“Han Solo: Una historia de Star Wars”, de Ron Howard

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CINE

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“Cuando la propia película se cimenta en expectativas como estas, las comparaciones resultan inevitables y, como siempre, odiosas”

 

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“Han Solo: Una historia de Star Wars”
Ron Howard, 2018

 

Texto: ELISA HERNÁNDEZ.

 

Gran parte de la producción cinematográfica hollywoodiense contemporánea se basa en el conocimiento previo del espectador de lo que va a ser contado, en el hecho de que se va a ofrecer en pantalla no un mundo completamente novedoso, sino la mera ampliación de un universo ya reconocido. Quizás sea que no solo Hollywood prefiere no arriesgarse y pisar sobre un suelo que sabe sólido, sino que también un espectador sometido a la precariedad y ansiedad en su vida diaria necesita precisamente la seguridad que implica enfrentarse a personajes y reglas diegéticas ya conocidas. La industria no puede sino subirse al carro y continuar explotando estas gallinas de los huevos de oro hasta la extenuación.

La precuela dedicada a la juventud de Han Solo, interpretado de manera icónica por Harrison Ford y aquí rejuvenecido en la piel de Alden Ehrenreich, es un nuevo ejemplo de que jugar sobre seguro no tiene por qué ser la mejor apuesta. La historia narrada se construye en torno al origen de las características que nos han permitido convertir al personaje en un mito de la cultura popular, desde su amistad con Chewbacca hasta su sublime manejo del Halcón milenario, pasando por un descaro y cinismo encantador e inimitable. Es precisamente este altísimo listón lo que limita las enormes posibilidades de un relato como este, haciendo que el actor protagonista no termine de encajar y se balancee continuamente entre lo forzado y lo acertado (aunque bien es posible que el problema se encuentre en realidad en el escrutinador ojo de la audiencia). Si la entendemos como obra independiente, “Han Solo” es divertida y cuenta con estupendos secundarios (Donald Glover hace oro de todo lo que toca y su relación con el droide L3-37 es uno de los grandes aciertos del filme), pero cuando la propia película se cimenta en expectativas como estas, las comparaciones resultan inevitables y, como siempre, odiosas. Con historias sobre los orígenes de personajes ya consolidados, no puede uno sino pensar si no sería mejor mantener el misterio y jugar con esa ambigüedad en lugar de cerrar las posibilidades de esta manera.

En cualquier caso, ante los dispares ejemplos que se nos ofrecen desde diferentes sagas y franquicias, no queda sino preguntarse cuánta vida útil le queda a la consigna “más vale malo conocido que bueno por conocer” como estrategia industrial a Hollywood y, por supuesto, reflexionar sobre qué es lo que todos estos éxitos de taquilla nos descubren sobre nosotros, los espectadores que los esperamos con ansia.

Anterior crítica de cine: “Caras y lugares”, de Agnès Varda y JR.

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