“Last splash” (1993) de The Breeders

Autor:

OPERACIÓN RESCATE

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“El elepé contaba con una carta ganadora, un llenapistas inapelable: ‘Cannonball'”.

 

Fernando Ballesteros regresa a 1993 para analizar el segundo disco de The Breeders, la banda americano-británica que formaron cinco años antes Kim Deal, de Pixies, y Tanya Donelly, de Throwing Muses.

 

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The Breeders
“Last splash”
4AD, 1993

 

Texto: FERNANDO BALLESTEROS.

 

Se hablaba mucho de los Pixies en las redes sociales de principios de los noventa, que en mi caso eran aquellas conversaciones con los tres amigos del barrio de toda la vida con los que compartías tu devoción por los de Boston y algún intercambio de impresiones con un compañero de clase con el que habías empezado a hablar porque un día había aparecido con una camiseta de la banda. Bueno, el caso es que recuerdo que a todos nosotros nos gustaba poner en cuestión el gobierno que Black Francis parecía ejercer, con mano de hierro, en el cuarteto.

Enamorados como estábamos de la voz que nos había conquistado en el ‘Gigantic’ de los Pixies, de sus coros, deseábamos más presencia de la bajista Kim Deal en las composiciones, aparte de las sensacionales líneas de su instrumento. Y ella decidió que iba a dar salida a sus inquietudes a través de un proyecto paralelo. Así nacieron The Breeders, cuyo debut “Pod”, buen trabajo que contó con la austera producción de Steve Albini, vino a saciar el apetito de los que reclamaban más Kim Deal.

Con Josephine Wiggs, Britt Walford y Tanya Donnelly, que también buscaban nuevos aires (en su caso, fuera de Throwing Muses), daba comienzo esta aventura que tres años más tarde les situaría muy cerca del éxito masivo. Antes, llegaría el momento en el que las tensiones con Francis propiciaron el final de Pixies, un epílogo para el que el futuro Frank Black eligió el fax. Un triste fax para finiquitar al grupo de su vida. ¡No son formas, hombre!

 

Adiós Pixies, hola éxito con The Breeders
Los Pixies eran historia cuando, en 1993, Kim se embarcó en la grabación de “Last splash”, el segundo asalto de The Breeders y su disco más vendido. Allí, en San Francisco, fue la jefa absoluta del proyecto. Tanya Donnelly se había bajado del barco, inmersa ya de lleno en Belly, su nuevo grupo. En contrapartida llegó Kelley, la gemela de Kim, con quien había tocado desde adolescente, y Jim MacPherson, que tomó el relevo de Britt en las baquetas.

Y el resultado, como era previsible, fue un amplio muestrario de rock independiente, claro hijo de su época y alto en inspiración a cargo de un grupo que estaba en la rampa de salida, a punto de dejar el ciruito de radios universitarias para pasar a las ligas mayores cuyas puertas habían abierto de par en par Nirvana un par de años antes.

A diferencia de su debut, la producción de Kim era esta vez pródiga en detalles y por si algo le faltaba a la ecuación, el elepé contaba con una carta ganadora, una de las canciones que definen aquella década, un llenapistas inapelable. Obviamente hablamos de ‘Cannonball’, un hit en toda regla, para cuyo clip contó con la dirección de Kim Gordon, la Sonic Youth a los que Deal devolvió visita unos años más tarde en su ‘Washing machine’.

 

 

Finalmente, Kim abandona el bajo y, con la libertad de ser la dueña y señora del invento, da rienda suelta a todo su talento en canciones como ‘The invisible man’, con la voz hipnótica que ya mostraba cuando le dejaban hacerlo en los Pixies, o ‘No aloha’, en la que también hay bastante de su anterior banda.

Fluye en el disco su vertiente más pop en la cara amable y pegadiza de canciones como ‘Saints’ o ‘Divinie hammer’, que ejercen de contrapeso a los arrebatos de furia que tienen, de todos modos, menos protagonismo que en ‘Pod’. No falta el sonido pesado de ‘New year’ en la apertura, o las guitarras vibrantes de la instrumental ‘Flipside’, que sucede a ‘Do you love me now’’, una de las mejores canciones que ha escrito Kim Deal a lo largo de su carrera.

La voz de Kelley nos lleva de paseo por el pop enérgico con riff sencillo y machacón de ‘I just wanna go along’. Incluso hay espacio para los aires decididamente folkies de ‘Drivin’on 9’ y muchas ganas de no dejarse nada en el cajón y atreverse con casi todo.

 

 

Lamentablemente, tras girar con Nirvana, explotar con ‘Cannonball’ y vender dos millones de copias, la historia de las Breeders se vio interrumpida de forma abrupta. Kelley, que ya había tenido serios problemas con las drogas, cayó en la adicción a la heroína y, por si fuera poco, tuvo que rendir cuentas antes la justicia después de ser descubierta recibiendo paquetes postales con esta sustancia. Por su parte, Josephine se estableció en Nueva York alejada de los focos. Kim, que no quería parar, unió sus fuerzas a Jim para montar The Amps, un vehículo destinado a ejercer el papel liberador respecto a Breeders. De nuevo, saltaba de un proyecto al otro buscando una salida.

Con The Amps grabaron “Pacer”, pero ni este, ni los dos discos posteriores de Breeders llegaron a a la altura de “Last splash” que, en 2013 conoció una versión especial con motivo del vigésimo aniversrio de su publicación. Siete vinilos o tres cedés que incluían el trabajo original —los he disfrutado una vez más antes de ponerme con esto— más cuatro epés, un concierto, una sesión radiofónica y hasta las demos originales. Un lujo adornado por un libreto con abundantes documentos gráficos y anécdotas contadas por las integrantes de la banda o por colegas como Kim Gordon o Mr Dinosaur Jr y J Mascis. Cinco años después, en pleno 2018, tenemos de vuelta a las Breeders: “All nerve”, su quinto y nuevo trabajo, es lo mejor que ha hecho Deal desde “Last splash”.

Anterior entrega de Operación rescate: “Streets of New York” (2006), de Willie Nile.

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