Carmen Boza: Cómo romper con todo (y vencer a la fiera interna)

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“Mi aspiración es ser mejor compositora, hacer mejores canciones, independientemente de la exposición que pueda tener”

 

Cuatro años después de su debut, Carmen Boza reaparece con “La caja negra”. Nueve canciones fruto de grandes rupturas y de quemar varios intentos de disco hasta dar con el definitivo. Una entrevista de Arancha Moreno.

 

Texto: ARANCHA MORENO.
Fotos: PATRICIA J. GARCINUÑO.

 

Cruza el hall de la cafetería del Hotel Catalonia con la funda de la guitarra, algo apresurada porque llega con retraso. El tiempo es, precisamente, amigo y enemigo de Carmen Boza (La Línea de la Concepción, Cádiz, 1987), porque por encima del reloj siempre están las canciones. Aunque eso le haga desaparecer por temporadas y romper con todo. Solo así ha podido dar vida a “La caja negra”, su segundo álbum tras “La mansión de los espejos” (2014), un disco explosivo que llega después de quemar varias vidas, contratos, equipos y hasta álbumes ya terminados y listos para publicar.

Sentada frente a la cristalera que nos devuelve el ajetreo de la Gran Vía madrileña, Boza pide un café y un vaso de agua. Sabe que está aquí por una cadena de decisiones sin las que no se entendería cómo ha llegado hasta “La caja negra”. Empezó a tocar a los quince, y a los veinte se mudó a Málaga para buscarse la vida, combinando su trabajo de diseñadora gráfica (en una marca de periféricos para videojuegos) con los conciertos en La Botica, ese bar en el que se fogueó junto a otros cantautores como El Kanka, Patricia Lázaro, María Peláez o Rafa Toro: “Se daban de forma natural las colaboraciones, las noches de Botica hasta las mil, compartiendo confidencias, típica vida de cantautor bohemio de bar. Aprendí muchísimo”. Decidió saltar a Madrid en 2011, armándose de valor y de las canciones que tenía entonces, que ya tenían repercusión en las redes. “Tenía 24 años y el arrojo que te da la juventud me llevó a Madrid. Ya estaba pivotando por aquí, venía a tocar al Búho Real y se quedaba mucha gente en la calle, yo alucinaba. Estaba en ese periodo en el que me daba igual aquí, que en Barcelona, que en Argentina. Quería ver mundo y huir de mi ciudad de origen”.

Se instaló en la capital en busca de aventuras y con algunas canciones que formaron parte de su debut, como ‘Culpa y castigo’ o la que le dio título al disco, “La mansión de los espejos”. Aquí se encontró con un desencanto que tiñó un disco a ratos folk y luminoso de cierta oscuridad y complejidad. “Vine queriendo trabajar solo en la música, pagar el alquiler, y yo siempre he sido muy comprometida con mi propio discurso. Me vi aquí, teniendo que interpretar ese rol de chica naïff, cantautora, pero yo no quería cantar las baladas andaluzas, y me fui a poner copas. Pasé a vivir de noche, otro tipo de vida más de la calle, y ahí me surgió esa oscuridad que se ven en esas canciones”. Cita, por ejemplo, ‘Señales’ o ‘Miedo menor’.

 

 

El tiempo previo a grabar su debut no llamó a ninguna discográfica, pero ellas aparecieron por el Búho Real y le echaron el ojo: “Yo solía tocar allí a menudo, y era bastante común que hubiese A&R de las compañías, ojeadores, buscaban gente a la que ofrecer un contrato”. EMI, Sony y Warner le tiraron los tejos, y acudió a unas cuantas reuniones, pero no llegaron a nada: “Nunca he sentido esa fascinación por la industria, nunca he tenido la aspiración de convertirme en un personaje público. Mi aspiración era ser músico, y lo sigue siendo: ser mejor compositora, hacer mejores canciones, independientemente de la exposición que pueda tener. Una compañía lo que te da es exposición. No me dejé embaucar porque estaba obsesionada en escribir mejores canciones. ¿Cómo iba a firmar, si estaba loca por dejar de tocar las canciones que tenía? Decidí vivir Madrid y escribir canciones que me representasen más, un discurso que me identificase”. Mientras, llegó a tocar con Auryn: “Puede parecer que no pega nada, pero aprendí muchas cosas de la industria. Después de esa etapa, de poner copas y tocar con Auryn, vi que ya tenía las canciones que quería grabar”.

 

Un acto de fe

Con material, pero sin dinero, llegó a sus manos el disco “Cabeza de león” de Jero Romero, autofinanciado mediante crowdfunding, y pensó que era una buena salida. “Tengo gente que me sigue. No voy a acudir a una compañía que no me conoce de nada, voy a acudir a la gente que me ha estado apoyando desde siempre, que ha visto la evolución que he tenido. Me embarqué en el crowdfunding sin saber lo que era, porque si no, no me hubiera metido”, sonríe, recordando el trabajo que lleva. Apoya la taza en el plato y el café se derrama sobre él. “Joder, la que he líado”.

