Diez debuts para olvidar

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Con el tiempo se convirtieron en celebridades, pero en su presentación al mundo demostraron estar bastante perdidos. Fernando Ballesteros reúne diez casos de bandas o solistas que debutaron débilmente, desde Thin Lizzy hasta Alice Cooper.

 

Texto: FERNANDO BALLESTEROS.

 

Frente al clásico “el disco está bien, pero me gusta más el primero” o la papeleta del “difícil segundo álbum” a la que se enfrentan muchos artistas tras el éxito de su debut, existe otra realidad: la de aquellos que se quedaron muy lejos de plasmar todo su potencial en su primer trabajo. A veces su carta de presentación al mundo se quedó a mucha distancia de la grandeza que alcanzó buena parte de su producción posterior. No eran malos discos —bueno, en realidad, alguno sí—, pero constituyen un buen ejemplo de lo que puede costar encontrar el camino. Al fin y al cabo, no todas las trayectorias pueden ser como la de Motorhead o AC/DC. Algunos tuvieron más dudas y se dedicaron en sus primeros pasos al formato ensayo y error. Aquí seleccionamos algunos casos.

 

1.Thin Lizzy: “Thin Lizzy” (Deram Records, 1971).
En 1971, Thin Lizzy todavía no era el grupo de Phil Lynott. Por aquel entonces, él era un chaval tímido al que le costaba enfrentarse al público y estaba muy lejos de convertirse en el Dios del escenario que terminó siendo. Cuando se puso a la venta el primer disco de los irlandeses, que despachó 2.499 copias, su líder era Eric Bell. Aquel debut pasó inadvertido y tuvo pocas y muy tibias críticas. Solo David Jensen pareció enamorarse de él y lo pinchó con frecuencia en Radio Luxemburgo.

“Thin Lizzy” era la obra de un grupo que no está seguro del camino que va a seguir y que pica de aquí y de allá, sin decidirse y muy lejos de la personalidad que les haría una banda única. En “Cowboy song”, la biografía autorizada de Phil Lynott publicada en España por EsPop, se puede leer que “los primeros tiempos de Thin Lizzy tratan de aunar la poética mítica de “Astral weeks” con el ambicioso toma y daca del rock progresivo”. Demasiado difuso para dar en la diana de buenas a primeras. Llegarían tiempos mejores.

 

 

2. Ministry: “With sympathy” (Arista Records, 1983).
¿La máquina de rock industrial que escupía “Jesus built my hot—rod” y firmaba discos atronadores como “Psalm 69” haciendo tecno—pop inofensivo? Sí, amigos: una década antes de aquel esplendor infernal, “With sympathy” estaba mucho más cerca de la utilización de los sintetizadores tan de moda en la primera mitad de los 80 que de los sonidos hardcore con los que muchos descubrimos a Ministry.

 

 

Con aquel primer disco tuvieron cierta repercusión comercial, a pesar de firmar un trabajo inicial capaz de hundir una carrera, como leí en una retrospectiva hace unos cuantos años. Al Jourgensen, que no siente ninguna simpatía por aquellas tempranas grabaciones, solía culpar a su sello, Arista. Decía que le presionaron para que la producción siguiera aquellos derroteros endebles. En alguna otra ocasión simplemente ha reconocido que cuando la música más extrema se cruzó en su camino, él cambió. Y lo hizo a mejor.

 

 

 

3. Elton John: “Empty sky” (DJM Records, 1969).
En 1970, el joven Elton John se daba a conocer con un disco homónimo que pronto comenzó a escalar en las listas. ‘Your song’ fue todo un éxito y muchos fans se rendían ante aquel debutante. Pero en esta historia hay algo que no es cierto, porque aquel no era su estreno.

Un año antes y ante la indiferencia general, había editado “Empty sky”, un disco que palidecía ante la ristra de trabajos con los que iba a deleitar a sus fieles en la década de los 70. Sobre lo que publicó décadas posteriores habría mucho que comentar, pero será en otra ocasión. Hoy nos detenemos en su debut, un disco del que John guarda muy buenos recuerdos, y el resto del mundo, en su mayoría, ni buenos ni malos, simplemente lo ha olvidado.

 

 

 

4. Pantera: “Metal magic” (Metal Magic Records, 1983).
Festival de Donnington, 1994: Pantera se dejan la piel en el escenario con una interpretación abrasiva de ‘Fuckin’ hostile’ que he visto unas cuantas decenas de veces, en la que Phil Anselmo aparece pletórico. Los norteamericanos habían puesto el metal —y no en su versión más amable, precisamente— en lo más alto de las listas. Se trata de uno de los grupos del momento.

