Diez discos imprescindibles de los años 90

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Tras un largo revival ochentero, quizá sea el momento de reavivar las ascuas de los 90 y revisar el catálogo musical que nos dejó esa década. Fernando Ballesteros contribuye a ello eligiendo diez álbumes clave.

 

Selección y texto: FERNANDO BALLESTEROS.

 

Ya no tengo claro si estamos viviendo un revival noventero o soy yo el que últimamente pasa mucho tiempo en esa década y sus sonidos. Aquí volvemos, con una nueva lista de los 90, esta de discos, y otra vez tenemos que comenzar explicando ausencias con el fin de evitar que alguien se lleva las manos en la cabeza y acaben las vestiduras rasgadas. “Nevermind”, el disco de Nirvana que cambió las reglas; “O.K Computer”, una obra magna de Radiohead y “Automatic for the people”, la mejor demostración de R.E.M. cómo salir airoso del terremoto del éxito, son bajas destacadas de esta lista. Tampoco aparecen aquí aquellos artistas o grupos que ya estuvieron representados en Las otras diez grandes canciones de los 90, de manera que Sugar y Teenage Fanclub también quedan excluidos. Tampoco están los Pixies, ni Jesus and Mary Chain, ni Jane’s Addiction, que firmaron grandes discos durante ese periodo —los de Farrell, por los pelos—, pero dieron lo mejor de sí mismos en los ochenta.

Cumpliendo todos los artículos de este reglamento autoimpuesto, y respetando la norma no menos arbitraria de incluir un álbum por año, esto es lo que nos queda.

 

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1. Neil Young: “Ragged glory” (Reprise Records, 1990).
Neil Young salió de la aciaga década de los ochenta por la puerta grande. Después de explorar terrenos en los que estuvo muy lejos de salir victorioso, el canadiense ya había dejado muestra en “Freedom” de que se avecinaban tiempos mejores. Y ya lo creo que si, porque “Ragged glory” es una maravilla de principio a fin con la que regresó a la excelencia. Lo hizo con un sonido robusto, acompañado de los Crazy Horse, bordando canciones en las que reinan las guitarras y las melodías que tanto influían, ya por aquel entonces, a jovencitos que no se iban a cansar de reivindicarle en el futuro.

‘Country home’, ‘Fuckin’ up’, los coros de ‘Mansion of the Hill’… es imposible encontarle fisuras a un disco sobresaliente que se ganaba por derecho propio meterse entre lo mejor de su autor. Han pasado casi tres décadas en las que ha seguido editando grandes discos y demostrando un estado de forma envidiable para todos sus compañeros de generación y “Ragged Glory” sigue estando entre mis cinco discos favoritos de Neil Young.  Palabras mayores.

 

 

2. My Bloody Valentine: “Loveless” (Creation, 1991).
El segundo disco de My Bloody Valentine es una obra maestra que va más allá de cualquier etiqueta y que pagó un alto precio: se llevó por delante parte de la salud mental de su líder, Kevin Shields, así como el futuro del grupo.

La génesis de este torrente de guitarras fue turbulenta y ha generado más de una leyenda. Como los
números bailan dependiendo de las fuentes, nos cubriremos las espaldas diciendo que en el proceso de grabación fueron despedidos más de quince ingenieros y que se utilizaron otros tantos estudios. Fueron dos años de grabación y unas cifras de gastos insostenibles para los estándares de la independencia.

Shields se empeñó en alcanzar la perfección al reproducir los sonidos que tenía en la cabeza, una empresa que no era sencilla. Alan Moulder, productor que trabajó en este disco, afirmó que el vocalista tenía una visión clara de lo que quería, pero que nunca se lo explicó a los demás. Acabáramos.

A los fans les mereció la pena la espera, pues el resultado fue un disco en el que las melodías se esconden entre capas y capas de guitarra y mucha distorsión que trata de inunarlo todo. Las melodías a veces se intuyen y otras veces reinan. Es entonces, en cortes como ‘When you sleep’ o ‘Sometimes’, cuando todo se torna más accesible. Sin embargo, al capo de Creation, Alan McGee, no le salió rentable la jugada. A pesar de las buenas críticas, los gastos superaron los ingresos y los problemas con Shields hicieron el resto para que tomara la decisión de rescindir el contrato. La continuación de “Loveless” tras la ruptura del grupo se convirtió en una leyenda finalmente resuelta en 2013 con la salida al mercado de su siguiente trabajo.