En 2014 también la lió. Necesitaba diez mil euros para financiar el disco, ideó recompensas que pudieran gustar a sus mecenas y en unas cuantas horas reunió el dinero. “Lo publiqué a las doce de la mañana y antes de que se hiciera de noche había conseguido doce mil euros. Al final fueron 927”. Lo celebró esa noche, con una amiga que trajo una botella de champán: “Vi desplegarse ante de mí la grandeza de Internet. No podía entenderlo, ¡si yo era una pardilla! Hicimos un vídeo para Instagram, agitando la botella para que saliera todo disparado, y nada más grabarlo cogí la fregona para fregarlo todo”, ríe, admitiendo que “el glamur no existe”. Aquello fue “la demostración de apoyo del público más potente que he vivido. Fue un hito, dudo mucho que vuelva a repetirse algo así. Eso nos unió muchísimo a la gente que me seguía y a mí. Ese disco salió adelante por ellos”.

 

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“El crowdfunding fue la demostración de apoyo del público más potente que he vivido en mi carrera”

 

Lo que no sabía entonces es que, entre los mecenas que pagaron el disco, había un A&R de Warner. “Me dijo que le gustaba mucho mi música, que si quería algún día nos reuníamos y encontrábamos una manera de trabajar juntos”. Tras varios encuentros licenció el disco con ellos para reeditarlo con un par de temas extra. Estaba agotada tras la autoedición: “Había sido una campaña tan exitosa que triplicó el curro de logística que conllevaba. Era más dinero, pero mucha más gente, y tuve que deslocalizar toda la producción: el disco me llegaba de un sitio, las carpetas de otro, los folletos con las letras de otro… eso había que manipularlo y montarlo. Lo hice todo yo, con la oficina que tenía entonces, C4Music. Estuvimos los tres una semana metiendo discos en las fundas, firmándolos y metiéndolos en los paquetes. Acabé agotada, llegó Warner seis meses después ofreciéndonos reeditar el álbum con un par de temas más y nos pareció una buena opción”. El disco se vendió en las tiendas, la promoción fue más intensa y la gira llegó a salas más grandes. Ahora, no sabe calibrar si fue una decisión buena o mala, porque cree en la cadena de circunstancias: “Siento que estoy donde estoy por todas las decisiones que he tomado, y está bien”.

Una azafata interrumpe nuestra charla. “Disculpe, ¿es usted Carmen?”. Ella le mira y dice: “Soy yo”. “Es que nos hemos encontrado su cartera en el baño, la he abierto para ver si le identificaba”. “Gracias”, dice Carmen. En cuanto se marcha, dice: “¡Menos mal que esto es un hotel de postín, si no, no dura un minuto!”. Lo que tampoco duró mucho fue su etapa en Warner, aunque firmó con ellos para grabar dos álbumes más. “No rompí el acuerdo con Warner por un tema económico, porque un proyecto de mi nivel no genera mucho beneficio, hay que trabajar mucho hasta que se hace grande”. Lo hizo porque necesitaba tiempo para escribir y trabajar con calma: “Nadie me estaba presionando, pero yo sentía una presión por la inercia que había llevado el proyecto. Como el disco lo paga la compañía, tienen cierto poder de decisión artística: hay que componer las canciones, maquetarlas, enseñarlas… Tenía a mi A&R, que había sido mecenas y me respetaba como compositora, pero detrás de él está su jefe, un equipo… Eso me generaba ansiedad”. Sabe que está en una profesión de vértigo: “En esta industria si paras mucho tiempo caducas, la gente se olvida de ti. Yo tengo un público muy fiel, pero el parón se nota. Pensé que si la compañía empezaba a invertir dinero en la grabación sin que yo tuviese claro del todo cómo se iba a llevar a cabo, luego iba a ser más difícil recular, tomarme el tiempo que necesito. A lo mejor si me tomo mucho tiempo, pierdo, pero estoy dispuesta a asumir ese riesgo, porque lo asumo con mi dinero, es mi riesgo. Pero si lo asumo con el dinero de otros tengo que responder a unos plazos. Me ví en esa tesitura y tuve que decidir qué hacer”.