 

 

No siempre fue así. Once años atrás apenas eran unos adolescentes. Vinnie Paul no había cumplido los veinte y Dimebag Darrell ni siquiera alcanzaba la mayoría de edad. El padre de ambos, Jerry Abbott, trataba de conducir a una banda en la que aún cantaba Terry Glaze. Aunque ahí ya anidaba el talento, era casi imposible pronosticar que asistiríamos a su triunfo masivo, y menos que llegaría abanderando un metal sin concesiones.

En sus primeros discos, y específicamente en su debut, “Metal magic”, Pantera hacían un glam—metal primo hermano del hair—metal que triunfó a lo grande, deudor de bandas como Kiss y Van Halen. No había ni rastro de la fuerza de la apisonadora que entregó discos como “Vulgar display of power” o “Far beyond driven”. Aún les faltaban años de experiencia, un cambio de estilo radical y la llegada de un carismático frontman como Phil Anselmo.

 

 

 

5. David Bowie: “David Bowie” (Deram Records, 1967).
Antes de triunfar, incluso de debutar como solista, David Bowie no dejó de buscar su sitio. Acabó consiguiéndolo, pero no nació con esa habilidad que luego desarrolló para encontrar siempre la dirección adecuada. No fue así en su primer lustro como artista.

Desde 1962 había puesto en marcha formaciones como The Manish Boys, The Buzz o The Riot Squad, además de planear un musical que comenzó a escribir y que, una vez desechado, daría paso a su puesta de largo como artista en solitario. Grabado entre el final del 66 y el comienzo del 67 con músicos de sesión y la producción de Mike Vernon, su debut homónimo de pop barroco y su indefinición cosechó un rotundo fracaso comercial. La teatralidad de Bowie nadaba a contracorriente, muy lejos del rock de la época. Aquellos fueron años erráticos.

Lejos como estaba de sus grandes obras, “David Bowie” fue reeditado en 1973 con singles y caras B, al calor del reconocimiento del que ya disfrutaba. Fue la segunda oportunidad para volver a escuchar los primeros intentos de un artista que terminaría siendo inmortal.

 

 

 

6. The Cult: “Dreamtime” (Beggars Banquet Records, 1984).
Para los que comenzamos a disfrutar con The Cult gracias a aquel torbellino de riffs hardrockeros que fue “Electric”, recorrer el camino anterior del grupo fue una experiencia impactante. Eran otros tiempos, había que ahorrar y comprar los discos o conseguir una cesión temporal para comprobar cómo sonaban sus dos primeros elepés. Sabíamos que existían, que se titulaban “Dreamtime” y “Love” y poco más. Se podía sospechar que los tiros iban en una dirección muy distinta. Algo habíamos leído, y aquellos compañeros de instituto de gustos siniestros que lucían camisetas suyas también aportaban alguna pista.

Una vez escuchado “Dreamtime”, comprobamos que ya tenía algo del rock fuerte de los Cult, pero no una sobredosis de guitarrazos deudores de AC/DC. Aquello tenía mucho más que ver con el post—punk y los sonidos góticos tan de la época. Había buenas canciones en el disco, como ‘Spiritwalker’ y ‘Horse nation’, y la voz de Astbury nos recordaba que eran los Cult, pero aquellos —y los de su segundo asalto— aún distaban mucho de la gloria rockera de “Sonic temple” o el mencionado “Electric”.

 

 

 

7. George Harrison: “Wonderwall music” (Apple Records, 1968).
A este disco le acompaña un valor añadido histórico. Fue el primer album publicado en solitario por uno de los Beatles y, además, se trató de la primera referencia editada bajo la etiqueta Apple Records. Más allá de estas consideraciones, “Wonderwall music”, banda sonora del film “Wonderwall” de Joe Massot, es un disco básicamente instrumental que bebe de la cultura hindú, un rasgo marca de la casa.

El director del sello llamó a Harrison para darle carta blanca, y claro, un artista inquieto como él, que vivía una etapa de exploración de nuevos territorios, obró en consecuencia. Así dio rienda suelta a su propósito de fusionar Oriente con Occidente, grabó en la India y lo hizo en Inglaterra con amigos como Eric Clapton, Peter Tork de los Monkees o su compañero Ringo. Quiso unir los dos mundos.

Su objetivo era mostrar la música hindú al público, pero no terminó de conseguirlo, porque el elepé apenas gozó de reconocimiento comercial. Otra cosa es analizar el disco independientemente de su propósito, que era el de ser banda sonora. Puede que sea injusto, pero considerado por separado, lo que es difícilmente discutible es que estaba a una distancia sideral de “All things must pass” o “Living in the material world”.

