Joaquín Sabina y sus “malas compañías”

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Julio Valdeón recoge doce brillantes canciones de la factoría de Joaquín Sabina a medias con otros músicos, como Hilario Camacho, Álvaro Urquijo o Ariel Rot. Con este listado, seguimos celebrando la segunda edición de “Sabina. Sol y sombra”, del propio Valdeón.

 

Selección y texto: JULIO VALDEÓN.

 

“Casa Sabina”: así bautizó Diego A. Manrique el laboratorio musical en el que Joaquín Sabina trabajó durante años. Un espacio plural e imaginario por el que han desfilado muchos de los grandes músicos de nuestro tiempo. De la grandeza de estas colaboraciones da cuenta, como viene siendo habitual en esta serie, la magnitud de todo lo que por falta de espacio no podemos reseñar. A saber, canciones tan magníficas como ‘Rebajas de enero’ (con Javi Martínez), ‘Hay mujeres’ (con Ricardo Solfa), ‘Más de cien mentiras’ (con Jaime Asúa), ‘Embustera’ (con Rubén Pozo), etc… Y eso por no hablar del espectacular y spectoriano “Enemigos íntimos” junto a Fito Páez (‘Llueve sobre mojado’, ‘Si volvieran los dragones’, ‘La canción de los (buenos) borrachos’, etc.).

 

1. ‘Pongamos que hablo de Madrid’ (“Malas compañías”, Epic Records, 1980).
“Malas compañías”, que Sabina juzga su primer disco, trae al menos dos clásicos. La icónica ‘Calle melancolía’, obra suya en letra y música, y esta formidable colaboración con el guitarrista Antonio Sánchez. Camarero en el bar malagueño donde Joaquín actuó varias veces junto a Juan Antonio Muriel, Sánchez acabó alojado en el piso de Sabina en Tabernillas y fue su guitarrista durante el periodo pre Ramillete de Virtudes & Viceversa. Aquí pone la partitura y Sabina la letra. El himno agridulce de «esta ciudad invivible pero insustituible».

 

 

2. ‘Negra noche’ (“Ruleta rusa”, CBS, 1984).
Un trueno a medias con otro cantautor cómplice, Hilario Camacho. Hay otros Madrid nocturnos. Alejados del Rock-Ola, los pelos de colores y el bote de Colón. Un Madrid con ojeras, en bares de extrarradio y discotecas chungas, que encuentra en Sabina a un cronista afilado. La madrugada como búsqueda, la sed de emociones y ese amanecer que nunca llega para una canción tristemente olvidada.

 

 

3. ‘Que se llama soledad’ (“Hotel, dulce hotel”, BMG- Ariola, 1987).
Javi Martínez, bajista de Viceversa, engalana con sobrias hechuras de balada rompecorazones una de las canciones supremas de “Hotel, dulce hotel”, el disco con el que Sabina asciende a la primera división comercial en España. Hablamos de canciones así cuando lamentamos la falta de ganas sabineras por explorar en directo su abrumador canon.

 

 

4. ‘Por el bulevar de los sueños rotos’ (“Esta boca es mía”, BMG-Ariola, 1994).
Segunda colaboración con los hermanos Urquijo, en este caso Álvaro, que llegó al estudio con una melodía gozosa donde combina lo mexicano y las esencias country rock de los Byrds y Gram Parsons. El único autor español capaz de hablar con sentido del México de Frida, Diego Rivera, Trosky José Alfredo y, por supuesto, Chavela, une sus poderes a un Álvaro Urquijo enrrachado. Quién pudiera reír como llora Chavela, carajo…

 

 

5. ‘Ruido’ (“Esta boca es mía”, BMG-Ariola, 1994)
La legendaria “rumba con smoking”, en palabras de Sabina, que no paró de darle vueltas a la sublime melodía de Pancho Varona y a la letra primigenia de Pedro Guerra. Si J.J. Cale hubiera tocado en Casa Patas, o si Peret hubiera grabado en Tucson, quizá habrían facturado una joya parecida. Rara y hermosa. Bellísima.

 

 

6. ‘Viridiana’ (“Yo, mí, me, contigo”, BMG-Ariola, 1996).
Los Rodríguez postergaron durante un año su disolución solo por disfrutar del privilegio de irse de gira con Sabina. Fue su canto del cisne. Antes hubo tiempo para que Andrés Calamaro pusiera música a una letra de Joaquín (‘Todavía una canción de amor’) y para que Ariel Rot musicara dos letras del jienense (‘Viridiana’ y ‘Jugar por jugar’). Grabado junto a Los Rodríguez, este híbrido tex mex, entre Buñuel y el “México la nuit”, tumba de puro huracanado.

 

 

7. ‘Tan joven y tan viejo’ (“Yo, mí, me, contigo”, BMG-Ariola, 1996).
Carlos Varela firma la partitura de este autorretrato sin retoques con el que Sabina cerraba “Yo, mí, me, contigo”. Primera de las canciones en las que el autor contempla su pasado, ejerce como bisagra para composiciones futuras como ‘Peces de ciudad’. La ironía y la falta de solemnidad anulan cualquier tentación nostálgica. Ya saben, me duermo en los entierros de mi generación…

 

 

8. ‘Una canción para la Magdalena’ (“19 días y 500 noches”, BMG-Ariola, 1999).
La letra que odiarán quienes opinan que Lou Reed es homófobo (y Carlos Gardel no digamos), más una sublime partitura de Pablo Milanés, da como resultado una de las canciones más emocionantes e incorrectas del gigantesco “19 días y 500 noches”.

 

 

9. ‘Yo también sé jugarme la boca’ (“Dímelo en la calle”, Ariola, 2002).
De lo mejor del irregular “Dímelo en la calle”. Caco Senante pone la música y uno no puede sino imaginar cuánto habría ganado ese disco de haber tachado varios de sus temas menores y de incluir, a cambio, las otras dos joyas que en esos días Sabina firmó a medias con el cantautor canario, ‘Mil maneras’ y ‘Si no fueras tan’. Lástima.

 

 

10. ‘Paisanaje’ (“Alivio de luto”, Sony BMG, 2005).
Primera ocasión en la que Sabina pasa de la rumba con mayúsculas a la “rumbita”. Pero tranquilos. Estamos lejos del naufragio de ‘Churumbelas': los arreglos corren a cuenta de Paco Ortega, leyenda del flamenco más vanguardista, y que ha trabajado y compuesto para los más grandes, de Camarón a Pata Negra.

 

 

11. ‘Quién más quién menos’ (“Lo niego todo”, Sony, 2017).
Leiva luce su dominio del rock and roll clásico en esta balada fronteriza, a caballo entre el desierto de Sonora, las enseñanzas del Ry Cooder y Tirso de Molina. De lo mejor del brillante e irregular “Lo niego todo”, con la stoniana ‘Quién más quién menos’ (piensen en “Sticky fingers”) Sabina confiesa que ha vivido mientras otea el futuro con la justificada chulería del superviviente.

 

 

12. ‘Canción de primavera’ (“Lo niego todo”, Sony, 2017).
De nuevo junto al nunca suficientememte reivindicado Pablo Milanés para entregar un intenso medio tiempo iridiscente alrededor del paso del tiempo, la juventud que se fue y la terca vejez que ya está ahí. Solo lo afea ese «par de dry martínez» que, francamente, maldita la gracia.

 

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