Jorge Drexler: “Para mí, límite es sinónimo de motivación”

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“Me gustaba casi el chiste de decir: voy a hacer un disco utilizando las herramientas básicas del arte trovadoresco, la guitarra y voz”

 

Acostumbrado a desafiarse a sí mismo, Jorge Drexler se ha puesto en su nuevo disco contra las cuerdas… de su guitarra. Marta Sanz habla con él sobre cómo ha construido las canciones de “Salvavidas de hielo”, incluido su homenaje a Joaquín Sabina.

 

Texto: MARTA SANZ.

 

Atardece el penúltimo día de verano en Madrid, y Jorge Drexler nos recibe en las oficinas de Warner. Lo hace pidiendo disculpas por la breve demora que ha sufrido nuestro encuentro, y señala a su verborrea como causante. “Me enrollo, se me va de las manos”, sonríe. Lleva unos días promocionando su último disco, “Salvavidas de hielo” (que hoy se pone a la venta), y adentrarse mínimamente en él ya justifica toda palabra de una charla extensa. Si bien cada composición cuenta una historia, esta esconde detrás una vereda de anécdotas que engrandece, si esto es posible, el trabajo del músico uruguayo. Las once canciones que presenta son pequeñas joyas en sí mismas, algunas llenas de luz y otras de infinita ternura. Las letras lo dicen todo. La melodía esconde un secreto, un juego magistral que nos desvela entre los capítulos de este relato.

“Salvavidas de hielo” comienza a forjarse en Madrid, tras el íntimo ritual de composición que acompaña a cada autor, pero termina de nacer en esa tierra de música que estos días está en la mente y el corazón de todos tras temblar trágicamente. “Llegó un momento en el que pensé que quería completar el disco con una experiencia fuera de España, y en seguida pensé en México”, explica. “México siempre me ha fascinado. Cierto que yo soy americano, y hay una conexión evidente desde los países americanos, pero siempre sentí que realmente era otro universo. Es un país con una identidad, una gastronomía, una relación con la muerte y con los afectos completamente diferente a la que tiene Uruguay. La primera vez que fui a México sentí que estaba en el lejano Oriente. Todo era tan exótico, tan raro: los sabores, los olores… y las dimensiones. La cantidad de gente, de paisajes, de lenguas nativas vivas. Quería captar un poco la energía esa de la Ciudad de México, más allá del país. Esa energía loca como parecida al efecto del mezcal, que tiene un punto como de exaltación medio alucinógena, de euforia emocional y de peligro”. De esta idiosincrasia que le apasiona, hay un matiz importante que puso el sello en su pasaporte: la tradición y el respeto que tienen por la música en general, y por un instrumento en concreto. “México tiene un desarrollo de la guitarra muy poderoso. Ha cuidado muchas de las guitarras españolas barrocas y las ha desarrollado. Se han transformado en jaranas, en leonas, en guitarrones… mil variantes de cada uno de estos tipos que enriquecen la sonoridad del disco”.

Podría parecer exagerado recorrer más de nueve mil kilómetros para llegar a unas guitarras, pero estaban más que justificadas las horas de vuelo, porque es el único instrumento que suena en el disco. Este es el increíble secreto que guardan las melodías. Cuando puedan comprobarlo tendrán la tentación de negarlo, pero créanme: los ecos que le hacen dudar son cuerdas, cajas de madera, la piel de un banjo o el metal de un dobro. “Tú escuchas el disco, y si yo no te digo nada no sabes que está hecho solo con guitarra. Y te puedo asegurar que la única excepción a sonidos que salen de una guitarra son voces, silbidos, chasquidos y palmas. Y un canario que aparece cantando por ahí, se nos coló en la canción ‘Silencio’ y después se quedó”. Tenía las canciones, y el camino conocido de grabarlas con todas las comodidades de las que un estudio dispone, pero optó por usar lindes para hacer crecer la canción. “Fue como una especie de límite simbólico, de motivación simbólica. Para mí límite es sinónimo de motivación. Me gustaba casi el chiste de decir: voy a hacer un disco utilizando las herramientas básicas del arte trovadoresco, la guitarra y voz. Pero cuando empezamos a hacerlo me di cuenta de que los medios que tenemos hoy en día para grabar son tan variados que nos permiten extraer de una guitarra sonidos muy inusitados. Pero como desafío. Esto es un juego, en el mejor y más serio de los sentidos. En el sentido de tener la valentía de experimentar con el riesgo de poder equivocarse. Nosotros experimentamos, y varias veces pensamos que nos habíamos equivocado, que había que volver atrás y llamar a un pianista o a un batería y grabarlo bien. Pero tuvimos paciencia, y valor, y estoy muy contento con el resultado, la verdad”. A este coraje hay que sumar el hecho de que las canciones fueron seleccionadas antes de empezar a trabajar el sonido. “Quería que fueran autónomas”, explica, “que tuvieran valor comunicativo por sí mismas, que el arreglo fuera algo secundario en la transmisión”.

