La cara oculta del rock: ¿Alguien disparó a Kurt Cobain?

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“Un último cigarrillo, una última cerveza y un último chute. Kurt Cobain clavó con el bolígrafo su carta de despedida en una maceta. Cargó la escopeta con tres cartuchos. Colocó el arma en su paladar. Y se calló la voz de la Generación X”

 

La Generación X necesitaba un mártir y este fue Kurt Cobain. El líder de Nirvana, cansado de todo y harto de su fama, decidió poner punto y final a su vida pegándose un tiro con una escopeta. No obstante, algunos no consideraron su muerte como un suicidio y todas las miradas apuntaron a una sospechosa: su mujer, Courtney Love.

 

Una sección de HÉCTOR SÁNCHEZ.

 

La mañana del viernes 8 de abril de 1994, el electricista Gary Smith había madrugado para trabajar; tenía que instalar un sistema de seguridad en el número 171 del bulevar Lake Washington en el distrito de Madrona, en Seattle. Cuando se presentó en la dirección, se llevó un susto de muerte al mirar a través del cristal de la puerta del invernadero. En el interior, sobre el suelo, descansaba un maniquí. Al menos eso pensó en un primer momento, hasta que fue consciente que, en realidad, era el cuerpo inerte de Kurt Cobain: “Podía ver el pelo largo tirado en el suelo. Al principio pensaba que sería un maniquí, y entonces me di cuenta de que parecía que había sangre en la oreja derecha. Luego vi la escopeta descansando en su pecho, apuntando a la barbilla”. Una hora más tarde, la policía encontró el cuerpo de Cobain con la cara tan destrozada que solo fue posible identificarlo a través de las huellas dactilares. Su cuerpo estaba rodeado de un juego de ordenador, un peluche y varias cintas de casete, entre ellas “In utero” (1993), el último álbum de Nirvana que Kurt quería titular “I hate myself and want to die” (“Me odio y quiero morir”). Toda una declaración de intenciones.

“Se ha ido para unirse con ese estúpido club”, declaró su madre, Wendy O’Connor, al enterarse de la noticia haciendo referencia a Jimi, Janis, Jim y el resto de músicos que entraron en el Club de los 27. El último adiós del líder de Nirvana es una crónica de una muerte anunciada. Desde hacía tiempo, Kurt ya no tenía ganas de vivir y el resultado del incidente con el rifle en abril podía haber sucedido perfectamente un mes antes. El 3 de marzo de 1994, Kurt Cobain se encontraba en Roma, en la habitación número 541 del hotel de cinco estrellas Excelsior. Esperaba la llegada de su mujer, Courtney Love, y de su hija, Frances Bean. Love se encontraba en Londres promocionando el segundo álbum de Hole, “Live through this” (1994), y habían pasado veintiséis días desde que ambos se vieran por última vez. Cuando por fin llegó su familia, Cobain quiso hacer el amor para celebrar el reencuentro con su mujer, pero como estaba cansada, ella se negó. A la mañana siguiente, Courtney Love encontró a su marido tirado en el suelo, pálido y sangrando: “Me acerqué a él y le salía sangre de la nariz. Parecía John Bonham… Realmente pensé que estaba muerto”. Entonces, Love se arrepintió de no haber satisfecho los deseos sexuales de su marido: “Aunque no me apeteciera, tendría que haberlo hecho por él. Lo único que necesitaba Kurt era un polvo”. Cobain había ingerido unas sesenta pastillas de Roipnol regadas con champán y sufrió una sobredosis que le tumbó. Pero como la vida es irónica, esa sobredosis no consiguió acabar con su vida por mucho que lo estuviera deseando.