 

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“A lo mejor no toco tan correcta, soy sucia a veces, pero soy yo, eso es lo que yo hago”

 

En ese momento tenía unas cuantas canciones y andaba conversando con varias personas con las que quería trabajar, entre ellos Suso Saiz o Fon Román. “Suso me decía: ‘Carmen, los temas no están acabados’. Claro, si los temas no estaban acabados, ¿por qué estaba hablando con gente para que lo produjese? Eso no debería ser así. Sin mala intención, vi las maneras de la industria y no quería entrar en eso. No me quiero convertir en una persona que reniega de la industria. Yo quiero que mi manera de trabajar y la de la industria puedan encontrar un punto en común, pero no era ese el momento”. Por eso rompió el contrato: “Sabía que era la decisión correcta porque las canciones no estaban, y si no estaban, no podía ser una decisión correcta meterte a grabar unas canciones que no están terminadas”.

Póker de rupturas

El sendero discográfico no fue lo único que dejó atrás. También se separó del productor de su debut, Toni Brunet: “Toni fue el primero que se salió del proyecto. Llegó un momento en el que el sonido del directo y el del disco llegaron a bifurcarse mucho. Las canciones son mías, pero el sonido del disco es de Toni, más preciosista, un disco muy correcto, muy en el sitio, que suena todo muy bien, los arreglos están muy medidos, pero le falta esa garra que tengo tocando, la suciedad. Llegó un momento en el que él no estaba tan cómodo en el concepto del directo, todo se estaba ensuciando mucho, él estaba en otros proyectos también y nos separamos. Eso fue el catalizador de todas las rupturas, él era el resorte, el representante de mi sonido, el concepto de todo. Si faltaba Toni, eso era la selva, de hecho, lo fue”. Se lanzó a girar en trío, asumiendo todas las guitarras y tomando las riendas: “Volví a sentirme al frente del proyecto otra vez. A lo mejor no toco tan correcta, soy sucia a veces, pero soy yo”. Su única obsesión era hacer grandes canciones, aunque pagase un precio alto. “Tuve que romper con todo: compañía, oficina, banda… necesitaba decirle a todo el mundo que no me esperase, que ya volvería. Era un proceso oscuro, no sabía cuándo iba a volver a la consciencia y no quería que nadie dependiese de mí”, aclara. “Para mí el foco no está en el negocio, está en las canciones, es el motor de lo que hago”. Por eso siempre deja arrastrar por ellas, sean cuales sean las circunstancias: “Muchas veces me pongo al límite para vivir muchas cosas que me hagan escribir canciones”.

Quizá esa huida hacia delante, su forma de soltar amarras, esté escrita en su ADN. “A veces pienso que la ruptura responde a mi patrón vital. Algunos amigos dicen que cuando me empieza a ir bien, me boicoteo, que me da miedo triunfar. No me da miedo triunfar, es que tengo muchas cosas en la cabeza, a veces me centro mucho en un problema, tomo muchas decisiones en caliente. En este caso no fue intencionado romper con todo lo anterior, se dio de manera natural”.

Aún quedaba un arduo camino para llegar hasta su nuevo disco. Comenzó trabajando con varios músicos, esperando “que alguien viniera, hiciera los arreglos y me dijera si este estribillo habría que doblarlo, esto llevarlo por aquí… hacerlo apto para el consumo humano”, sonríe. Acabó trabajando con Juanito Makandé en la producción, y se fueron juntos a grabar el disco a Ibiza, como anunció en sus redes sociales. Pero durante el proceso le surgieron ciertas dudas: “Tú ya ves que eso no va a calar, pero dices: ‘Vamos a intentarlo’, tienes fe en que te gustará más dentro de dos o tres semanas. Confías, confías, confías, pero al final no fue. Me costó mucho asumir que ese intento, en el que había puesto todo mi tiempo y mi entusiasmo, no había salido, pero eso es un hito más en mi bagaje”. No le gustaba el resultado. Llegó a grabar tres discos distintos hasta dar con el que presenta ahora: “El primer disco se maquetó, se grabaron todas las guitarras y se tiraron a la basura. Volvimos a grabar todas las guitarras, mezclamos el disco y lo tiré a la basura. Volví a grabar yo sola todo el disco en acústico y lo tiré a la basura, y luego grabé ‘La caja negra’”.

Nada se ha interpuesto en su camino hasta este trabajo, ni siquiera las canciones que grabó con Makandé, aquel álbum al que pensaba llamar “Tótem”. “Canción salvada no hay, salvable probablemente habría. Pero para mí no tenía sentido dejar el mejunje ese, unas canciones que han grabado unos y otras que han grabado otros. Yo he seguido adelante, a pesar de lo que me ha costado, que lo he grabado en tres ocasiones. Siempre he confiado en el poder que tienen estas canciones, porque las he escrito en un momento en el que tienen mucho peso. Tienen un punto muy potente como obra, no solo como un conjunto a nivel lírico, también de armonía, composición, del ambiente que generan. El concepto que le dieron esos tres músicos no era el que le di yo luego, lo hice todo de nuevo”.

