Diez canciones para descubrir la rumba de Gato Pérez

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César Prieto se sumerge en la obra de uno de los músicos más destacados de la rumba catalana: Gato Pérez. Tras adentrarse en su obra con detalle en el nuevo número de Cuadernos Efe Eme, que puedes conseguir aquí, escoge diez muestras de lo que dio de sí la carrera del argentino afincado en Barcelona.

 

Selección y texto: CÉSAR PRIETO.

 

1. ‘La Rumba dels 60’ (“Romesco”, 1979).
Pasqual Maragall decía que esta era la mejor canción que se había compuesto nunca sobre Barcelona, pero también es la mejor biografía sonora que se ha compuesto en este país en un género, el autoreferencial, en el que Gato Pérez no tuvo rival. Xavier Patricio Pérez toma su mirada de adolescente porteño de quince años que llega a una Barcelona franquista en la que se da cuenta, sin embargo, de que hay una irrefrenable vida y una hirviente mezcla de culturas. En cuatro versos sabe resumir lo que nos ha costado todo un artículo atisbar: su curiosidad, los largos paseos, las conversaciones, los bares… Si alguien quiere saber quién era Gato Pérez, que escuche esta canción.

 

 

2. ‘Ebrios de soledad’ (“Atalaya”, 1981).
“Ese bar fue nuestra vida”, gime una la letra en recuerdo de Zeleste y de Carles Flavià. El local de la calle Platería —de ahí la Orquesta— se convirtió en un oasis dentro de una isla florida de bares en los últimos 70, el barrio del Borne. La canción recuerda a un local que inauguró Gato Pérez con su primer grupo —Slo-Bo, country melódico— y que tras su cortina roja acunó muchas noches del Gato y de sus amigos, muchas palabras, mucha vida. En el fondo, esta descripción en “traveling” de su clientela no es más que un elogio a esa fuerza que siempre elevó al músico argentino: la amistad.

 

 

3. ‘Sabor de barrio’ (“Carabruta”, 1978).
Dejémoslo claro: Gato Pérez nunca fue un rumbero. Su estética era la de la calle, la de los ritmos de descampado, la de la sabiduría del pueblo. Se encontró inmerso en un ambiente donde la rumba tenía poder ancestral, pero su misión —casi sagrada—era poner el oído sobre el asfalto. ‘Sabor de barrio’ cita el swing, el candombe y el tango como ritmos inspiradores y en su letra deja claro que hay un compás hereditario. En su música lo que deja claro es que con una milonga se puede convertir la piel en un manojo de emociones. Y con su interpretación deja claro que el corazón se le subía a la garganta.

 

 

4. ‘La curva del Morrot’ (“Romesco”, 1979).
La montaña de Montjuïc invade el puerto en forma de acantilado. Los barceloneses llamamos a la zona el Morrot. La carretera que asciende tiene una curva de cerrazón diabólica desde la que se contempla un horizonte industrial que se funde con el mar y el cielo. Ahí sitúa Gato Pérez la búsqueda de una pureza, una rumba blanca, que fue su deseo y seguramente su fracaso. Una miniatura de lentitud acogedora de la que el arreglista del disco, Agustí Fernández nos cuenta una anécdota que da cabal idea de la forma de trabajar del Gato. Lo subió a un barrio de chabolas desde donde se divisaba todo el contorno, y le fue describiendo verso a verso lo que decía la canción. Los gitanos, desconfiados y alucinados, los rodeaban.

 

 

5. ‘Gitanitos y morenos’ (“Atalaya”, 1981).
Su gran éxito, la canción que sonó en todas las verbenas de 1981 y que lo etiquetaría injustamente como artista de fiesta mayor. Mayito Fernández, cubano afincado en Barcelona era director musical de varias orquestas que mezclaban el trópico con gitanos catalanes. Siempre estaba insultando a su amigo Gato porque los blancos no tenían sabor. Un día que Mayito iba actuar a la Plaza Real fue especialmente hiriente, así que el Gato cogió a Paco Gijón, su músico de confianza, y se fueron a cenar al restaurante Romesco. Allí, en el mantel de papel, esbozaron la letra tomando como base el ‘Angelitos negros’. Así quedó hasta que casi a punto de mandar el master de Atalaya a fábrica, EMI exige algún hit, y arreglan la canción del mantel. Paco Gijón nos confesó hace poco: “Vimos que ahí había algo grande”.

