Diez canciones para recordar a Hilario Camacho

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Este ocho de junio Hilario Camacho habría cumplido setenta años. Luis García Gil escoge diez momentos de su imprescindible obra, que inició como pionero en la fusión con el rock o el jazz en los setenta.

 

Selección y texto: LUIS GARCÍA GIL.

 

1. ‘Imagen’ (“A pesar de todo”, CFE, 1972).

Todo había empezado con un single grabado en 1968 —sello Fontana— con dos poemas del cubano Nicolás Guillén: “El fusilamiento” y “El son del desahucio”. Hilario Camacho formaba parte del movimiento “Canción del pueblo” surgido a imagen y semejanza de la Nova Cançó y de otros movimientos de resistencia cantada que pretendían hacer frente a la España monolítica del franquismo.

Cantar y no callar, de eso se trataba, aunque su inquietud musical le situaría en un lugar de excepción en la canción de autor con una influencia anglosajona muy marcada. Bucea en las fuentes del rock. Cita a Donovan pero también a Weather Report. Estilísticamente se siente más próximo a Bob Dylan o a Janis Joplin —a quien alude en la robusta ‘Testimonio’— que a Georges Brassens, aunque no desdeña la chanson como ratifican sus adaptaciones setenteras de Jacques Brel. Su primer disco, “A pesar de todo”, es ya una obra importante e hipnótica, de lenguaje enigmático y sonido envolvente. Destacan joyas como ‘Los cuatro luceros’ o esta ‘Imagen’ —soberbio rock acústico— con ese estribillo tan lleno de energía, guitarras incluidas: “Serás libre / pero solo cuando quieras tú / eres la llave de tu vida / tan solo soy como una puerta más”.  El camino que Hilario va a proseguir en los setenta está presente en este primer disco grabado casi a la par de su jugosa colaboración discográfica con Maria del Mar Bonet, que ya deja muestras evidentes de su talento musical. En esta primera obra importante no debe olvidarse la intuición extraordinaria de Alain Milhaud, productor de Los Bravos, Los Canarios etc.

 

 

2. ‘El agua en sus cabellos’ (“De paso”, Movieplay, 1975).

En su segundo disco, titulado “De paso”, figuraban nueve canciones de una indudable osadía, desde miniaturas instrumentales a utopías finamente engarzadas. Todo ello en un ambiente de excesos que estimulaba la imaginación. La maravillosa ‘El agua en sus cabellos’ debe destacarse por su manera de aproximarse a los versos oníricos y simbolistas de Antonio Machado, de empaparlos de una sonoridad contemporánea, una suerte de folk alucinado que revitalizaba el modo de aproximación musical al poeta de un modo insospechado. A ello sumar el exquisito ropaje instrumental y la interpretación poderosa de Hilario. “Y todo en la memoria se perdía / como una pompa de jabón al viento”. La pompa de jabón de los proverbios y cantares  dibujándose también en las soledades, galerías y otros poemas del poeta sevillano.

 

 

3. ‘Cuerpo de ola’ ( “De paso”, Movieplay, 1975).

Otra joya que conforma el latir musical del segundo elepé. Canción que adjetiva el despertar sexual femenino, la ola anhelante que rompe en el cuerpo de la mujer que ya no es niña. Su escritura está llena de sutilidades, de imágenes palpitantes con una poesía descriptiva muy inspirada. A eso hay que añadir su capacidad más que probada para armonizar a partir de acordes aparentemente sencillos. “Tienes ya veinte años / cuerpo de ola / y tu padre no quiere / que salgas sola…”.  Delirio de flautas, cascabeles de sangre, para una canción que puede compararse en sus intenciones temáticas con la más o menos coetánea ‘Carne de viento’ de Patxi Andión.

 

 

4. ‘Señora de ojos tristes’ (“La estrella del alba”, Movieplay, 1977).

Tras “De paso” llega el formidable “La estrella del alba” que graba con el sello Gong de Gonzalo García Pelayo. A ese rock a su medida, a esa amalgama de formas rockeras, jazzísticas y folclóricas se une la infuencia de ritmos y formas africanas y mediterráneas que descubre en su estancia en Menorca. En ‘María’, por ejemplo, irrumpía esa melancolía extraordinaria que está en la propia sugerencia estética de la portada azul del disco. Se hallaba en plena explosión y libertad creativa, capaz de entregar versos amatorios como estos: “Te hablaré de sus ojos de ámbar gris / de su pelo y de su piel / de cómo en sus labios yo encontré / el tibio sabor de la mujer”. En este trabajo incluye una enorme canción titulada ‘Señora de ojos tristes’. Inevitable pensar en ‘Sad-eyed lady of the lowlands’ de Dylan y en ciertos relatos sabinianos que el cancionero de Hilario anticipa, sin que se le haya reconocido esa capacidad precursora. “¿Quién te puede ofrecer un trozo de sonrisa / qué darías tú a cambio muñeca estropeada?” Preguntas errantes y cierto paternalismo en la enunciación del hablante. De nuevo hay que destacar el sonido, esa estética musical que nada tiene que ver con los cantautores del tardofranquismo, que rompe con ellos por la búsqueda y osadía que revelan.

 

 

5. ‘Guapachosa’ (“Hilario Camacho”, Movieplay, 1979).