 

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“(Sabina) Me preguntó: ‘¿Qué estás haciendo aquí?’, y yo le dije: “Bueno, trabajo aquí, soy médico’. Y él me contestó: ‘Tú no eres médico, tú eres gilipollas’”

 

El disco, que iba cobrando vida, le había llevado desde la guitarra hasta México, y de estas tierras fluyeron también las colaboraciones de tres mujeres que si no todas nativas, tienen irremediable alma azteca: Julieta Venegas, Natalia Lafourcade y Mon Laferte. “Las tres aportan el elemento fuerza muy claramente. Las tres son compositoras, tienen una fuerza personal muy grande y tienen un estilo representativo muy marcado. Ellas me llevaron a sitios a los que yo no habría podido llegar solo”, cuenta. Con Julieta y Natalia tiene ya una historia larga, a Mon la conoció poco antes de que se incorporara al proyecto. La cantante chilena cita un párrafo de Drexler dentro de una canción, y él quiso conocerla por puro agradecimiento. “Me dieron muchas ganas de conocerla personalmente, y por la mitad me di cuenta de que tenía esta canción, ‘Asilo’, en la que yo no llego al tono emocional que le quiero dar, y esta mujer tan impresionante me puede ayudar a llegar hasta ahí”. En uno de los vídeos de la grabación, podemos escuchar a Mon ratificando su admiración, creciente tras comprobar que Jorge graba a bocajarro, guitarra en mano y mirando a los ojos. Asegura que es una forma muy valiente, y muy poco común, de hacerlo. “Tiene mucho riesgo porque es difícil de arreglar si algo sale mal, no imposible, pero sí muy difícil, pero tiene una direccionalidad en la manera de cantar, porque cantas hacia otra persona”, explica el uruguayo. “Estás cantando con una compañera y quieres hacerlo muy bien. Quieres comunicar y a la vez relacionarte con la persona que tienes enfrente. Esto genera un estado de alerta que me gusta mucho. Entonces sí, es complicado, la gente no lo quiere usar mucho”. Esa energía, ese clima íntimo de mirada cercana, se nota especialmente en la bellísima canción que da nombre al disco, y que canta con Natalia Lafourcade.

Pero el paisaje de “Salvavidas de hielo” es rico en contrastes, y esta mínima expresión de infinita ternura convive con canciones que explotan en sonidos, como ‘Movimiento’, que abre el disco con una reflexión sobre la idea de pertenencia a un lugar, o el sentir que ese lugar nos pertenece. No es nuevo este abrazo del uruguayo a un mundo sin fronteras. “Ese es un tema, el de ponerse en el lugar de otro, que llevo hace años. Lo que pasa es que uno no es inmune a lo que pasa fuera, sigue teniendo relevancia, y todavía tengo cosas que decir”, explica, para a continuación matizarse y casi corregirme: “pero no escribo sobre temas, encuentro pequeños juegos de palabras, y empiezo a moverme desde ahí. El tema se desarrolla después, y lo importante es el ángulo. En este caso el movimiento como acto antropológico de desplazamiento, como responsable de nuestra supervivencia. Estamos vivos porque estamos en movimiento, dice la canción. Entonces claro que nos movemos, es lo que hemos hecho toda la vida, como especie. Desde hace 120.000 años”.

Con nervio similar fluye una de las canciones más particulares del álbum, y casi contradictoria: ‘Silencio’. Ella, que es puro ruido, habla de lo urgente, lo importante, lo aplazable, y lo hace a gritos hasta llegar a la nada, el estribillo que es eso: silencio. “Esta semana la he escuchado por primera vez al aire en una radio, y vi la cara de espanto de todo el mundo en la cabina cuando llegó el primer silencio. Con el segundo parece que están preparados, pero es que el tercero dura como cinco segundos, el del canario. Como está el pájaro parece que lo ablandamos un poco y no da la sensación de que se acaba la canción”, ríe. “Genera un poco de desasosiego, yo me doy cuenta, pero es un juego de contrastes. Si tú quieres que se note mucho un silencio, ¿qué haces? Generar mucho ruido previo y detenerlo. Por eso es la canción con más fuerza del disco. Quería que se notara el silencio, que fuera abrupto. Que tuviera un rol musical, que dijera algo; y estoy muy orgulloso, lo diré”.