 

 

3. Sonic Youth: “Dirty” (DGC Records, 1992).
El segundo disco de Sonic Youth para el sello de David Geffen (el séptimo de su carrera) llegó en unas circunstancias muy especiales. Nirvana habían explotado en esa misma casa discográfica a la que habían llegado, precisamente, atendiendo a los consejos de los neoyorquinos, y el mundo parecía más preparado que nunca para digerir propuestas arriesgadas. ¿Sería el momento del éxito masivo para Kim Gordon y compañía? No tan rápido.

En cualquier caso, y con más de un alumno recogiendo los frutos, los maestros se presentaron con “Dirty”, un disco que se encuentra entre lo mejor de su producción. Con Butch Vig en los controles, los temas van más al grano que nunca y alcanzan una potencialidad comercial de lo apuntado en ‘Daydream nation’ y ‘Goo’. El primer single fue ‘100%’, con vídeo de apoyo realizado por Spike Jonze, el tema que abría un disco en el que Kim se desgañita con ganas en ‘Drunken butterfly’, ‘Swimsuit issue’ o la arrolladora ‘Orange rolls, angel’s spit’. Lee Ranaldo también tiene su momento al microfóno, pero es Moore el que pone voz a las canciones más “convencionales”. La carga política de ‘Chapel Hill’ o ‘Youth against fascism’ y el recuerdo a Marilyn de ‘Sugar Kane’ son buenas muestras de ese camino abierto.

A pesar de tener entre las manos una gran colección de canciones que les acercaba a un público mayoritario, Sonic Youth sabían que lo que había sucedido meses antes con Nirvana no se iba a reeditar en su historia de éxito gradual. De momento, estaba bien así.

 

 

4. Urge Overkill: “Saturation” (Geffen, 1993).
Un año antes de que la versión ‘Girl, you’ll be a woman soon’ de Neil Diamond que sonaba en “Pulp Fiction” les pusiera en boca de todos, Urge Overkill habían sacado un disco mayúsculo. Aunque tenían una carrera a sus espaldas, fue en “Saturation”, su cuarto elepé, donde depuraron la fórmula.

Lo tenían todo para triunfar, les sobraban las canciones, tenían carisma e imagen, aunque esta contrastase con lo que se estilaba en aquellos tiempos. El disco en cuestión era variado, muy variado, y bebía del rock de toda la vida para crear bazas ganadoras del calibre de ‘Sister Havana’, un single perfecto, o ‘Positive bleeding’ y su imbatible estribillo. Había más: ‘Back on me’, ‘Nite and grey’ y ‘The stalker’, en las que subían el pistón y las revoluciones, o ‘Dropout’, que se salía del guión pero no desentonaba. Todo encajaba a la perfección en el elepé.

El éxito vía Tarantino quizá lllegó algo tarde para que se tradujera en las ventas de este disco. El siguiente, “Exit the dragon”, les tendría que haber permitido recoger los réditos. Aunque hoy hablamos solo de “Saturation”, hay que recordar que no fue así. Aquel también era un gran álbum, pero la mezcla de falta de promoción, problemas personales y alguna que otra mala decisión hizo fracasar un disco que también podría estar en esta lista.

 

 

5. Jeff Buckley: “Grace” (Columbia Records, 1994).
El único disco que editó en vida Jeff Buckley. Otro gran icono de la década que se fue pronto, muy pronto. Eso si, nos dejó una obra para la eternidad: “Grace”. Y eso que a este disco tambień le costó ver la luz, ya que es fruto de unas sesiones de grabación casi interminables. La inquieta y dubitativa personalidad de Jeff le hacía experimentar, probar aquí y allá, pero no terminaba de decidirse. Al final, todo mereció la pena.

Cuando salió a la venta el disco, en agosto del 94, el mundo descubrió una voz que emocionaba. Lo hacía con unas letras nada sencillas, que distaban mucho de ser cantos al optimismo y que acompañaban a un sonido que, en fin, era capaz de ponerte un nudo en la garganta.

