Johnny Hallyday, Dios de Francia

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“Vendía cifras de discos brutales y sus giras eran paseos triunfales desde prácticamente los inicios de su carrera”

Juan Puchades rinde homenaje a Johnny Hallyday, todo un Dios de Francia. Una figura descomunal, olvidada en España pese a que en los años sesenta y setenta sus discos se editaran aquí.

 

Texto: JUAN PUCHADES.

En un país tan profundamente laico como Francia, también se profesa veneración a los dioses, pero a los paganos, a los de la literatura, la escena, la pantalla o la canción. Quizá en ello residiera el secreto de la permanencia durante décadas de Johnny Hallyday como figura indiscutible. Como un icono de dimensiones abrumadoras, propias de un dios y tan ajenas a la música popular, al rock en particular, comparado con lo que sucede en España con nuestras estrellas, que podrán brillar pero jamás alcanzarán consensos y respetos unánimes (pero de un país al que muchos le cuesta llamarlo por su nombre, qué podemos esperar).

No me apetece consultar la prensa francesa para ver cómo tratan su muerte (habrá que ver con qué portada impactante se descuelga “Liberation”) y además tampoco apetece vomitar datos sobre su carrera. Solo recordar que Johnny Hallyday (léase “yoní alidé”) grabó por vez primera en 1960, antes que los Beatles y los Stones, por tanto. Dos años después de que en Italia lo hubiera hecho Adriano Celentano y el mismo que en España Bruno Lomas, al frente de Los Milos, entrara en un estudio a registrar sus primeros temas. Celentano, Hallyday y Lomas, los tres pioneros (tres pilares) del rock and roll europeo continental (Miguel Ríos grabaría en 1962). Tres rockeros, tres países y tres circunstancias distintas.

A quien la suerte no le acompañaría sería al valenciano: su carrera se eclipsó temprano y murió demasiado joven. Aunque en sus giras primerizas por Francia hizo buenas migas con Hallyday e incluso actuó en la fiesta que anunció su noviazgo con Silvie Vartan (eran los novios de la joven y moderna Francia), y Johnny se acercó hasta Valencia para actuar durante unas Fallas (¿en el Pabellón del Twist? Probablemente). Por su parte, Celentano es una especie de semidios a la italiana, respetado pero lo justo. Un poco, por entendernos, con el respeto que le tienes a quien va en chancletas y enfundado en bermudas floreadas: sigue en activo y ha pasado por todos los estados musicales imaginables (incluyendo cinematográficos y televisivos), entre la emoción a flor de piel (canta como quiere) y la astracanada desternillante. Al contrario que Johnny (y Bruno), su permeabilidad fue absoluta. Mientras, Johnny siempre transitó por el rock, solo coqueteó con el yeyé, pero sin dejar de ser él mismo, se subió al carro del soul (¡grabó ‘Black is black’!; ‘Noir c’est noir’, de 1966), pisó el acelerador… pero Elvis y Gene Vincent siempre iluminaron su camino. Aunque, cierto, el sentido de la elegancia en el vestir de los tres fue bastante dudoso. Cosas que pasan.

Vendía cifras de discos brutales y sus giras eran paseos triunfales desde prácticamente los inicios de su carrera, lo que le permitía grabar con los mejores en cualquier rincón del mundo, con especial predilección por los estudios estadounidenses. En los últimos años se miró más en el espejo de Johnny Cash, un Johnny Cash eléctrico, sobrio pero no el de las crudas sesiones finales con Rick Rubin. Aunque, ay, en escena tenía que recurrir a la colección de clásicos, esos que han traspasado generaciones y que en directo reunían a abuelos, padres, hijos y nietos asistiendo a conciertos que eran Francia misma en vivo y en directo. Ni los complicados años ochenta y el subidón espectacular de un imparable Bernard Lavilliers (que con lúcida rapidez prefirió levantar el pie del pedal y mantener un perfil más libre) lograron que la estrella de Johnny perdiera brillo.

En España, claro, si la mitología nos la pasamos por el forro con nuestros propios artistas, ¡como para venerar a franceses! Pero hubo un tiempo en que los discos de Johnny, allá por los años sesenta y la primera mitad de los setenta, como los de tantos otros artistas galos (e italianos y portugueses), se editaban con regularidad y su nombre era de sobra conocido. Ni que decir del impacto, siendo niño, de llegar a Francia para visitar a la familia y darte de bruces con su dimensión colosal. Solo unos cuantos dementes, con el tiempo, le seguíamos la pista (en Efe Eme, dábamos siempre cuenta de su actualidad, casi como un acto de fe. Como hacemos con todo lo relacionado con Celentano, o con Mina, que un respeto para todos ellos, oiga, que no solo de música anglosajona vive el buen aficionado), comprábamos sus discos o intercambiábamos datos. Pero Johnny no nos olvidó, y le dolía la espina de ese país vecino que conocía bien desde la juventud, así que no dudó en cantar en castellano (como ya hiciera en los años sesenta), en un dúo con Loquillo para su disco “Balmoral”, en la canción ‘Cruzando el paraíso’. Pero todavía, en aquel 2008, hubo otra colaboración más entre ambos, de nuevo en castellano, todo un honor para el Loco, admirador sin fisuras de Hallyday: ‘Cerbatana’ (‘Sarbacane’, del elepé de Hallyday “Le cœur d’un homme”).

Hace un par de días, ordenando singles en vinilo, tropecé con un epé (de aquellos de cuatro canciones) autografiado por Johnny Hallyday que Loquillo me trajo de regalo de aquellos encuentros: una joya. Y yo, que jamás le pido a nadie que me firme discos, me deleité un rato observando la firma del maestro. Del Dios de Francia. Hoy me despierto con su muerte. Pero los dioses, como sabemos, nunca mueren.

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