambroso, titulado ‘My roots’, que integraban sendos clásicos del soul (‘Money’) y el rock (‘Messin’ with the kid’).

Pero lo que hizo de este álbum un hito del rock de los setenta no fue (solo) este abrumador despliegue de autosuficiencia, sino la amplitud de su abanico estilístico y la inspiración y el acabado de cada uno de sus veinticinco cortes. El comienzo no pudo ser más espectacular: ‘I saw the light’ engancha desde la primera escucha, con esa guitarra y ese piano juguetones, y esa melodía extraída del libro de estilo de los Beatles, como un de esos singles irresistibles de la edad de oro del pop, cuya magia y espontaneidad intentaría recapturar el propio Rundgren repetidas veces a lo largo de sus sucesivos proyectos bajo el nombre de Utopia. Hay otras muestras fantasmagóricas de este pop instantáneo y transparente, desde la delicada ‘Hello it’s me’ –sin duda, lo mejor de la ‘Part 4’– hasta las embriagadoras ‘It wouldn’t have made any difference’ y ‘The night the carousel burnt down’. Hay también convincentes incursiones en el rock metálico (‘Black Maria’) y en la psicodelia (‘Couldn’t I just tell you’) y un recuerdo al más legendario DJ blanco de los cincuenta (‘Wolfman Jack’), pinceladas maestras que redondean (las tres primeras cuartas partes de) “Something/Anything?” como una experiencia memorable.

 

 

Anterior entrega de Lo que hay que tener: Etta James.

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