Antes del boom latino patrio, de Santiago Auserón o del muy comercial Jarabe de Palo, antes de Ruibal y sus mestizajes sonoros, Camacho fondeó territorios aparentemente ajenos, marcándose un tanto a su favor en esta singularísima pieza que preludia caminos posteriores en discos de los años noventa como “Lunático veneno”. ‘Guapachosa’ revela ese gusto por experimentar, por asomarse a ritmos no transitados con el febril saxo soprano de Jorge Pardo echando el resto. Esa poética intimista del cantor podía encontrar estas válvulas de escape extrovertidas donde demuestra su talante y su talento, al margen de modas y de coyunturas. Canta en Guapachosa: “Hoy toca subir o tal vez bajar”. En los ochenta titularía “Subir, subir”, uno de sus discos. Él supo bien del vértigo del ascenso y de la caída, esas fluctuaciones de la vida del artista que tan pronto está arriba como abajo.

 

 

6. ‘Final de viaje’ (“La mirada del espejo”, Movieplay, 1981).

“Al final vuelvo la vista atrás / fue tan cansado el largo viaje / tan pesado el equipaje/ para llegar aquí perdido en la ciudad / fui prisionero en una calle / sin farolas ni portales…”. Pareados de regusto machadiano, rimando viaje con equipaje. Menguan las imágenes oníricas y parece asomarse a cierto realismo en su modo de atender a lo cotidiano. La amada como destino y la canción urbana que construye en estos años porque es la ciudad el espacio reconocible de sus historias. ‘Final de viaje’ formaba parte de su cuarto disco, “La mirada del espejo”. Llegan los ochenta, la movida poprock, los vientos insurrectos, el desencanto generacional. Abraza los sonidos del rock. Viene de colaborar con un emergente Sabina en “Malas compañías”. Son años en los que Joaquín e Hilario cruzan complicidades musicales. ‘Final de viaje’ es una canción esencial para comprender la naturaleza del cancionero de Camacho.

 

 

7. ‘Madrid amanece’ (“La mirada del espejo”, Movieplay, 1981).

Canción eléctrica, oda rockera a la ciudad habitada, a la soledad de la gran urbe. Desmenuza la jungla urbana y funda una poética de Madrid algo desgarrada a la que volverá en ‘Un extraño en Madrid’. “Qué solo estás / en medio de tanta gente…” clama el cantor que retrata la ciudad nocturna y también la que se despereza entre nubes grises y humo contaminante. Piezas más directas que las que desarrollaba en discos anteriores pero en las que persiste en esa manera de entender la canción que merece situarle en un lugar de excepción entre los trovadores de su tiempo.

 

 

8. ‘Negra noche’ (“Subir, subir”, Movieplay, 1986).

Sabina se encuentra con Camacho, y de ahí nacen canciones de urbe y asfalto como ‘¡Taxi!’ o esta ‘Negra noche’, con letra del primero y música del segundo. Joaquín la grabó en “Ruleta rusa” e Hilario en “Subir, subir”. Más leña al fuego, más poética urbana, concebida con Sabina, con saxo introductorio. “La noche que yo amo / es turbia como tus ojos / larga como el silencio / amarga como el mar…” Símiles concatenados, ebrios de alevosa noche. Hilario se adentra en los ochenta en la niebla de los días consumidos, en la luna de los trasnochadores, en la tentación del fracaso. “La noche que yo amo no amanece jamás”, canta, y las poéticas de los dos grandes autores de la canción se cruzan antes que uno se olvide del otro, antes que el segundo alcance la fama y el otro empiece a conocer los sinsabores del oficio.

 

 

9. ‘El metro’ (“Lunático veneno”, Warner, 1998).

En 1998 graba “Lunático veneno”. Los noventa no habían sido demasiado fructíferos y asume su condición de lobo estepario para una industria que lo margina pese al éxito fugaz de aquella televisiva ‘Tristeza de amor’. La década había comenzado con un disco titulado “El mercader del tiempo” con Suso Saiz como personalísimo productor. Juan Puchades entrevistaba y reivindicaba a Hilario en el número 3 de la revista EFE EME (en enero de 1999). Destacaba su calidez vocal, los cuidados arreglos, la exquisita producción de José Antonio Romero. Todo eso estaba en su canción ‘El metro’. Renacían los cantautores –o eso decían— e Hilario proseguía con su rock sureño y sus querencias latinas donde se cruzaban el bolero o la rumba. “Dragón de hojalata / serpiente de acero / soledades juntas / llenando el vagón / casi toco tus manos / casi me roza tu pelo / si no fuera tan tarde / te hablaría de amor…”. Canción urbana, subterránea roza tu pelo/ si no fuera tan tarde/ te hablar rumba. Mediterránea y platónica en una línea temática que luego Serrat va a retomar en ‘La bella y el metro’. La sensibilidad de Hilario, sus coordenadas estilísticas, sus distintos mundos sonoros, están muy presentes en todo el disco y alcanzan en ‘El metro’ uno de los puntos álgidos del disco.

 

 

10. ‘La clave secreta’ (“No cambies por nada”, Kainós, 2003).

Otra joya, filosófica y existencial, que grabó originalmente en su disco “No cambies por nada”. Una canción en la que está implícito el desgarro vital de quien trata de buscarse y de encontrarse. “(…) La vida es el tiempo / que fluye en mis venas / libertad y condena / la vida es amor / la vida es tristeza / es misterio y belleza / la vida es dolor…”. La vida es creencia y es duda. Somos ese enigma indescifrado frente al espejo del camino en pos de esa voz interior que nos clarifique. Hilario y sus tormentas interiores en una canción de una placidez y madurez absoluta. Quizá la última gran canción de su reivindicable repertorio.

 

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