Cine: «Un método peligroso», de David Cronenberg

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«La historia, basada en hechos reales, concentra el foco en la aventura amorosa de Jung con una de sus pacientes, quien más tarde se incorporaría a la psicología terapéutica, la doctora Sabine Spielrein»

«Un método peligroso»
(«A dangerous method», David Cronenberg, 2011)

 

 

Texto: CÉSAR USTARROZ.

 

 

A pesar de que a más de uno nos gustaría alinearnos (no me refiero solo al significado que se desprende del juego de palabras) con la filosofía de Otto, voy a intentar llevar a cabo un ejercicio de contención para reprimir la eyaculación admirativa ante quien considero uno de los cineastas de primer orden de las últimas tres décadas.

Ya sea cruzando ciénagas expresionistas –proyecciones de la mente catalizadas a través de distintas fuentes– como en «La zona muerta», «Inseparables», «El almuerzo desnudo», «ExistenZ» o «Spider»; ya sea recorriendo caminos más tangenciales en «Crash», «Una historia de violencia» o «Un método peligroso», el grueso de la filmografía de David Cronenberg, aparentemente ecléctico, opera a cerebro abierto la mente humana y sus distintas desviaciones. Obviamente se decanta por la tecnología como extensión del ser humano para dar respuestas a preguntas existenciales, por el objetivo de la cámara en vez de hacer uso del escalpelo y el cincel, como gustaban trabajar los cirujanos en la Edad Media y algún que otro colega de profesión (aquí sin nombres, no queremos echarnos más enemigos de los que ya tiene Carlos Boyero).

El director canadiense ha encontrado en el texto teatral de Christopher Hampton un resorte con el que volver maquinar (en todos los sentidos) su particular manera de entender el cine como instrumento, ingenio con el que recrear un universo que circula por los laberintos de la razón, como bien presentó Eduard Punset antes de pescar con la red al esquivo Cronenberg: «Los homínidos tienen esa capacidad de reflexionar sobre sí mismos, y de autodestruirse, la vida es como un laboratorio loco en donde experimentamos sobre nosotros mismos, y el gran cineasta David Cronenberg mira estos procesos como un científico, y lo que sale es una mezcla de ciencia, terror y cine».

«Un método peligroso» constituye, desde la discreción que suele ofrecer el estilo indirecto, un excepcional fórmula (“para iniciados”, nos podrán ajusticiar los expertos) con la que sondear el ya de por sí complejo y babilónico legado de Sigmund Freud (interpretado por Viggo Mortensen) y Carl Gustav Jung (Michael Fassbender). Y es que el rigor histórico exige acercamientos practicados con cautela, y el cine redunda (no siempre) en estilos acartonados, espesos y homogéneos en la reconstrucción de biopics de grandes personalidades.

La historia, basada en hechos reales, concentra el foco en la aventura amorosa de Jung con una de sus pacientes, quien más tarde se incorporaría a la psicología terapéutica, la doctora Sabine Spielrein (Keira Knigthley). La pértiga impulsora la proporciona Otto Gross (mencionado líneas arriba), encarnado por Vincent Cassel.

Cronenberg echa mano de un infinito diván de símbolos y metáforas visuales (el agua; el bosque y el puente; paseos por jardines y paseos en barcos,…) que inyecta en su personal discurso con un crudo y escrupuloso estilo formal (clásico, pero en respetuosa relación a la historia que se quiere narrar) en el que los fondos de los espacios interiores, generalmente neutros, dejan protagonismo a los personajes, interpretados por un elenco de actores que sencillamente lo borda.

Esto no es un análisis fílmico en profundidad, tampoco una crítica al uso, como se habrán dado cuenta, así que ni nos gusta destripar las tramas ni anticiparles el trabajo detrás de la cámara. Pero sí que, inclinándonos por lo segundo, nos gustaría destacar la meritoria alternancia en la evolución del encuadre y la composición para expresar el contenido dramático, con un especial subrayado de la tensión psíquica materializada en la construcción de asfixiantes primeros planos. La aplicación de la luz también tiene un sentido simbólico e interviene en perfecta armonía con el resto de los elementos cinematográficos.

Y a loro con la controvertida lectura que suscita el choque de culturas hebrea-aria (pueblos, civilizaciones o religiones, según se mire o quieran celebrar las ideologías).

El séptimo arte bien pudiera entenderse como la más completa (no hay intención del vituperar al resto) de las estrategias artísticas para acceder y representar visualmente el pensamiento humano. También puede administrarse quizá no como terapia, pero sí como píldora que viene a ofrecer guerra o paz (según cogotes) durante noventa y nueve minutos. Vayan al cine y comprueben de que lado están.

Merece la pena tomar ese riesgo, así que, el que no esté colocado, que se coloque (en su butaca, claro).

Anterior entrega de cine: “Un dios salvaje”, de Roman Polanski.

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