De forma oficial, el suceso de Roma se consideró como un “accidente”, sin embargo, no fue así. Cuando Courtney encontró tirado a Kurt, sujetaba en su puño izquierdo tres páginas. Esa nota de suicidio mencionaba al doctor Baker, su médico que le recomendó abandonar la adicción o morir: “El doctor Baker dice que, como Hamlet, debo elegir entre la vida y la muerte. He elegido la muerte”. En dicha nota, Cobain mostraba su cansancio por las giras, sentía pánico al pensar que Love ya no le quería y la acusaba de haberse acostado con Billy Corgan, de los Smashing Pumpkins, de quien siempre estuvo celoso. Además, hacía referencia a la traumática separación de sus padres: “Prefiero morir antes que pasar por otro divorcio”. Los rumores de la muerte de Kurt Cobain se extendieron, pero Cobain se despertó del coma, pidió un batido de fresa y sobrevivió. Al menos, todo lo que podía sobrevivir.

Unas semanas después, Courtney y varios amigos de Kurt Cobain le animaron a que acudiera a una clínica de desintoxicación para abandonar la heroína. Cobain arremetió contra los presentes y no pasó por el aro, pero quien sí visitó una clínica para solucionar su problema de adicción fue Love. Por su parte, el Rey del Grunge pidió un favor a su amigo Dylan Carlson. Como si fuera un adolescente que pide a un adulto que le compre una bebida alcohólica, Cobain entregó trescientos dólares a Carlson para que fuera tan amable de comprarle una Remington M-11, del calibre 20. Le aseguró a su amigo que quería la escopeta “para protegerse” de los intrusos, y el complaciente Carlson nunca sospechó cuál era el propósito de su colega: “Si Kurt tenía intenciones suicidas, me las ocultó”. Sin embargo, hasta a Stan Baker, el vendedor de la tienda de armas Stan’s Gun Shop en Lay City Way, le pareció sospechoso: “¿Qué demonios van a hacer estos chicos con esta escopeta? No es temporada de caza”.

El mismo día que Kurt Cobain pagó a su amigo para que le comprase la escopeta, voló al Centro de Recuperación Exodus en Los Ángeles (California): al final, Kurt agachó la cabeza para conseguir dejar de lado su adicción a la heroína. Allí recibió la visita de su hija, Frances Bean, que ya tenía diecinueve meses, y de Jackie Farry, su niñera. Courtney Love no acudió ya que el médico desaconsejó su visita en la primera fase del proceso de desintoxicación. De un día para otro, Cobain parecía haber recuperado el humor, como explicó la niñera: “Estaba de un buen humor increíble. Yo no me lo explicaba. ‘Quizá esta vez vaya en serio’, pensé por un instante. Se le veía demasiado efusivo, (…) y mostrándose de lo más optimista. Y eso no iba con él… (…) Lo suyo era estar malhumorado. Pero lo vi como un indicio positivo de un giro radical en veinticuatro horas”. En menos de otras veinticuatro horas, Kurt Cobain salió “a fumar un cigarrillo” y ya de paso saltó el muro del Centro Exodus y escapó de allí para regresar a Seattle, no sin antes tener la última conversación telefónica con su querida Love a la que dijo: “Pase lo que pase, quiero que sepas que has hecho un álbum buenísimo”. Courtney se quedó descolocada por el comentario y Kurt colgó el teléfono después de dedicarle sus últimas palabras: “Recuerda solo que te quiero, pase lo que pase”.

Durante los primeros días de abril, Courtney Love presentaba el disco de Hole en Los Ángeles y lo alternaba con otras actividades como enterarse de la desaparición de su marido, anular sus tarjetas de crédito, contratar al detective privado Tom Grant para que lo encontrara y poner el grito en el cielo al enterarse de la existencia de la escopeta. Mientras, Kurt Cobain iba y venía por Seattle y compraba munición para su arma. El 4 de abril, la madre de Kurt llamó a la policía advirtiendo que su hijo estaba armado y podía suicidarse; se sospechó que quien llamó no fue Wendy O’Connor, sino Courtney Love.

