“King Kong” (1933), de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack

Autor:

EL CINE QUE HAY QUE VER

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“‘King Kong’ ofrece capas de lectura y reflexión para todos los gustos”

 

Hasta 1933 nos lleva Elisa Hernández para recordarnos el clásico “King Kong”, una película imprescindible por sus capas de lectura y reflexión, además de un ejemplo brillante de efectos especiales muy avanzados para la época.

 

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“King Kong”
Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, 1933

 

Texto: ELISA HERNÁNDEZ.

 

“King Kong” posee algunas de las imágenes más icónicas y reconocibles de la historia del cine, además de ser uno de los clásicos que en más ocasiones se ha intentado reinventar en las sucesivas décadas. Aunque hoy se haya convertido en un mito por derecho propio, en el origen de la historia está la adaptación del cuento de la bella y la bestia a la época contemporánea y al entorno urbano. Se trata de un momento de la historia norteamericana, los primeros años treinta, en el que los filmes de monstruos estaban a la orden del día por su capacidad de representar y poner en imágenes los inefables terrores, angustias y ansiedades que sufre un país sumido en la crisis económica.

 

 

Y es que “King Kong” no es solo un relato de exotismo y fascinación, una aventura emocionante para hacer olvidar al público sus problemas durante el rato que pasan en la sala, sino que nos ofrece un punto de vista privilegiado sobre muchos de los miedos subyacentes entonces. Desde un posible alegato en contra de las relaciones interraciales (en lo que además sería una nueva representación del estereotipo del negro violador y salvaje cuya imagen cinematográfica más recordada es “El nacimiento de una nación”) hasta una interpretación freudiana del gorila como la liberación del ello, “King Kong” ofrece capas de lectura y reflexión para todos los gustos. Un film sobre el que parece imposible dejar de reflexionar.

Pero esto no debe hacernos obviar, sobre todo porque en ello radicó gran parte de su valor en el momento del estreno, el impresionante despliegue de efectos especiales, creados a partir de trucos de cámara, la construcción de innumerables maquetas y modelos, y, especialmente, una bellísima animación en stop-motion capaz de convertir a Kong (y esto es algo que mantienen casi todas sus reapariciones en el cine posterior) en el personaje con más matices emocionales de la película.

Bien sea porque todavía reconocemos lo profundo de algunas de las nociones que subyacen al film, porque nos siguen fascinando sus efectos especiales o porque en el fondo su historia clásica apela a valores, nociones e ideas más universales de lo que nos gustaría, “King Kong” se merece, hoy y siempre, ser reivindicada, proyectada, disfrutada y pensada. A pesar de haber sufrido la censura y ver su metraje recortado en más de una ocasión (al ser un film precódigo Hays, sus reestrenos y su paso por televisión en los años cincuenta requirieron siempre moviola y tijera), “King Kong” no solo ha sobrevivido los más de ochenta años que han pasado desde su estreno, sino que se impone sobre gran parte del cine de aventuras posterior que, por supuesto, se lo debe casi todo a este gran clásico.  

Anterior entrega de El cine que hay que ver: “Sillas de montar calientes” (1974), de Mel Brooks.

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