La noche que nació Joy Division (y cinco claves para entender su obra)

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“La culpa, la vergüenza y la ira son sentimientos que Curtis asocia a las gentes de a pie que deben diseñar sus vidas al amparo de un sistema corrupto y egoísta”

 

Tal semana como esta, hace cuarenta años, Joy Division se subían por primera vez al escenario de Pips, en su Manchester natal. Sara Morales reconstruye aquella noche y las claves de su éxito.

 

Texto: SARA MORALES.

 

El 25 de enero se cumplieron cuarenta años del primer concierto de Ian Curtis, Bernard Sumner, Peter Hook y Steve Morris como Joy Division. Fue en Pips, el garito referencial de Manchester años antes de que la mítica The Hacienda abriera sus puertas, situado en un sótano debajo de Fennel Street (tras la catedral) y donde cada noche acudía la flor y nata de la cultura subterránea y alternativa de la ciudad, hasta que cerró en 1982.

Hacía solo unos días que el cuarteto de Salford, con varios conciertos ya a sus espaldas, se había bautizado como Joy Division. De hecho, en el cartel de aquel bolo, impreso y distribuido con semanas de antelación y sin tiempo para rectificar, el grupo figuraba todavía como Warsaw, nombre que eligieron en 1977 —tras descartar el inicial Stiff Kittens— en honor a la canción de Bowie y Brian Eno, ‘Warszawa’. Pero el temor a ser confundidos con una banda de Londres llamada Warsaw Pakt les llevó a principios de 1978 a decantarse definitivamente por Joy Division: así se presentaron ante el público por primera vez aquella noche en el Pips, y así pasarían a formar parte del Olimpo de mitos del rock.

Aquel 25 de enero de 1978 su repertorio todavía era escaso. Orbitaba alrededor del epé debut de siete pulgadas —”An ideal for living”— que habían grabado a finales de 1977 en los Pennine Sound Studios de Oldham, con canciones como ‘Warsaw’, ‘No love lost’, ‘Leaders of men’ y ‘Failures’ y algún tema suelto que más adelante formaría parte del tracklist de “Unknown pleasures”, su primer disco.

Se dice que ese día ha quedado grabado en la historia urbana y cultural de Manchester porque fue el nacimiento oficial de una de sus bandas predilectas, tal y como hoy la conocemos, Joy Division. Se escribía así la primera página de una leyenda protagonizada por cuatro tipos corrientes que crearon una obra plagada de canciones capaces de salvar la barrera de las clases y las generaciones. Una obra a la que hoy nos acercamos a través de cinco claves conceptuales que nos ayudan a comprenderla.

 

1.Reconversión del punk

“Ando por ahí con vuestra banda sonora
para reflejar lo que habéis hecho,
para hallar el lado justo de la razón,
para matar las tres mentiras en una”
‘Warsaw’, “An ideal for living” (Enigma, 1978).

Cuando Peter Hook y Bernard Sumner salieron del mítico concierto de los Sex Pistols en el Manchester Lesser Free Trade Hall, el 20 de julio de 1976, lo tenían claro: querían montar su propia banda. Aquella noche, Ian Curtis, que también había acudido a la cita pero por su cuenta, quedó enganchado al azote en directo de ese sonido esquizoide que cantaba a la rebelión con descaro, escupiendo con rabia encima de los cánones establecidos. Él también tenía la necesidad de canalizar su complejo mundo interior a través de la música, que ya formaba parte importante de su vida desde la soledad de su habitación en Macclesfield como devoto de Bowie, The Stooges y MC5.

Corrían los años dorados del punk en Reino Unido, también a la otra orilla del Atlántico. Ante el conservadurismo de la época, el cuerpo de los jóvenes culturalmente inquietos pedía moverse, el alma imploraba gritar y los cuatro de Manchester solo tuvieron que reunirse (Ian a través de un anuncio que puso Bernard en un periódico y Steve Morris algo después sustituyendo al batería inicial, Steve Brotherdale) para continuar juntos —como Warsaw al principio y Joy Division después—, la historia del género más irreverente de la música.

 

 

Cuando comenzaron a crear sus primeros temas, el ritmo corrosivo del punk estaba en pleno apogeo; por eso, entre las grabaciones primigenias de Joy Division encontramos canciones con tintes hardcore como ‘Warsaw’, del epé “An ideal for living” (1978). Poco a poco, fueron convirtiendo el nervio del género en un relámpago poético y modernista de sensibilidad y oscuridad, principalmente por la sombría pluma de Curtis que perfilaba letras apocalípticas y agónicas, que con el tiempo fueron a más. También porque, a finales de 1978, la explosión del punk en la calle comenzaba a decaer convirtiéndose en resaca, desgana y choque frontal contra la realidad. Y en tercer y último lugar, porque el grupo era amante de los sonidos industriales y comenzó a experimentar con su sonido. Aun así, canciones más tardías como ‘Interzone’, de “Unknown pleasures” (Factory Records, 1979), demuestran que las raíces punk de Joy Division siempre estuvieron ahí.

 

 

2. Manchester, la ciudad distópica

“Esperándote de noche en el centro de la ciudad,
donde todas las carreteras se unen.
Buscándote en las profundidades del océano,
donde se hunden las esperanzas.
Esperándote, me movía impedido a través del silencio”
‘Shadowplay’, “Unknown pleasures” (Factory Records, 1979).

El entorno en el que nació, creció y murió Joy Division era el de un Manchester postindustrial, con buena parte de sus edificios en ruinas y avenidas solitarias que respiraban el humo gris de las fábricas. Ese ambiente asfixiante y degradado por el frío hormigón y las rutinas autómatas de sus gentes, influyó directamente en el seno conceptual de la banda al que daba vida Ian Curtis con sus letras, desde su personal y nada alentador modo de ver la vida.

