Francisco Nixon y aquellos maravillosos 70

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Creo que el gran pecado de mi generación fue renegar de nuestra propia tradición, sin ella no se puede seguir creando. Las ideas no nacen del vacío, hay un pasado y hay que metabolizar lo anterior para poder seguir”

 

Lejos de sus inicios en Australian Blonde y su continuación en La Costa Brava, Francisco Nixon sigue caminando en solitario acercándose a sonidos de hace cuatro décadas. Sara Morales charla con él.

 

 

Texto: SARA MORALES. Fotos: SILVIA VARELA

 

 

De aires despreocupados, pero con la sabiduría que otorga la experiencia, y un sentido del humor que atrapa. De discurso coherente y rápido, cargado de anécdotas y batallas, fruto de toda una vida en la música. Con Australian Blonde descubrió su cara y su cruz. Con La Costa Brava se asentó y conoció de cerca la lealtad. Ahora, superados los 40, tiene claro quién es, lo que busca y, sobre todo, lo que no le interesa.

Hoy mismo ve la luz su tercer disco en solitario, si no contamos el último publicado en 2011 junto a The New Raemon y Richi Vicente. Se llama “Lo malo que nos pasa” y con él Nixon vuelve a convertirse en cronista de un metarealismo que, en ocasiones, roza lo absurdo y lo inverosímil para después convertirlo en canciones. Un trabajo redondo con el que reivindica una década musicalmente olvidada en España, pero de la que él ha sabido rescatar un filón con encanto. Entre recuerdos y cervezas desde una terraza en Malasaña, me arrastra hasta unos sonidos que hacía mucho que no escuchábamos por estos lares pero que, sin embargo, amigos, todos tenemos registrados en nuestra memoria.

 

¿Has sentido vértigo o miedo al retomar este camino en solitario seis años después?
Siempre piensas qué le parecerá al público, pero yo estoy contento con el disco. Vamos a ver qué receptividad tiene.

 

Según cuentas, está compuesto por canciones que has ido escribiendo estos últimos años. ¿Qué te ha llevado a rescatarlas del cajón?
Son canciones que he ido trabajando poco a poco. Mi método de trabajo es por decantación: voy escribiendo y voy seleccionando, y eso implica horas y horas. Una canción no es genial desde el minuto cero, se convierte en genial cuando ha pasado por un molinillo de café y has tenido que pegarte con ella.

 

Cuando comienzas a dar forma a “Lo malo que nos pasa” con esos temas ya escritos, ¿has acabado retocándolos o los has respetado tal cual estaban?
Algunas han sufrido cambios y otras no. La grabación es el momento de la verdad y es cuando empiezas a tomar decisiones. Por ejemplo ‘La vidente’, que va sobre una chica a la que le dejó el novio y empezó a dejarse trescientos euros al mes en el Tarot, era una canción típica de folk rock. Pero empecé a meterle sintes, otro tipo de batería… y al final tiene un rollo muy ‘Every kind of people’ de Robert Palmer.

 

¿Qué es “Lo malo que nos pasa”?
La frase completa es: “Lo malo que nos pasa es por salir de casa”. Es una frase que siempre dice Richi Vicente, pero con el tiempo David Trueba me descubrió que era una frase de Pascal. Fueron unos días en los que estuve metido con él en la grabación de un documental sobre gente que hace cosas artesanales en un entorno digital, como la fabricación de discos en vinilo. Y cuando escuchó el disco me dijo rápidamente que debía llamarse “Lo malo que nos pasa”. Así que, como ya fueron bastantes casualidades, así se llamó. En un principio el nombre era “No me puedo creer que seáis mis amigos”.

 

El epicentro de este trabajo es, sin duda, la gran influencia del sonido Costa Fleming que hay en él. ¿Por qué ese afán por recuperar aquellos años setenta españoles?
Yo le di estas directrices a Nahúm García, mi productor. Tuve muy claro desde el principio que quería hacer otros ritmos diferentes al pop, folk o la canción de cantautor que venía haciendo. Quería que este disco estuviera envuelto de este sonido, que atiende a la música de baile que se hacía en España a principios los años setenta. Arreglos orquestales, sección de vientos y procesos industriales que se utilizaban entonces y que nadie había vuelto a recuperar. En aquel tiempo hacer un disco era como hacer una película, estaban involucrados un montón de profesionales, no había miedo de mezclar estilos… Y yo he querido homenajear aquella escena.

