“El hombre que mató a Don Quijote”, de Terry Gilliam

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CINE

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“Un aburrido devenir de escenas desordenadas, pero también una brillante sucesión de secuencias alocadas”

 

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“El hombre que mató a Don Quijote”
Terry Gilliam, 2018

 

Texto: ELISA HERNÁNDEZ.

 

Terry Gilliam se interesó por primera vez en la adaptación a la gran pantalla del clásico de la literatura española (y universal) “Don Quijote de la Mancha” a finales de la década de 1980. El proyecto ha estado maldito desde entonces, pasando por numerosos problemas de diversa índole, desde la falta de financiación hasta la reciente disputa con un anterior productor que puso en peligro su proyección en Cannes, pasando por los problemas de salud de sucesivos protagonistas (la hernia de Jean Rochefort en el año 2000 y el cáncer que finalmente sería terminal de John Hurt en 2015), entre muchos otros. La existencia de esta película es por sí sola un hito de la historia del cine reciente.

El material original se ve transformado aquí en la historia de un director de anuncios, Toby (Adam Driver), que mientras rueda en España se reencuentra por casualidad con un filme que realizó mientras era estudiante titulado, apropiadamente, “El hombre que mató a Don Quijote”. Tras volver al pueblo donde se materializó esta obra, Toby se encuentra con que su producción transformó la vida de muchos de sus participantes, especialmente la del zapatero Javier (Jonathan Pryce), elegido como protagonista entonces y todavía hoy convencido de que es el mismísimo hidalgo don Quijote de la Mancha. Toby se ve obligado a seguir a don Quijote como su Sancho Panza, lo que les llevará a vivir una serie de aventuras y desventuras cada vez más alocadas, absurdas y carnavalescas. Los sueños, los flashbacks, los recuerdos, los símbolos, lo imaginado y lo real se combinan de modo deliberadamente confuso, creando así un hilo narrativo que más parece una tela de araña o una desordenada madeja.

Este es uno de los pocos casos en que afirmar que se trata de un filme caótico puede ser tanto un halago como una crítica. Los encuadres inclinados que tanto caracterizan el cine de Terry Gilliam son quizás el único leitmotiv en el enredo que es “El hombre que mató a Don Quijote”, el único anclaje de este sinsentido. Homenaje a la enajenación y lo incoherente, al poder de la imaginación y a la perpetuidad de algunos mitos, pero también honda reflexión autobiográfica sobre el peso de los grandes proyectos y los efectos que estos tienen en la salud de quien los lleva a cabo, esta película puede definirse como un aburrido devenir de escenas desordenadas, pero también como una brillante sucesión de secuencias alocadas. Para bien o para mal, ¿qué otra cosa se podía esperar de este proyecto?

Anterior crítica de cine: “Han Solo: Una historia de Star Wars”, de Ron Howard.

 

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