“Cartografía” (2008), de José Ignacio Lapido

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OPERACIÓN RESCATE

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“Así de fino hila Lapido: no le hace falta enseñar el revolver para disparar, pero en cada disco reparte balas de escepticismo, sarcasmo y crítica social”

 

Se cumplen diez años de uno de los grandes discos de José Ignacio Lapido, “Cartografía”. Un aniversario que aprovecha Arancha Moreno para recuperar este quinto trabajo en solitario del granadino. 

 

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José Ignacio Lapido
“Cartografía”
PENTATONIA RECORDS,  2008

 

Texto: ARANCHA MORENO.

 

Un corazón sombrío palpita sobre dos únicas palabras: Lapido y cartografía. Una portada que impacta desde la sencillez, lanzando mensajes cortos y claros. En ese corazón, las arterias y venas simulan extraños caminos que se cruzan entre sí. Aisladamente, el dibujo recuerda al plano de metro de una gran ciudad o a una compleja red de tuberías, pero al desplegar el libreto, el concepto queda bien esculpido. El mapa es interior, y los senderos desordenados son las canciones que trasladan una forma de entender el mundo. O de no llegar a entenderlo.

Cuando José Ignacio Lapido publicó “Cartografía” en 2008, 091 llevaban doce años desaparecidos como banda y nada hacía presagiar que en algún momento volverían. Lapido había tardado en asimilar que pasaba de ser compositor y guitarrista a ejercer también de solista, pero a esas alturas ya lo tenía bien interiorizado. Había editado cuatro discos: “Ladridos del perro mágico” (Big Bang, 1999), el epé “Luz de ciudades en llamas” (Big Bang, 2001), “Música celestial” (Big Bang, 2002) y “En otro tiempo, en otro lugar” (2005). Para publicar el último había creado su propio sello discográfico, Pentatonia Records, y en esa grabación le acompañaron tres músicos que siguen en su banda: Popi González (batería), Víctor Sánchez (guitarrista) y Raúl Bernal (teclista). El cuarto fue el bajista Paco Solana, quien también le acompañó bastantes años. Con ellos grabó también su quinto disco, uno de los trabajos más importantes de su carrera.

Es curioso cómo afectan nuestras circunstancias personales al cariño que se les coge a los discos. Seguramente el público elija su álbum favorito por las canciones, pero también porque lo asocia a un momento concreto de su vida. Muchos autores, sin embargo, se aferran menos al pasado que al presente, y suelen estar más satisfechos de su última creación porque conserva la emoción recién horneada, porque supone un paso adelante en su carrera. Porque han aprendido cosas nuevas y, probablemente (aunque no siempre) han escrito mejor, compuesto mejor, tocado mejor. De ser así, es la emoción —la del pasado, para el oyente; la del presente, para el autor— la que dictamina el valor que otorga cada uno a un disco. Pero cuando el tiempo pasa, y se difumina la impronta inmediata, es más fácil volver la vista atrás, darle de nuevo al play y reflexionar desde la distancia. Y la última década ha jugado a favor del repertorio que engloba el rock clásico de “Cartografía”, una de las mejores colecciones de canciones que ha firmado el granadino.

‘Cuando el ángel decida volver’, el tema que abre, es un himno incuestionable. Arranca con guitarras de medio tiempo, a las que se suma la batería, pero en la tercera estrofa llega la electricidad y dos versos de los que se graban a fuego: “Tomaremos el fracaso como punto de partida / y el amor como dogma de fe”. Las cartas boca arriba desde el principio. Si en la literatura se habla del viaje que emprende el héroe, en esta letra es el perdedor quien regresa. Pero a pesar de la derrota está dispuesto a levantarse otra vez. Para eso están las guitarras, para darle la rotundidad y el empuje que haga falta.