 

¿No eres entonces de los que se avergüenza del ‘Made in Spain’?
En su día me avergonzaba. En los años de Australian Blonde había una especie de revuelta estética contra lo que sonaba en la radio. Era la decadencia de los grupos de los ochenta y llegaba una música muy procesada enfocada para el gran público, reduciéndose las pretensiones artísticas de cualquier banda. Creo que el gran pecado de mi generación fue renegar de nuestra propia tradición, sin ella no se puede seguir creando. Las ideas no nacen del vacío, hay un pasado y hay que metabolizar lo anterior para poder seguir. De hecho, esa tradición es la que hoy le da sentido a un artista y su propuesta.

 

Veo que también hay cierto componente de romanticismo en todo esto.
De romanticismo y de reivindicación. Estoy enamorado de los setenta. Esta música es la que varias generaciones, entre las que me encuentro, escuchábamos cuando solo había dos canales en la televisión. Recuerdo programas tipo “Aplauso” o “300 millones” donde salía la folclórica, luego el grupo moderno, luego el baladista… Estabas expuesto a muchos géneros diferentes y eso también se reflejaba en los discos. Se está perdiendo la memoria común, la memoria compartida.

 

Y en esa búsqueda de la memoria colectiva que venimos hablando se encuentra también el sonido típico de las sintonías de series de los setenta y ochenta. Escuchando ‘Siempre es el cumpleaños de alguien’ o ‘Animador de crucero’ te remontas al salón de tu casa cuando eras pequeño, con tu bocata dispuesto a ver “Vacaciones en el mar”. ¿Intencionado?
Sí, sí, totalmente intencionado. Ese estilo de música se llama yacht pop, yacht rock (rock de yate). Es un estilo que empezó a desarrollarse en la Costa Oeste a principios de los setenta, era una especie de soft rock y antecesor del AOR (variante del rock clásico) que se ponía mucho en la radio americana. Hay un recopilatorio que se llama “Too slow to disco” que me ha influido bastante a la hora de trabajar este disco.

 

Hablas de un toque de sofisticación en “Lo malo que nos pasa”. ¿Te refieres con ello a la cantidad de instrumentos que encontramos en él?
El saxofón es un poco la estrella. He querido rescatarlo después de que acabara un poco denostado hace años. Mi idea, ya sabes, ha sido recuperar cosas que no estaba haciendo nadie. Ahora mismo no hay nadie reivindicando esto en España, quizás por la complejidad que tiene este sonido a la hora de los arreglos. Me viene a la cabeza Guillermo, de Wild Honey, pero no te sabría decir más, porque los grupos que miran hacia atrás suelen centrarse en los años sesenta.

 

¿Te inquieta poder calcar en el directo todas estas capas de flauta travesera, saxo o trompeta, tan presentes en el disco?
No vamos a poder hacerlo exactamente igual, pero las canciones funcionan. Ana Naranjo (Linda Mirada) me ayudará con los teclados y coros, mi productor Nahúm García irá con el bajo –también es complicado recrear esos bajos un poco funkys– , a la batería está Enrique Moreno de La Costa Brava con el que he venido trabajando últimamente, y Ricardo Vicente, que ya es colaborador habitual.

 

¿Cuándo arranca entonces la gira de presentación?
Mi idea es hacer solamente un par de conciertos de presentación: 7 de Mayo en la sala El Sol de Madrid y el 6 de Junio en la sala BeCool de Barcelona. Y si todo va bien para otoño montaremos la gira.

 

El giro instrumental con este trabajo ha quedado claro. Pero a nivel temático, ¿lo cotidiano sigue siendo tu predilección, no?
Bueno, a nivel de sonido hay temas que continúan la línea de lo que venía haciendo hasta ahora, como ‘Vacaciones en Grecia’. Y en cuanto a la temática, canto sobre las cosas que me cuentan y las cosas que me pasan. Lo primero para mí es tener un título y así empezar a escribir y centrar la idea.

 

Pues ya puestos, me gustaría saber qué anécdota se esconde tras la curiosa ‘Chicos bajos, chicas altas’…
Fuimos a un concierto de Linda Mirada en la sala Juglar, y me encontré con una amiga que venía con un diente roto. Me estuvo contando que se le había roto dando un beso a un chico [risas]. Me hizo tanta gracia que tenía que escribir sobre ello. Cambié su nombre claro, no puse el suyo [risas]. También añado dosis de sentido del humor para poner distancia con el público y protegerme un poco. Para hacer cosas chulas tienes que correr el riesgo de hacer el ridículo.

