La mascarada del siglo: El guardián de canciones celestiales

Autor:

Paddy McAloon-02-07-13

«Como todos los grandes, y quién sabe si hoy en día bastarían los dedos de ambas manos para enumerarlos, él también es alguien capaz de crear un universo sonoro con idiosincrasia propia a su alrededor»

 

La difusión, o filtración, en la red de un extraordinario disco inédito, viejo o próximo, de Paddy McAloon, alma de Prefab Sprout, lanza luz de nuevo sobre este singular personaje, completamente a contracorriente.

 

 

Una sección de CARLOS PÉREZ DE ZIRIZA.

 

 

El mundo en el que vivimos cada vez resulta más inabarcable para el consumidor de música popular. En él, lo que hoy es noticia mañana es historia. Y en él nadie es capaz de entrever una mínima puerta al inmenso campo por el que miles y miles de discos desparraman sus supuestos encantos. Ante un panorama tan ilimitado como este, resulta mucho más normal pecar de incontinencia que de prudencia. La socorrida autoedición y las facilidades de producción no han hecho más que acelerar ese proceso, aunque bien es cierto también que quienes no necesitan recurrir a ese «yo me lo guiso yo me lo como» tampoco están libres de saltarse un listón cualitativo que rara vez suelen aplicarse a sí mismos.

Aquello de dar con un álbum redondo, canónico y compensado al milímetro, en el que nada sobre y todo suene en su sitio exacto, cada vez se estila menos. Y hay auténticos expertos en el arte de dar una de cal y otra de arena: así, a bote pronto, Prince, Ryan Adams o Pete Doherty serían buenos ejemplos, cada uno desde sus respectivos pedestales. Individuos prolíficos que se acercan a la genialidad muy ocasionalmente (o que la frecuentaban habitualmente y ya rara vez la visitan), que parecen incapacitados para disponer de una visión exterior que les aconseje una criba de material propio.

Quizá por eso resulta aún más chocante la actividad de otros músicos que, también dotados de un talento mayúsculo, racionan muy espaciadamente sus entregas más o menos de lustro en lustro o incluso acercándose a una cadencia que opera de década en década. La mayor parte de ellos lo hacen porque eso es precisamente lo que demanda su producción, su inspiración o su capricho, naturalmente pausadas. Algunos de ellos no paran de trabajar, pero solo recuperan su marca cuando sienten la necesidad de volver a despachar obras casi maestras (Portishead, My Bloody Valentine). Pero también hay quien lo hace porque, pese a disponer de un ingente material pendiente de edición, no ve la necesidad de compartirlo con el mundo.

Uno de esos genios en la sombra, discográficamente celosos de su obra, es Paddy McAloon [en la foto], alma mater de Prefab Sprout. Un personaje al que solo por la absoluta perfección pop de «Steve McQueen» (1985) o por el glorioso y grandilocuente barroquismo de «Jordan: The comeback» (1990) habría que tener en los altares de la música popular más distinguida, sensible e imaginativa que se ha facturado en el Reino Unido en las últimas tres décadas. Su voz tiene esa clase de registro del que uno siempre piensa que le bastaría enunciar el listín telefónico o la lista de la compra para hacerle rebosar el lagrimal al más pintado. El susurro hecho arte. Su capacidad para los arreglos exquisitos siempre ha sido desbordante. Su pericia para dar con melodías imperecederas está tan fuera de discusión que nunca ha quedado más remedio que calificar su propuesta de atemporal, pese a ese brillo algo sintético que hace de aquellas lejanas producciones de Thomas Dolby algo muy propio de los ochenta, incluso con recientes masterizaciones de por medio (no tan coyuntural resultó el trabajo de Tony Visconti años más tarde). Como todos los grandes, y quién sabe si hoy en día bastarían los dedos de ambas manos para enumerarlos, él también es alguien capaz de crear un universo sonoro con idiosincrasia propia a su alrededor. Abrevando en la era de los grandes musicales de Hollywood, el Brill Building, la bossa nova, el rock and roll primigenio (y los mitos populares norteamericanos a él asociados) o los albores del indie británico. Y siempre con el valor añadido de la (per)durabilidad, por cuanto su obra apenas sufre desgaste, independientemente del momento y de las veces que uno se sumerja en ella. Un sonido, un lugar imaginario en el que muchos se quedarían a vivir encantados, si es que algo así fuera alguna vez posible.