El enorme talento de Buckley no es que le diese un giro de tuerca al ‘Hallelujah’ de Leonard Cohen, es que le dotaba de una nueva vida. Una de las mejores versiones de la Historia de la Música. Entre sus composiciones destacan ‘Mojo pin’, a medias con Gary Lucas, ‘Grace’ o ‘Last goodbye’, tres piezas que dejan claro desde el comienzo que estamos ante algo sobresaliente, un artista único, citado mil veces tras su temprana desaparición y al que aún hoy, dos décadas después, cuesta encontrarle parangón.

He aquí diez canciones para un trabajo redondo. Ha habido reediciones más que recomendables, pero yo propongo que volvamos a escuchar a aquellas diez para volvernos a emocionar como la primera vez.

 

 

6. Rancid: “…And out come the wolves” (Epitaph, 1995).
Pongámonos en situación. En 1995 Green Day y Offspring ya han dado la campanada. Corren buenos tiempos para la cara más amable del punk. En ese contexto aparecía el tercer disco de Rancid, el grupo de dos ex Operation Ivi que ya con su nueva formación habían sacado dos buenos elepés, especialmente el segundo.

Fue con su tercer intento, “And out come the wolves”, con el que lograron alcanzar su punto álgido, no ya de ventas, que también, sino de inspiración. Estamos ante un trabajo magistral, más variado que sus predecesores y con un espíritu mucho más callejero que el que exhibían sus compañeros de generación. Contiene hits de los de corear con el puño en alto como ‘Roots radical’, cancioes que te hace recordar a los Clash, escuchen ‘Ruby Soho’ o incursiones ska como la de ‘Time bomb’. También pisan el acelerador, como habían hecho en sus primeros discos. Prueben, por ejemplo, con la inicial ‘Maxwell murder’. Pero en aquellos no habían escrito nada con el sabor a clásico y a rock de toda la vida de ‘Olympia, WA’.

Alegre máquina festiva en directo, como demostraron en el Festimad de 1996, los Rancid no han vuelto a alcanzar ni el éxito ni el nivel de “…And out come the wolves”, pero es que es muy difícil estar al nivel de aquel grupo en estado de gracia. Ellos ya lo hicieron.

 

 

7. Belle And Sebastian: “If you’re feeling sinister” (Jeepster Records, 1996).
Propulsados por un espíritu amateur que les hacía huir de los focos, a los chicos de Belle and Sebastian pronto les empezó a quedar claro que lo suyo iba a ir mucho más allá de una escena local para unos cuantos amigos. Su primer disco, “Tigermilk”, tuvo una tirada muy limitada, y muchos de sus fans les descubrieron con el segundo, “If you’re feeling siniester”, con el que se granjearon una sólida base de seguidores que, con el paso del tiempo, aún tendría que crecer.

Apenas daban conciertos ni se promocionaban, pero era tanta la inspiración contenida en los surcos de canciones como ‘Like Dylan in the movies’ o ‘Get me away from here, I’m dying’, que el éxito no tardaría en llamar a su puerta. Entre otras cosas, por la capacidad de su vocalista Stuart Murdoch para crear melodías mágicas y sus letras que, como las de Morrissey, llegan al corazón de una generación y de un determinado tipo de joven que adopta al grupo casi como propio y que ya no se podrá separar de canciones como ‘The stars of track and field’ o ‘Seeing other people’.

¿Parten de influencias de la década de los 60? Sí, pero van mucho más allá y poseen una personalidad mucho más arrolladora de lo que ellos mismos creían llevados por su timidez inicial. ¿Fue el segundo el mejor disco de Belle and Sebastian? Pues muy probablemente.

 

 

8. Spiritualized: “Ladies and gentlemen we are floating in space” (Dedicated, 1997).
Con Spacemen 3, Jason Pierce había estado “tomando drogas para hacer música para tomar drogas”, y en 1997, con Spiritualized, lo que hizo fue llevarnos a un lugar, apartado, en el que solo estábamos ellos y nosotros. Todo partió, precisamente, de quedarse solo. O de la ruptura que vivió con Kate Radlye. Ella se fue con Richard Ashcroft, el cantante de The Verbe, y él se aisló del martilleo de la prensa con esta obra. Y nos llevó con él.