Ciudades que se convierten en laberintos sin salida, luces artificiales de neón iluminando las calles y las vidas de sus vecinos, ciudadanos convertidos en muertos vivientes vagando por los rincones, almas mecánicas y alienadas… Todo ello, sumado a la pérdida de fe en el progreso por exceso de este y la soledad el individuo frente a la masa obsesionaron a Curtis y los suyos. Además de reflejarlo en la lírica de varios temas como ‘Shadowplay’ o ‘Disorder’, quedó grabado para siempre en la evolución de su sonido hacia cotas de experimentalismo industrial. La introducción de sintes escalofriantes y la utilización de artefactos inusuales con los efectos marcianos e innovadores de Martin Hannett en la producción de sus dos discos, dieron lugar a instrumentales cortantes y desoladoras como las de ‘Digital’ o ‘Insight’.

 

 

 

3. Descontento y frustración

“Que alguien se lleve estos sueños de aquí,
que me señalan otro día.
Un duelo de personalidades,
que alarga las posibilidades”
‘Dead souls’, “Closer” (Factory Records, 1980).

El grueso de las canciones del grupo rezuman ese halo de desesperación, insatisfacción y melancolía que definen la ética y la estética de Joy Division, contagiadas por la personalidad de su líder, gran aficionado a la literatura de Kafka, a los textos del escritor beat William Burroughs, Sartre, Herman Hesse y la negación de Nietzsche.

La culpa, la vergüenza y la ira son sentimientos que Curtis asocia a las gentes de a pie que deben diseñar sus vidas al amparo de un sistema corrupto y egoísta falto de empatía y compasión que deja en la más absoluta soledad al individuo. Y con ello, no se refería solo al orden político del cariz ideológico que fuera, sino al abuso de poder ejercido por cualquiera de las jerarquías humanas que se establecen en la sociedad. Sus canciones dejan patente la frustración de una realidad que nunca le convenció y unas reglas del juego de las que no quiso participar, entre ellas ‘No love lost’ (“Has visto cosas en la oscuridad, no en el conocimiento, deseando que triunfase la verdad”) o ‘The eternal’ (“Cansado por dentro, nuestro corazón se ha perdido para siempre. No podemos reemplazar el temor, ni la emoción de la caza. Cada ritual muestra la puerta de nuestros delirios, abren lo cerrado para luego cerrárnosla en la cara”).

 

 

 

4. El desafío de la enfermedad

“Rendidos al instinto de conservación,
de los que se cuidan a sí mismos.
Una ceguera que roza la perfección,
pero que duele como cualquier otra cosa”
‘Isolation’, “Closer” (Factory Records, 1980).

Que Ian Curtis padecía depresión crónica es algo sabido y comprendido por todos, hoy que se tienen en cuenta y se naturalizan las enfermedades del alma como cualquier otras. En su día, debió enfrentarse a la soledad y a la incomprensión. Nadie, ni siquiera sus propios compañeros —a excepción de Bernard Sumner—, supieron comprender lo que pasaba por su cabeza.

Pertenecer a un grupo de música y encarar el papel de líder le fue quedando grande cuando el grupo comenzaba a despegar. Deborah Curtis, su viuda, recuerda en las biografías del músico que, antes de morir, él le dijo varias veces que su trabajo en el grupo ya había terminado. Un mundo de frivolidades y apariencias para el que no estaba preparado y dejó plasmado en temas como ‘Dead souls’, ‘The kill’ o ‘Atmosphere’. La muerte, la nostalgia de tiempos pasados menos agresivos y su carácter enigmático crearon un universo de nihilismo que sustentó el concepto literario y artístico de Joy Division.

Con la emblemática ‘She’s lost control’, la banda verbalizó la otra enfermedad de Ian Curtis, la visible, la que sí se tuvo en cuenta: la epilepsia. Un trauma con el que debió aprender a vivir desde que le fuera diagnosticada a finales de 1978, y que intentaba banalizar e integrar en su realidad con aquellos bailes convulsivos e imposibles sobre el escenario que recreaban ataques epilépticos. Una lucha diaria contra sus complejos e inseguridades.

 

 

 

5. La tragedia del amor

“Gritas cuando duermes,
se destapan todos mis fallos.
Y queda este sabor en mi boca,
mientras la desesperación se agarra.
Algo tan bueno no puede seguir funcionando.
El amor nos destrozará de nuevo”
‘Love will tear us apart-Single 7’, “Love will tear us apart” (Factory Records, 1980).

El drama personal de Ian durante la última etapa de su vida, casado con Deborah pero enamorado de Annik Honoré, protagonizó buena parte de sus últimos escritos y, a consecuencia, de las últimas canciones de Joy Division. El sentimiento de culpa, de responsabilidad por el sufrimiento de la que era su mujer y su hija recién nacida, y el desconcierto de embarcarse en una nueva relación terminó de tambalear la débil y angustiosa existencia del cantante.

Esta canción, el emblema melódico de Joy Division, revela el abismo al que se acercaba Curtis a causa del enredo amoroso que protagonizaba, aunque en realidad su visión del amor siempre contuvo una perspectiva trágica. Por eso, este tema, compuesto en el verano de 1979 cuando conoció a Annik y que consiste en una declaración de desamor, tristeza y errores a su todavía mujer, no es el único que encontramos en el repertorio de Joy Division sobre este asunto, tengan o no connotaciones autobiográficas. Es el caso de temas como ‘The kill’, ‘Digital’, ‘Transmission’ o ‘I remember nothing’, entre otras muchas.

 

 

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