 

 

6. ‘La luna en el mar’ (“Prohibido maltratar a los gatos”, 1982).
Una canción perfectamente pulida para un disco perfectamente triste, del que podrían entrar en esta lista tres o cuatro temas. Una pareja de enamorados celebra la nochevieja de 1980 adentrándose en el mar con un pequeño bote. Nunca regresaron. Es un elepé de circunstancias personales amargas, Gato acaba de sufrir un infarto, y este pesimismo vital se concentra en historias ajenas. La canción se abre con la mandolina de Paco Gijón con aire de habanera y sutilmente la instrumentación se va volviendo densa y aumenta la sensación de angustia. Agustí Fernández —hoy excelente pianista de clásica y jazz— es un maestro oculto de los arreglos.

 

 

7. ‘Luna brava’ (“Música”, 1983).
Rafael Gil, el valedor de Gato Pérez en EMI consigue algo milagroso. Cheque en blanco para que pida cualquier músico del mundo para su nuevo elepé. Va a ser lanzado a nivel universal. Papel y sueños: grabaremos en Estados Unidos, que vengan Willie Colon y Mark Knopfler. La Fania al completo quiero. Circunstancias de esas que estragan los destinos hacen que quede todo en agua de borrajas. No todo: aparece Paco —su sello no dejó poner el apellido De Lucía— en una canción que es tierra entre bloques suburbiales y luces de bares al amanecer. Coros que nacen de los tuétanos y un piano que aporrea Kitflus y que deja claro el espíritu del disco, según sus palabras, la grabación fue “una fiesta total”.

 

 

8. ‘Barca, cielo y ola’ (“GatoxGato”, 1986).
“GatoxGato” se graba en febrero de 1986, una época de convulsión en Barcelona. Convulsión anímica sin motivo claro, pero lo cierto es que la ciudad está de bajón. Era un erial, músicos y discográficas habían huido en masa a Madrid y la nueva espoleta, los Juegos Olímpicos, no desvelarían su acomodo hasta octubre de ese año. Una época de desamparo en que el Gato sigue creyendo en su ciudad, se planta y disemina su confianza: “Ella volverá a hablar” dice la letra. Por cierto, si traducen ‘Barca, cielo, ola’ al catalán da algo así como ‘Barca, cel, ona’.

 

 

9. ‘Ahí se queda la canción’ (“Fenicia”, 1990).
No puede haber mejor despedida. Más de tres años después de “Ten”, a Gato se le permite grabar un último elepé, cuando aún nadie sabía que iba a serlo. Tres años sin compañía para uno de nuestros mejores músicos —evito emitir juicios— que acaban cuando su mánager, Javier García-Pelayo, le propone a su hermano Gonzalo, que acaba de fundar el sello “Guapa”, hacerse cargo de la edición. Increíble adiós, no solo es el plantel de músicos gitano, la presencia del piano del ya aludido Mayito Fernández o las mezclas de Pepe Loeches, que seguramente ha sido el mejor ingeniero de sonido de este país. Es que ‘Ahí se queda la canción’ está llena de imágenes sutiles y antítesis explosivas para hacer vivir ese ritmo que surgía del alma misma de la calle.

 

 

10. ‘Rumba de Barcelona’ (“Carabruta”, 1978).
Si empezábamos con una canción autoreferencial, acabamos con otra que representa una dirección temática en la que Gato Pérez fue señor y maestro: la teorización sobre lo que se tenía entre manos, el pensamiento —ay, siempre tan activo en él— sobre lo que estaba haciendo. En este caso sabe perfectamente que maneja un ritmo que nace en la calle, hijo de Cuba y de los gitanos, el mestizaje casi perfecto porque no hay aristas. Su lucha por esta música le hizo ganarse todos los respetos, el de las jóvenes generaciones que lo adoraban —pregunten a Yumitus, a Pep Lladó o a Manolo González, sobrino del Pescadilla— y la de los mayores que le permitían asistir a las bodas con pasaporte diplomático.

 

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