Diez canciones imprescindibles de J.J. Cale

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J.J. Cale fue, para Neil Young, el mejor guitarrista de la historia, junto con Jimi Hendrix. En el “Cuadernos Efe Eme” número 14, en el que también es protagonista el propio Neil Young, Julio Valdeón repasa ampliamente la carrera de J.J. Cale, y para acompañar su lectura, aquí selecciona diez temas imprescindibles del músico de Oklahoma.

 

Selección y texto: JULIO VALDEÓN.

 

1. ‘Call me the breeze’ (“Naturally”, A&M Records, 1971).
La primera canción de su primer disco, “Naturally”, deja claras varias cosas. La primera, e importante, que J.J. Cale trabajaba en el negocio de las tonadas atemporales. Por una cuestión de presupuesto el de Oklahoma tira de una base de ritmo programada. Toda una anomalía para la época y para un músico (engañosamente) tradicionalista. Por lo demás aquí está su evangelio. La voz perezosa y enterrada en la mezcla. La guitarra luminosa, borracha de pellizco. El arreglo entre pantanoso y country. Sabina, Leiva y Rubén Pozo le han dedicado sendos homenajes (‘No tan deprisa’ y ‘Llámame brisa’).

 

 

2. ‘Crazy mama’ (“Naturally”, A&M Records, 1971).
La anécdota la cuenta Drew Christie, del New York Times, citando al luthier Danny Ferrington, amigo de J.J. Cale. A principios de los 70 ‘Crazy mama’ estaba sonando en las radios y Cale fue invitado para tocar en ‘American Bandstand’, un influyente programa de música en televisión. “Una vez en el estudio”, explicaba Ferrington, Cale fue informado de que no era necesario que enchufaran sus instrumentos porque, “bueno, usamos el disco”. “Lo sé”, dijo Cale, “pero sabemos cómo tocarla, y va a sonar igual que en el disco”. “No, no lo entiendes”, le respondieron, “aquí no lo hacemos así. Nos limitamos al playback”. Cale contestó que no pensaba hacerlo y comenzó a guardar su equipo. Entonces llegó Dick Clark, presentador del programa. “J.J.”, le dijo, “tu canción será número 1 en cuanto aparezca en ‘American Bandstand’”. “No me importa”, respondió Cale. “Y sin más, se fue”. Nunca más disfrutó de un single de éxito.

 

 

3. ‘After midnight’ (single “Slow motion”, Liberty Records,1966).
El origen de todo. Cale la grabó en un single de 1966. Pasó sin pena ni gloria, pero uno de sus escasos oyentes fue Eric Clapton, que quedó deslumbrado. Para su primer disco en solitario Clapton hizo una efervescente y negroide versión propia, que publica en 1970. Espoleado por el éxito del británico, el productor Audie Ashworth animó a Cale a que aprovechasen el tirón y grabasen un disco. Un acierto: en ese momento el músico malvivía con actuaciones de tercera y “Naturally” lanzó su carrera.

 

 

4. ‘Lies’ (“Really”, Shelter Records, 1973).
Para su segundo elepé, y segunda obra maestra, “Really” (1973), Cale contó con un presupuesto más desahogado. Se nota en la producción y en la fabulosa nómina de instrumentistas (entre mil, Josh Graves, tótem del dobro, el prodigioso violinista Vassar Clements, el batería Kenny Buttrey, el pianista Barry Beckett y el multinstrumentista Charlie McCoy). Pero la afluencia económica tampoco altera las señas de identidad. Si acaso añade brillo. Ahí tienen al cantante y narrador que murmura al oído, sin darse más importancia de la necesaria, la guitarra personalísima, deliciosa, humeante, las melodías espartanas y los arreglos juguetones, noctámbulos.

 

 

5. ‘Travelin’ light’ (“Troubadour”, Shelter Records, 1976).
Una de las joyitas de su cuarto disco, “Troubadour” (1976), es esta ‘Travelin’ light’, que coquetea con el funk merced a una guitarra afilada, mientras la voz susurra y el xilófono añade detalles jazzeros (otro de los estilos fácilmente rastreables en el repertorio del de Tulsa).

 

 

6. ‘Don’t cry sister’ (“5”, Shelter Records, 1979).
A la habitual nómina de fieras de Nashville, “5” añade a una persona esencial en su obra y vida, la cantante, compositora y esposa Christine Lakeland. Por lo demás, y mientras en el resto del mundo se sucedían los hallazgos, nacían y morían estilos, él seguía a su bola. A facturar discos indistinguibles y estupendos, ajenos a los gustos del respetable, las tendencias del momento y, cómo no, al credo modernista según el cual en la repetición habita el infierno (por más que en el caso de Cale solo repitiera aciertos). Y para muestra la fabulosa miniatura de ‘Don’t cry sister’.

 

 

7. ‘Carry on’ (“Shades”, Island Records, 1981).
Con “Shades”, de 1981, Cale inaugura unos años ochenta consagrado como influencia esencial de Mark Knopfler y Eric Clapton, pero también situado a años luz de los niveles de fama y fortuna alcanzados por sus discípulos. Y cuesta entenderlo, por cuanto en gemas como la exuberante ‘Carry on’ borbotea todo el duende y el genio que Dire Straits parecían haber perdido en (parte de) sus experimentos con el sonido Springsteen (me refiero a las canciones más rockeramente enfáticas de “Making movies”) y su grandilocuente acercamiento al rock sinfónico (“Love over gold”). Por lo demás la nómina de colaboradores mantiene el tono estratosférico (James Burton, Jim Keltner, David Briggs, Leon Russell, etc.) y Cale escribe, toca y canta con la rara precisión de siempre. Infalible en piezas tan oníricas y fastuosas como esta hermosísima ‘Carry on’.

 

 

8. ‘City girls’ (“Grasshopper”, Mercury Records, 1982).
Bien, pues miren, incluso los tradicionalistas coquetean a veces con la contemporaneidad. Aunque el resultado, esta ‘City girls’ entre el pop fantasmal y el lamento del chico de campo que trata de enamorar a la chica con el viejo recurso de la canción.

 

 

9. ‘Homeless’ (“From Tulsa and back”, Blue Note Records, 2004).
En su penúltimo disco en solitario, “From Tulsa and back” (2004) y después de ocho años de ausencia, Cale firma lamentos del calibre de este ‘Homeless’. Un bellísimo y digno homenaje a una pareja de vagabundos que vale como epitafio a una mitología americana de trenes de mercancías y como rotunda evocadora de amor en las postrimerías de casi todo.

 

 

10. ‘Fancy dancer’ (“From Tulsa and back”, Blue Note Records, 2004).
Hay otros diamantes en “From Tulsa and back”, menos en su trabajo con Clapton y el postrero “Roll on”, pero esta ‘Fancy dancer’ y su imperial guitarra ya merecen la eternidad. Qué lujo haberle conocido, Mr. Cale.

 

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