 

 

 

8. Tyrannosaurus Rex: “My people were fair and had sky in their hair… but now they’re content to wear stars on their brows” (A&M Records, 1968).
Los T. Rex de Marc Bolan pasaron a la historia como dueños de una fórmula tan simple en su composición como efectiva. Pero antes de explotar su particular visión del glam, su líder demostró que no siempre fue tan amigo de lo concreto.

En 1968 disfrutaba más de las complicaciones y de alargarlo todo, y si no, presten atención, sobre estas líneas, al título del elepé que me niego a volver a escribir. En lo musical, no había electricidad en aquella primera encarnación del dinosaurio, ni rastro de sus luego célebres riffs. Aquello era folk teñido de psicodelia y estaba más orientado al ejercicio de improvisación que a la canción concreta.

Sus influencias eran más literarias que musicales, de hecho, el interminable título procedía del parlamento de un personaje de “El Señor de los Anillos”. Se movían en un mundo alternativo que huía de lo comercial, y que conseguía el objetivo con un sonido bastante monótono y sin apenas ganchos.

Curiosamente, John Peel, el DJ que siempre parecía ver las cosas antes que nadie, le dio cancha y un primer impulso para el reconocimiento popular. Aún quedaba, sin embargo, mucho Tyrannosaurus, hasta cuatro discos editaron Bolan y el baterista Steven Peregrin Took. El último de ellos, ya con Mickey Finn, iba a ser la transición hacia T. Rex, cuyo primer disco editaron en 1970. El resto es una historia escrita a golpe de éxitos.

 

 

 

9. Alice Cooper: “Pretties for you” (Warner, 1969).
Es leer Alice Cooper y la cabeza se llena de números escénicos impactantes, música poderosa y clásicos, muchos clásicos. Pero los que estén familiarizados con toda su obra saben que en 1969 apenas habían abandonado el nombre de The Spiders y las cosas eran muy diferentes.

En lo musical, bebían de sonidos más cercanos al garaje y el beat que había revolucionado el mundo, y en lo estético, los tiempos del shock-rock estaban aún muy lejanos. La banda no nació dueña de esa fórmula que se fue desarrollando de una forma bastante natural. Al principio eran números casi improvisados, no había pasta. Luego todo se fue haciendo más grande hasta el punto de mezclar teatro y música casi al cincuenta por ciento.

Su debut fue un fracaso de ventas, y las críticas tampoco fueron muy buenas. Es célebre la de Lester Bangs, que en Rolling Stone puso el disco a caer de un burro, calificándolo de prescindible, entre otras lindezas.

 

 

“Pretties for you” ha quedado como un trabajo muy inferior a las grandes obras del grupo, allí no había canciones a la altura de las que incluía “Love it to death”, el disco que inició los tiempos gloriosos con todos los focos apuntando a la figura de Alice Cooper. Solo ‘Reflected’, extraída como single y rehecha como ‘Elected’ cuatro años más tarde, ha conseguido librarse del olvido al que parece condenado “Pretties for you”.

 

 

10. Johnny Cougar: “Chesnut street incident” (MCA Records, 1976).
John Mellencamp es un gigante del rock americano, un artista mayúsculo. No exagero. Tampoco lo hago si les cuento que pocos han cambiado de nombre artístico con tanta frecuencia como él. Antes de John Mellencamp fue John Cougar Mellencamp y John Cougar y —horror— hasta Johnny Cougar. Bajo ese nombre se sitúan los orígenes del de Indiana, que en 1974 decidió hacer las maletas y probar suerte en Nueva York, donde dios unos primeros pasos discográficos que solo pueden ser calificados de completo despropósito. Nada más llegar a la Gran Manzana fue contratado por la misma agencia que conducía la carrera de David Bowie. MainMan Management, con el célebre Tony DeFries a la cabeza, iba a tener buena parte de culpa del desastre.

Ellos le impusieron que editase su primer disco, “Chesnut street incident”, como Johnny Cougar. El propio artista ha aclarado en más de una ocasión que nunca contaron con su consentimiento. ¿El disco? Una triste anécdota en una carrera como la suya: apenas tiene algo salvable y las 10.000 copias vendidas precipitaron su despido de la discográfica.

La imagen tampoco mejoraba las cosas: echarle un vistazo a aquella portada es comprender. Fueron años duros, porque tampoco es que sus siguientes movimientos mejoraran mucho las cosas. Hubo que esperar, pero mereció la pena, para poder disfrutar de auténticas obras de arte rockeras como “Uh-huh”, “Scarecrow” y tantas otras. Nadie lo hubiera dicho allá por 1976.

 

 

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