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Mi preferida es ‘Capitán negrito’, que narra una situación algo más habitual: estar escuchando una canción, acordarte de alguien y necesitar decírselo. ¿A quién tenías tú en la cabeza?
Esa canción está dedicada a Sergio Algora, cantante de La Costa Brava que murió en 2008. Era un gran amigo mío. Él vivía en Zaragoza y yo en Gijón, pero hablábamos todos los días por teléfono, nos contábamos cualquier cosa. Escuchaba una canción buena y le llamaba, me pasaba cualquier cosa y le llamaba… Y ahora, alguna vez, me ha pasado que me ocurre algo, he pensado en que tenía que llamar a Sergio para contárselo y claro… ya nada.

 

¿Le sigues echando mucho de menos, no?
Sí, era una persona que lo llenaba todo, tenía un magnetismo especial. Veníamos los dos de un pasado muy parecido, tanto a nivel personal como profesional, y hubo mucha compenetración, encajábamos bien.

 

Durísimo. Afortunadamente –o no–, los que seguimos debemos continuar pensando en el futuro, ¿cómo ves el tuyo?
Una de las cosas que más me quita el sueño es el miedo a envejecer en la música. No me veo cumpliendo años encima de un escenario, me resulta muy duro viajar, no tener raíces. Salir a tocar implica muchas cosas, la vida de la carretera no es fácil. Además, toca estar defendiendo canciones que hiciste con 20 o 30 años y no me veo haciéndolo con 50. Tampoco me veo con la fuerza de estar constantemente haciendo nuevos discos y que todos estén en un primer nivel. La vida del artista es un poco como la de los atletas.

 

Vamos, que no te ves tocando ‘Erasmus borrachas’ con 60 años…
Pero no tanto por falta de capacidad, si no porque cambia el contexto y ya no puedes estar a la cabeza. Empiezan a pasar otras cosas con las que ya no conectas; el mundo ha cambiado y tú sigues estando en el mismo sitio. Yo soy muy fan de Paul McCartney y, gustándome toda su obra, te das cuenta que sus mejores canciones pertenecen a una época concreta. Él ya no podía estar diciendo cosas de los sesenta a la gente de los ochenta. El mundo había cambiado.

 

¿Hablamos entonces de saber mantener la dignidad?
Yo quiero estar convencido de lo que hago, a gusto conmigo mismo, y es complicado estar reinventándose constantemente. Yo siempre he cantado desde la verdad, y respeto a los músicos que con 60 años siguen tocando temas que hicieron con 20; de hecho yo sigo tocando el ‘Chup chup’ porque es inevitable, pero no me siento identificado con él, ni siquiera es el tipo de música que escucho ahora. En el momento que no me lo crea, lo dejaré.

 

¿Con este disco buscas sorprender al público o fidelizarlo?
Busco fidelizar. Ahora mismo lo que quiero es conservar al público que tengo, sobre todo cimentar mi prestigio como músico. Creo que, a estas alturas, captar un público nuevo está fuera de mi alcance.

 

¿Y qué hacemos con esas personas que escuchen a Francisco Nixon por primera vez con este álbum?
Espero que les guste. No es un disco difícil, al revés. Aunque se sale un poco de la línea que he llevado siempre en solitario, es un disco que también me representa, por lo que te comentaba antes de que está plagado de mis recuerdos infantiles y los de muchos.

 

Cambiando un poco de tercio, el año pasado publicabas tu primer libro, “Aprendiz de Kung-Fú”. ¿Para cuándo el siguiente?
Antes de publicar este libro dentro de la colección “Mis documentos”, de Álex Cooper, una editorial independiente de Zaragoza me hizo un encargo pidiéndome que escribiera sobre lo que quisiera. Así que estoy escribiendo un libro sobre La Costa Brava, quiero contar la historia del grupo, esa segunda oportunidad tras Australian Blonde, la amistad entre Sergio y yo… Ya tengo varias páginas y he encontrado el tono que quiero darle.

 

Pasados los años te sientes más identificado con La Costa Brava que con Australian Blonde, ¿verdad?
Sí, con La Costa Brava era más yo, creíamos mucho en lo que estábamos haciendo. La cosa es que con Australian Blonde no tuvimos ese proceso de aprendizaje que necesita un grupo. Era una banda que estaba pensada para tocar en Asturias ante cien personas, y de repente un día todo explotó y nos vimos metidos de lleno en la industria y toda esa parte fea de los negocios de la música. Aquello distorsionó mucho las cosas.

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