Por fin, el 5 de abril, Cobain se encontraba en casa. Mientras en el equipo de música sonaba el álbum de R.E.M. “Automatic for the people” (1992), miraba fijamente una libreta. Era la típica situación de un autor enfrentándose a la hoja en blanco, pero Kurt llevaba bastante tiempo mascullando qué quería decir en su despedida. Su última carta estaba dirigida a Boddah, el nombre de su amigo imaginario durante su infancia, y en ella se mostraba hastiado de su papel como estrella: “Ya hace demasiado tiempo que no me emociono ni escuchando ni creando música, ni tampoco escribiéndola, ni siquiera haciendo rock and roll. (…) No os puedo engañar a ninguno de vosotros. Simplemente no sería justo ni para vosotros ni para mí. Simular que me lo estoy pasando el cien por cien de bien sería el peor crimen que me pudiese imaginar. A veces tengo la sensación de que tengo que fichar antes de subir al escenario”. Y concluía citando a Neil Young en ‘Hey hey, my my’ (1979): “Recordad que es mejor quemarse que apagarse lentamente”. Cuando terminó de redactarla, sacó del escondite de su armario la preciada escopeta. Con el arma y la nota, se dirigió hasta el invernadero. Un último cigarrillo, una última cerveza y un último chute. Kurt Cobain clavó con el bolígrafo su carta de despedida en una maceta. Cargó la escopeta con tres cartuchos. Colocó el arma en su paladar. Y se calló la voz de la Generación X.

El comunicado de la oficina del forense decía lo siguiente: “La autopsia ha revelado que Cobain murió de una herida de escopeta en la cabeza; de momento todo indica que se trata de una lesión autoinfligida”. El doctor que realizó la autopsia, Nikolas Hartshorne, encontró tanta heroína en la sangre de Kurt Cobain que si la escopeta no hubiera funcionado, la heroína habría hecho el resto. Se estimó que la muerte tuvo lugar el 5 de abril, tres días antes que el electricista encontrara el cadáver, pero esto podía haber sucedido un día antes o después.

Pero como suele suceder con las muertes prematuras en el rock, no todo el mundo creyó la versión oficial. El director Nick Broomfield fue uno de estos incrédulos y realizó una investigación que tendría su fruto en el documental “¿Quién mató a Kurt Cobain?” (1998). En él, intentó demostrar que Cobain no se suicidó sino que fue Courtney Love la auténtica responsable de la muerte de su marido debido a que a la pareja tenía intención de divorciarse y Love no quería perder ni un solo centavo. Con Kurt muerto, todo el dinero sería para ella. Para ello, Broomfield entrevista a una galería de personajes peculiares entre los que destacan el padre de Courtney, quien tiene una guerra abierta contra su hija; el Duce, un excéntrico músico de segunda que afirma que Courtney Love le ofreció 50.000 dólares si asesinaba a su marido y que termina muerto en extrañas circunstancias, y el detective Tom Grant, que encuentra teorías conspiratorias por todas partes. Grant se basa en varias premisas: Cobain tenía tanta heroína en la sangre que le hubiera resultado imposible disparar el rifle y la carta de despedida tenía unas frases que parece que fueron añadidas después. Casualmente, durante la película, a Nick Broomfield y a su equipo siempre le surgen dificultades en los momentos más decisivos o sufren presiones por parte del círculo de Courtney para no poder continuar con su investigación. Un documental que roza la vergüenza ajena y que no debe ser tomado en serio.

Para los demás, el líder de Nirvana estaba solo en el invernadero con su escopeta. Y así fue como Kurt Cobain, el niño que nunca superó la traumática separación de sus padres, el joven que sufría un dolor estomacal incurable, el padre de familia heroinómano, la atormentada estrella de rock que no quería serlo, el mártir del grunge y la voz de una generación desencantada, ingresó en el Club de los 27. Así se fue el olor del espíritu de los noventa.

Anterior entrega de La cara oculta del rock: Los caballos salvajes de los Rolling Stones.

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