“La ronda” (1950), de Max Ophüls

Autor:

EL CINE QUE HAY QUE VER

 

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“Además de ser una bellísima película, sirve para reflexionar sobre lo mucho que a veces simplificamos aquello que nos cuesta comprender”

 

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Elisa Hernández recupera el clásico “La ronda”, obra del cineasta alemán Max Ophüls. Una película de gran belleza estética que reflexiona sobre cómo el ser humano llega a simplificar la composición de la sociedad y las relaciones humanas.

 

Texto: ELISA HERNÁNDEZ.

 

Como muchos de sus compañeros cineastas (e intelectuales en general), Max Ophüls tuvo que dejar su Alemania natal en los años 30, asentándose primero en Francia y finalmente en EE.UU. Sin embargo, en 1950 decide regresar a Europa y “La ronda” es el primer filme que realiza a su vuelta, cuando ya se ha convertido en un cineasta conocido y apreciado gracias a películas como “Carta de una desconocida” (1948), aunque todavía habría de realizar algunas de sus obras mejor valoradas: “Madame de…” (1953) y “Lola Montes” (1955).

Soldados rasos, prostitutas, señoritos, matrimonios asentados, actrices, criadas, aristócratas, poetas y otros muchos personajes y prototipos de la Viena de finales del siglo XIX se cruzan, conocen y desconocen de manera casi casual en esta película, enlazándose todos ellos entre sí (aunque no lo sepan). La obra de teatro original, escrita por Arthur Schnitzler en 1897, pretendía ser una ácida crítica a la doble moral burguesa, señalar la hipócrita separación elitista entre clases sociales y funcionar como una poderosa alegoría sobre la transmisión de enfermedades a través del sexo (en cualquier estrato socioeconómico).

 

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Como principal alteración del texto en que se basa, “La ronda” hace uso de un divertido y dicharachero narrador para contarnos estas diez historias de amor fatuo y caprichoso haciendo que los personajes protagonistas se crucen y enlacen unos con otros imitando el movimiento circular y rítmico de un tiovivo. Este “maestro de ceremonias”, que tararea una melodía y guía a los personajes en su continuo vagabundear en busca de compañía y cariño, funciona como leitmotif de toda la obra, dándole fluidez y un ritmo dinámico (además de encargarse de introducir el humor, gran cantidad de ingeniosas analogías y algún que otro guiño metacinematográfico), insistiendo así en el motivo de la repetición y lo cíclico, que son probablemente los temas fundamentales de “La ronda”. Más que un narrador, este curioso protagonista actúa casi como un demiurgo, recordándonos lo mucho que los personajes se dejan llevar y lo poco que reflexionan sobre las posibles consecuencias. En cierta manera, hay un tono de tragedia griega, no por el drama, sino por el hecho de que nadie parece tener ningún control sobre las acciones que realiza: todos dependen de una especie de fuerza superior, sea el destino, los dioses, el amor, el deseo sexual… La película, pues, nos muestra una sociedad conformada como una compleja e inefable red de relaciones que ninguno de los “enamorados” comprende ni concibe en su totalidad (y, de hecho, el espectador sólo es capaz de aprehender esta situación gracias al papel omnipotente y omnipresente que Ophüls le ofrece gracias a la figura del “narrador”).

Así, el motivo de la rueda que gira y gira y enlaza a todos los personajes, independientemente de su categoría y posición social, sirve para dar una imagen holística de la sociedad, de cómo todo se relaciona entre sí aunque no nos demos cuenta, de cómo un suceso en un lugar puede tener consecuencias inesperadas en otro totalmente diferente. “La ronda”, además de una bellísima película, con unos decorados y vestuario impecables, una elegancia y tono barrocos exquisitos, un uso de la luz magistral y unos suaves y delicados movimientos de cámara, también nos sirve para reflexionar sobre lo mucho que a veces simplificamos aquello que nos cuesta comprender, tanto la composición de nuestra sociedad como las relaciones sociales e interpersonales que la conforman.

 

 

 

Anterior entrega de El cine que hay que ver: ““Pierrot el loco” (1965), de Jean-Luc Godard.

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