“I should coco” (1995), de Supergrass

Autor:

OPERACIÓN RESCATE

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“En 1995, lo suyo era el punk más desenfadado y pop y algunos ramalazos del glam más gamberro, sencillo y callejero”

 

Fernando Ballesteros nos transporta hasta 1995, tiempos del reinado britpop, para recordar el celebrado debut de Supergrass, “I should coco”. Un disco desenfadado, sencillo y callejero con el que se abrieron hueco.

 

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Supergrass
“I should coco”
PARLOPHONE, 1995

 

Texto: FERNANDO BALLESTEROS.

 

Mayo de 1995. Inglaterra vive inmersa en plena locura por el britpop y sus dos máximos exponentes, Oasis y Blur, libran una guerra sin cuartel por enarbolar su bandera. Otros grupos, como Pulp, viven momentos clave en su carrera y a todos los terminan metiendo en el mismo saco. Ese era el panorama cuando se puso a la venta “I should coco”, el primer elepé de un trío que, apenas cumplida la mayoría de edad, facturaba canciones cargadas de melodía, gusto por los estribillos de efectos inmediatos y rabia controlada. El debut de Supergrass.

Con los dos pesos pesados del britpop compartían, entre otras cosas, su debilidad por los referentes casi exclusivamente británicos y su tendencia a colocar el retrovisor para actualizar los logros del pasado. Aunque no los mismos, ni de la misma década. Mientras los hermanos Gallagher se dedicaron a pescar en el caladero Beatles, que es como ir a robar al Banco de Inglaterra, los Supergrass apuntaron a los Buzzcocks y otros nombres del punk y la new wave, más modestos y menos vigilados en comparación con el grupo más grande de la historia, pero igualmente aprovechables para “tomar prestada” una parte importante de su legado.

 

 

Ahora que recuerdo, ya que estamos inmersos en esto de las etiquetas, ¿no metió la siempre ocurrente prensa británica a Supergrass en “la nueva ola de la nueva ola”? Sea como fuere, el trío de Oxford rebosaba energía en disparos de tres minutos y antes de su primer disco largo ya habían avisado. A pocos les sorprendió que “I should coco” llegara al número uno en las listas inglesas. Apenas unos meses antes, en el verano del 1994, su primer sencillo ‘Caught by the fuzz’ ya les había llevado a las portadas y a ser reconocidos por “Melody Maker” y “NME” —cada vez hablamos de más cosas que no existen— como autores del single de la semana. En 1995, lo suyo era el punk más desenfadado y pop y algunos ramalazos del glam más gamberro, sencillo y callejero. La receta estaba clara.

Aquel single aparecía también en un álbum que se abría con ‘I’d like to know’, una buena muestra de lo que eran capaces Gaz, Danny y Mick, tres tíos que transmitían frescura y ganas de pasarlo bien y hacerlo pasar aún mejor a los demás. ‘Mansize rooster’, otro de los singles, no se apartaba demasiado del camino trazado desde el inicio, algo que sí hacía ‘Alright’, irresistible himno a la sencillez pop con vocación de clásico, que les granjeó cierta repercusión incluso en el mercado español. Eran jóvenes, eran libres y estaban bien, muy bien.

 

 

‘Lose it’ vuelve a reavivar la marcha mientras sus coros agudos se te clavan en el cerebro, y ‘Lenny’ es la antesala de ‘Strange ones’, con un cambio de ritmo que desemboca en un estribillo acelerado que se convierte en otra de las cumbres del disco.

No hay que engañarse: el trío iba casi a piñón fijo, con descaro y las ideas claras. Apenas los aires más reposados de ‘Time’ vuelven a apuntar más al clasicismo pop antes de que en los seis minutos de ‘Sofa (of my lethargy)’ nos muestren su cara más expansiva, con guiños a la psicodelia y el fantasma de irse por las ramas que destierra el epílogo acústico y precioso de ‘Time to go’. En todo caso, ambas son buenas muestras de vías que el grupo exploraría en obras posteriores.

 

 

Aquella efervescencia juvenil dio para otro para otro par de asaltos en formato elepé, marcados asimismo por la sencillez y los trallazos que dominaban este disco. Una obra que en 2015, con el grupo separado y coincidiendo con su vigésimo aniversario, vio lal uz en formato Deluxe, lo que sirvió para comprobar la plena vigencia de aquella propuesta.

Para la ocasión, Parlophone Records puso en la calle las trece canciones de “I should coco” remasterizadas, acompañadas de un segundo disco con las caras b de los singles, demos, tomas alternativas y algún inédito como ‘Stone free’. Y aunque hay en el segundo cedé golosinas más que disfrutables, la clave se encuentra en el tercer disco, que recoge dos conciertos del grupo: uno en 1995, en La Route Du Rock, en Saint Malo, (Francia) y en 1994 en Bath Mole, cuando aún no había sido editado el disco.

Tanto en la actuación francesa, cuando el álbum apenas contaba con tres meses de vida en el mercado, como en la de octubre de 1994, Supergrass se muestran en escena como lo que eran y lo que supieron plasmar en su debut: un grupo de una juventud insultante ejerciendo de ello las veinticuatro horas del día. Fueron dieciocho meses de una actividad incansable con apariciones en festivales como T in the Park o Glastonbury, y giras como cabezas de cartel con las que se ganaron la fama de gran grupo en directo. Entre manos, por si no ha quedado ya claro, tenían un artefacto de gran potencial festivo: “I should coco”.

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