 

 

Entre todas las canciones rinde un homenaje muy especial a un artista que marcó su vida de una manera definitiva, hace ya casi 23 años: Joaquín Sabina. Lejos de una premeditada cortesía, ‘Pongamos que hablo de Martínez’ surgió de una manera muy natural. “Yo tenía un ritual de composición: llevaba a los niños al colegio, y volviendo a casa en coche, en esos diez o quince minutos de tránsito, ponía la radio, hacía ‘zapping’, y de repente, de un patrón rítmico, una idea temática, de sonido o emocional surgía algo que me llevaba a completar una canción. Y un día escucho una canción de Joaquín que no conocía, con una producción nueva y muy bonita, y me pongo contento. Salí emocionado del coche, muy alegre por él. Por ahí empecé a escribirle una canción, a las diez de la mañana, y a la una y media él la tenía en un mensaje de voz de WhatsApp. Fue realmente instantáneo, me cayó como hecha”. En esta canción Jorge cuenta cómo una noche de diciembre, mediados de los años noventa, conoció al maestro en Montevideo, y cómo ese encuentro le cambió la vida. Le pregunto si nos puede contar algo de esa noche, y contesta riendo: “Te puedo contar todo, todo lo que haya pasado ha prescrito”.

“Yo tocaba de telonero en un concierto de Joaquín, presentando mi segundo disco. En ese momento trabajaba de médico en Uruguay, estaba haciendo el postgrado en Otorrinolaringología, y trabajaba en la clínica de mis padres. Todo lo que sacaba de la medicina lo invertía en música. Era un momento de mi vida como de encrucijada vocacional, tenía los dos mundos luchando. Ya había decidido tomarme una pausa en el curso porque necesitaba dedicar más tiempo al disco, y creo recordar que estaba en un periodo muy feliz de mi vida. Sí, estaba muy arraigado a Montevideo, no quería irme”, rememora. Después de ese concierto, a Joaquín le hablan muy bien del telonero, y quiere conocerlo. “Me dijo ‘vente con nosotros, y tráete la guitarra’. Primero tocamos un poco en su camerino, toqué yo la guitarra, y él fue muy entusiasta desde la segunda canción que toqué. Me preguntó: ‘¿Qué estás haciendo aquí?’, y yo le dije: “‘Bueno, trabajo aquí, soy médico’. Y él me contestó: ‘Tú no eres médico, tú eres gilipollas’”, dice Drexler, imitando la voz de Sabina, y riendo como imagino rio toda esa noche.

 

 

En algún momento, tras las tablas, Sabina le dijo que tenía que ir a Madrid. “Me dijo ‘Vente en febrero, y te quedas en mi casa’. Estaba empezando la noche, estábamos todos en un estado de euforia muy grande, cerramos literalmente tres o cuatro bares. Hasta que a las once de la mañana yo me fui a casa, me di una ducha y me fui a trabajar de médico. Con toda la cabeza llena de información, pensando ¿qué hago?”. Poco después le escribió una carta a Sabina, que nunca llegó a recibir, y con la incertidumbre a cuestas tomó la decisión a pesar de todo, y viajó a España. “Estuve intentando localizarle a través de un número de teléfono que me dio, hasta que me di cuenta de que tenía que tocar al timbre porque en esa casa no atendían el teléfono. El primer día que me vio me preguntó qué hacía al día siguiente, y me dijo que tenía un bolo en Granada. Y nada, me fui con él. Empezó a moverse mi nombre en circuitos musicales. Me llamó Víctor Manuel, Ana Belén, Miguel Ríos, Pablo Milanés… me encargaban canciones. Y de golpe vi que podía ganarme la vida con la música. Como compositor para otros en principio, pero enseguida me puse a trabajar en mi tercer disco, ‘Vaivén’”, recuerda. En esas canciones cuenta con un excepcional corista: el propio Joaquín Sabina. “¡Me hizo los coros! Lo llamé y… qué burrada desde el punto de vista del marketing, ¿no? En vez de llamarlo y hacerle cantar una estrofa, y poder decir: ‘Está cantando Sabina’. No, tenía que ir a la gente y decirles: ‘¿Ves? ¿Identificas la voz del fondo?’. Es como esa cosa uruguaya de no querer ser muy evidente, de hacerlo pero no hacerlo. Podría haberle dicho que se cantara algo, y lo hubiera hecho, pero era una cosa mía de pudor. Pero sí, fue un periodo de mi vida que recuerdo con mucha alegría”.

El momento que ahora afronta no es menos feliz: acaba de dar la bienvenida al disco, y en pocas semanas viajará con él por todo el mundo. Los primeros escenarios serán los de su tierra natal, Uruguay, en el mes de octubre. Después Chile y Argentina. A partir de noviembre trae de vuelta el salvavidas a España, que sonará en algunos de los teatros más bonitos del país, como el Arriaga de Bilbao, el Liceo de Barcelona o el Nuevo Apolo de Madrid. Fiel a su espíritu de transformación constante, promete una gira distinta a las anteriores, con la guitarra como centro pero un repertorio diferente. Y lo dice con la mirada brillante de una mañana de Reyes. Que empiece el juego.

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