Pero resulta que el de Durham no solo no da el perfil de estrella que hoy en día se tercia para medrar en los medios, ni en los convencionales ni en los virales. Es más, diríase que más bien habita en las antípodas. A sus 56 años ha logrado que su poblada barba haya alcanzado últimamente proporciones bíblicas (por aquello de Moisés), otorgándole un aspecto de venerable Santa Claus. Frecuenta una vida sedentaria y completamente alejada de los focos, concediendo escasísimas entrevistas, totalmente alejado del mundo del show business. Por si fuera poco, en un momento en el que parece que quien no se embarca en una gira prácticamente no existe, resulta que los escenarios le están casi vedados: una enfermedad degenerativa en los ojos afectó a su retina y mermó considerablemente su visión hace algo más de una década, y la cosa terminó por complicarse aún más cuando en 2006 se le diagnosticó la enfermedad de Ménière, que disminuyó parcial pero seriamente su capacidad auditiva. Todo eso prácticamente le imposibilita para el trabajo coordinado que siempre conlleva una gira con banda. Por eso, ausente de los escenarios desde 2001, lo más parecido a un concierto suyo que hoy en día puede se puede disfrutar es la extraordinaria recreación en acústico del álbum «Steve McQueen», grabada en 2007 y registrada como disco apéndice en la reedición que aquel año sacó al mercado Sony/BMG a través de su subsidiaria Legacy. Tampoco le ayudó nunca a incrementar su penetración popular el hecho de que su tema más conocido sea tan escasamente representativo, por liviano e intrascendente, aquel ‘The king of rock’n’roll’ (con su naïf videoclip) que es como su ‘Shiny happy people’ particular, esa canción que R.E.M. siempre se niegan a recuperar en directo por considerarla poco más que un divertimento circunstancial.

El caso es que, sabiendo como sabemos que nuestro hombre alberga en sus registros caseros al menos tres o cuatro álbumes conceptuales cuyo contenido aún no ha trascendido; sabiendo como sabemos que su último álbum de estudio («Let’s change the world with music», publicado en 2009) realmente es una colección de canciones que data de 1992, entonces rechazada por su discográfica y extrañamente condenada a permanecer en silencio durante diecisiete años (jugada similar a la sufrida en los ochenta por el álbum «Protest songs»); sabiendo como sabemos que circulan desde hace unos años recopilaciones de muy limitado acceso pero gran demanda con todas las caras B de sus singles, en las que Prefab Sprout no han tenido oficialmente nada que ver; sabiendo como sabemos todo eso y más, hace apenas tres semanas se filtra por la red un nuevo álbum inédito al completo, del que no queda aún claro si se trata de una grabación registrada en 2004-2005 o es un disco más reciente de inminente edición, cuyo contenido ha sido desvelado por algún alma sin escrúpulos que ha tenido acceso a sus sesiones. Sea como fuere, «The devil came a-calling», que así se llama el artefacto, tiene todas las trazas de trabajo perfilado para ser un producto final, de esmerada factura y secuenciación lógica.

Como ocurre con el 99,9% de los mortales, es muy difícil que McAloon recupere en todos sus términos la cegadora brillantez de la época en la que rozó el cielo, la de aquellos discos que facturó entre 1985 y 1992. Pero tan cierto como eso es la evidencia de que hubiera sido un auténtico crimen que las diez canciones que integran este misterioso trabajo hubiesen permanecido en el anonimato. Entre ellas hay al menos media docena de composiciones deliciosas, obras de orfebrería pop recién salidas de esa dimensión paralela en la que su fértil talento parece habitar. Desde el esbozo de hit que es ‘The best jewel thief in the world’ hasta la estándar ‘The songs of Danny Galway’, pasando por maravillas de pop adulto (pero en absoluto senil) como ‘Mysterious’, ‘The dreamer’ o ‘The list of impossible things’. Y todas juntas vuelven a redondear la certeza de que el mundo sería un lugar mucho más gris, más mundano y más mísero sin sus celestiales canciones. Las ya publicadas y esas (muchas) que con tanto celo va acumulando, y de las que solo disfrutamos con cuentagotas.

Anterior entrega de La mascarada del siglo: El inagotable filón sueco.

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