Cine: “Electrick children”, de Rebecca Thomas

Autor:

“Una canción solo puede rescatar a un “hipster” lastimado o a un Amish desencantado”

electrick-children-06-12-14

“Electrick children”
(Rebecca Thomas, 2012)

 

 

Texto: CÉSAR USTARROZ.

 

 

Examinando la solapada propuesta temporal de las recientes películas de John Carney (“Begin again”) y Rebecca Thomas (“Electrick children”), parece fácil darse cuenta de que una canción puede salvar una vida. Pero no una vida cualquiera. Tú que eres inmune a la tragedia, hace tiempo que estás a salvo. Una canción solo puede rescatar a un “hipster” lastimado o a un Amish desencantado.

Qué paradojas nos proporciona la comunidad Amish, aislados como están del mundanal ruido. Mira que son ceporros y endógenos, con la cabeza en el cielo, tentados por el subdesarrollo terrenal sin saber apreciar que en la tecnología “vintage” también se halla un folclore digno de reverenciar. ¡Pues no os librareis de eso que llamáis El Mal, pedazo de burros! En un casete abandonado al azar, como el que no quiere la cosa, dejaremos registrada una canción sensual de contenido subrepticio. Tras esta intervención incidental, una joven quinceañera, oh capricho de la Fortuna, descubrirá por casualidad los arcanos secretos de tan analógico instrumento. Como resultado, la pobre infeliz se quedará preñada, pero no de vuestras bagatelas, sino del esperma de “Pitchfork”. ¡Hágase su voluntad!

¡Camilo Sexto! ¡Coño! ¡Cuéntales de una puta vez a los apóstoles qué va a pasar!

Pues después de que Rachel (Julia Garner) se crea embarazada tras escuchar el “Hanging on the telephone” de The Nerves, huirá a La Vegas, centro sincrético de las muchas formas que adopta el vicio. Y en aquel profano lugar, “Electric children” perderá la buena gestión de sus secuencias iniciales. Las sugerentes soluciones del montaje, el uso del sonido, la administración del suspense… Todo se va por el sumidero de la insustancialidad.

Seguramente Blondie hubiese insuflado más nervio a Rachel con su versión del grupo californiano. Así con todo, créannos si les desvelamos que la referencia a los Amish es una buena coartada para contar muy poca cosa.

Anterior crítica de cine: “The zero theorem”, de Terry Gilliam.

Artículos relacionados