 

 

Tras ella, otra de esas piezas imprescindibles de su discografía, ‘En el ángulo muerto’. Aquí arrancan desde la percusión y un piano inquietante, que da paso a la confesión de un narrador que se siente fuera de juego, pero no se lamenta: es el sitio perfecto. A medida que avanza, sus estrofas se van engalanando de atmósferas blueseras y un aroma a cine negro. Con ‘Fuera del mundo real’ parece que una mano espanta todo ese humo y nos muestra una melodía más luminosa, casi californiana, con el pedal steel del músico invitado Quini Almendros. Como si emprendiéramos un viaje en coche hacia esas ciudades sin nombre donde va a buscar las respuestas a las preguntas que plagan sus textos. No hay disco de Lapido donde no exista la incertidumbre o la duda. Y aquí, además, hay planes de fuga.

‘En mil pedazos’ nos descubre al hombre de una funeraria preparándose para el fin del mundo. Las guitarras vuelven a cargar con rabia mientras todo se derrumba. El estribillo podría haberse colado en una canción de Quique González, confeso admirador del granadino. El equilibrio perfecto entre guitarras y teclados enérgicos se encuentra en ‘Nunca se sabe’, con un estribillo muy contagioso, enredado narrativamente entre lo inesperado de la vida, el amor y la lucha creativa por terminar una canción.

El rock más afilado asoma en ‘El truco (en qué consiste)’, con unas guitarras más oscuras cuando la letra guiña a Jimi Hendrix, mientras aflora el narrador más descreído. No abandona su particular escepticismo social en ‘Nadie supo decirme la verdad’, construido sobre ese universo suyo en el que vuelan los búhos a media noche, se consultan oráculos y se suceden guiños históricos (a los romanos), científicos (la relatividad) y, cómo no, teológicos: “Me engañaron / en el confesionario / con historias/ de culpa y de perdón. Una letra tejida de incredulidad, crítica y fina ironía (“me tuvieron muchos años / rellenando cuestionarios”) sostenida por una melodía desenfadada con coros casi angelicales. Sin gritos, ni ruido. Así de fino hila Lapido: no le hace falta enseñar el revolver para disparar, pero en cada disco reparte balas de escepticismo, sarcasmo y crítica social.

 

 

‘Escala de grises’ es envolvente como un vals, con los acertados coros suaves de su banda, antes de empuñar una guitarra más cargada. ‘Cuando se apaga la luz’ parece trasladarnos a una de esas casas de los sesenta o los setenta, en los que una familia rodea el televisor en penumbra mientras ven una película en blanco y negro. La letra nos deja caer que es el “Drácula” de Bela Lugosi. Un homenaje narrativo al cine, con una atmósfera más luminosa. Y así, deslizándonos con suavidad, llega ‘Algo me aleja de ti’, un cierre delicado y nostálgico, a piano y voz en los primeros compases, arreglada con cuerdas cuando canta aquello de “la orquesta tocaba Moon River”. Una de esas baladas preciosas, en las que cada frase que escribe se puede ver, pero también sentir. De ello se encargan la letra y el final instrumental, que transmite esa sensación de ruptura y tristeza. Lapido sabe muy bien cómo cerrar sus discos. Como ‘Al azar’ en “Formas de matar el tiempo”, como ‘Escalera de incendios’ en “El alma dormida”. Benditos epílogos que nos dejan siempre con ganas de más.

 

 

Diez años después de escuchar por primera vez “Cartografía”, y habiéndolo hecho muchas veces en la última década, es fácil creer en su perennidad. Y no porque todos esos caminos que recorren su mapa emocional sean perfectos. ‘Largo de contar’ puede resultar algo lenta, y tal vez tenga menos imágenes concretas, de las que dejan huella, y en ‘Nada malo’ la voz resulta forzada, demasiado baja. Pero ninguna de esas nubes ensombrece el disco. Casi hay que agradecer que estén ahí para que Lapido siga afinando su pluma, su voz y su Gibson mientras persigue la canción perfecta. Cada vez está más cerca.

Anterior entrega de Operación rescate: “Marquee moon” (1977), de Television.

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