Qué gran viaje. Un trayecto que es también una cura en la que habla de amor, como hace en ‘Stay with me’ y ‘Cool waves’. Aborda las drogas en profundidad en ‘I think I’m in love’, y todo comienza de forma lenta e hipnótica con la balada que da título al disco, que apenas nos pone sobre aviso de lo que va a llegar. ‘Come together’ muestra esa mezcla de góspel y rock tan del gusto de su autor, y ‘Electricity’ es un single perfecto y pone el contrapunto a la tormenta de ‘All of my thoughts’.

Por seguir ahondando en la temática del elepé, ‘Broken heart’ nos recuerda que se ha quedado solo, y ’The individual’ y ‘No god only religion’ son muestras de que permanece el espíritu más experimental de Jason. La guinda perfecta, excesiva y arrebatadora, la componen los diecisiete minutos de ‘Cop shoot cop’. Llegados a este punto, comenzamos a pensar en lo que ha ocurrido en la última hora, en los sesenta minutos de este viaje. Y ha sido mucho. Un diez.

 

 

9. Lucinda Williams: “Car wheels on a gravel road” (Mercury, 1998).
En la carrera de Lucinda Williams las cosas no fueron precisamente rápidas. Musicalmente dio sus primeros pasos antes de los ochenta, pero no fue hasta 1998 cuando dio el salto con este disco. Una de las cumbres del sonido de raíces americano de las últimas décadas.

“Car wheels on a gravel road” está repleto de grandísimas canciones, de derroches de sentimientos que es lo que son sus temas. Hay folk, hay blues, hay baladas dolientes, por supuesto, pero también espacio para el rock de piezas más euforizantes como la incontestable ‘Right in time’ y ese estribillo que doscientas veces después está muy lejos de cansar. Tampoco empachan, a pesar de las reiteradas escuchas, el clasicismo campestre de ‘Concrete and barbed wire’ ni la pegadiza ‘Metal firecracker’, y mucho menos el nervio rockero de ‘Joy’. Seamos claros: podría citar todos y cada uno de los temas del disco, pero prefiero que volvamos a escucharlos una vez más.

Con ‘Car wheels’, en la que aparecen la voz de la gran Emmylou Harris y la guitarra de Steve Earle, muchos aprendimos a apreciar el trabajo de una artista soberbia que nunca ha dejado de abrir el corazón ante el oyente y que nos ha entregado otros cuantos discos para el recuerdo. Y lo seguirá haciendo.

 

 

10. Wilco: “Summerteeth” (Reprise Records, 1999).
He estado pensando si incluir a Wilco en la lista o descartarlo. Tengo la impresión de que ya he hablado demasiado de ellos por aquí. Bueno, no es una impresión, es la realidad. Pero es imposible no rendirse ante un disco en el que Jeff Tweedy roza la perfección, borda el pop. Y aquí hay canciones como soles.

Es cierto que llegó entre medias de sus inicios orientados al sonido americana y la ruptura que supuso “Yankee Hotel Foxtrot”, y que eso le hacía correr el riesgo de convertirlo en un disco de transición. También es verdad que Tweedy no vivía un buen momento personal, pero prueben a escuchar una vez más las canciones de “Summerteeth”. Son irresistibles.

‘I’m always in love’, ‘Can’t stand it’, ‘A shot in the arm’… lo importante son las canciones, y ‘Summerteeth’ iba muy sobrado de ellas. Más Beatles que nunca, los Wilco vivirían momentos de mayor popularidad, pero no de mucha más inspiración que el de este disco.

 

 

Álbum a modo de bonus track: Cotton Mather, “Kontiki” (Copper Records, 1997).
Las tres mejores cosas que hicieron los hermanos Gallagher en su vida como miembros de Oasis fueron “Definitely maybe”, “What’s the story (morning glory)?” y llevarse de gira a Cotton Mather. Así, sus seguidores (los interesados en algo más que los de Manchester) descubrireon a este grupo de Texas que asoma al final de la lista.

En 1997, la banda liderada por Robert Harrison editó una obra maestra indiscutible de la que Noel y Liam hablaban sin parar. Bebían de las mismas fuentes que los hermanos ingleses, pero, déjenme que les diga que digerían mucho mejor que ellos el psicodélico menú. A día de hoy, tras un largo paréntesis, siguen grabando discos reseñables.

 

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