 

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“He hecho el ejercicio de reconciliarme con esa parte mía que llevo dentro, una fiera que hay que mantener a raya”

 

La composición, los arreglos y la producción es obra suya, como aclara en su perfil de Twitter: “Escrito, producido y arreglado íntegramente por mí, que nadie le dé el crédito al machote de turno”. Lo aclara, porque está molesta con algunas informaciones que han circulado por ahí: “Hay medios que mencionan a Juan como el productor del disco, y no lo es. No es cuestión de tirar lo que ha hecho uno, pero el disco que hizo no lo habéis escuchado. Este disco lo he hecho yo, con Estefanía Gómez y Román Méndez a la batería. Son arreglos que he escrito en mi casa, algunos días llorando como una hija de puta, porque ya no sabía si tenía sentido que lo hiciera. He hecho todas las baterías con un tecladito, todo, los bajos… me he juntado con ellos y hemos humanizado todo eso”. Sus ojos se humedecen fugazmente, quizá recordando todo lo que verbaliza.

Siente que todo es más compacto porque el sonido ha salido “de la misma cabeza de la que han salido las canciones. A lo mejor a nivel técnico tiene carencias, aunque yo creo que no, porque hemos contado con Pablo Pulido, que es un máster. A lo mejor no es tan ortodoxo, lo he sangrado, lo he sudado y lo he llorado, y quiero que se sepa que lo he hecho yo. Siempre parece que hay un tío detrás: un productor hombre, un músico hombre, un compositor hombre que aprueba las cosas que hace una cantautorcita, la chiquita que toca la guitarra. Pero esta chiquita está todos los días estudiando la guitarra para que los temas sean redondos. Dame el crédito a mí, yo no quiero el aplauso, pero sí que se sepan las cosas como son”.

“La caja negra”

De un proceso catártico y convulso extrae otro aprendizaje. “En su momento la situación me tenía abatida, romper con todo lo que te ata y soltar tu ancla, pero ni siquiera lo llamaría problema. En ese momento lo podía ver como una cosa gravísima, ahora lo veo como parte del proceso. Era necesario que el anterior no saliera para dar paso a este álbum, que considero el más importante de mi carrera, el álbum que me ha hecho sentirme artista por primera vez. Lo que tenga que padecer, lo padezco por mi arte. Me hace sentir un poco mártir, pero con orgullo. No me importa, estoy contenta”. Todo queda en segundo plano, hasta la autora, en pro de la obra: “Las canciones tiran de mí, voy donde me tiren las canciones. Yo tengo talento para componer, pero talento tiene mucha gente. Creo que la virtud está en estar lo suficientemente conectada con el limbo del arte como para que fluyan a través de mí canciones que están ahí y que podía haber escrito David De María, pero he escrito yo. Cuando te vienen de la manera que tienen que venirte, lo sabes”. Muchos de sus textos son fruto de una escritura fluida, que llega a borbotones: “A nivel de texto hay mucho de escribir lo que pienso, y ya veré luego cómo lo meto. De esa fluidez han surgido pensamientos y frases mucho más crudas de lo que podría haber escrito conscientemente. Yo soy muy esclava de la música para escribir letras, pero me he permitido licencias y he descubierto que el resultado es más honesto”.

Las entretelas de la composición son claves para analizar su contenido. Hay rock, funk y grunge mientras se habla de desengaño, pérdida y despedida. Puedes tararearlo y bailarlo mientras sus letras te pegan un bofetón en la cara. Se habla con crudeza a sí misma en el primer single: “Hay mucho de diálogo interno, la dualidad está en todas las cosas, yo tengo una personita dentro que me dice cosas terribles. En ‘Gran Hermano’ digo ‘Voy a negociar la paz con mi alter ego’, la frase que mejor define la intención de este disco. He hecho el ejercicio de reconciliarme con esa parte que llevo dentro, una fiera que hay que mantener a raya”.

 

 

Ha plasmado versos muy duros, por ejemplo, en ‘Astillas’: “La insoportable gravedad de que se acaba el tiempo”. La clave está en cómo mezcla la crudeza de sus letras con groove y riffs de guitarra, lanzando dardos mientras al oyente se le van los pies:La música es el vehículo, lo potente es el mensaje, la palabra. El balance entre música y texto es equilibrado, presenta dos niveles, el superficial y el subterráneo”. Ya no es la chica naïff que cantaba en La Botica, pero sí conserva una mirada positiva. Está en ‘Mantra’: “Dentro de un proceso de depresión y ansiedad profunda, representa ese momento de luz en el que te levantas y tiras hacia arriba. ‘Todo lo que tengo malo dentro, se vaya yendo’ es un mantra que apela a la necesidad de verbalizar lo que quieras que suceda, como los predicadores en los cultos. En ‘La caja negra’ esa dualidad se ve en todo, es todo muy negro menos un puntito de luz que siempre queda, el resquicio para la esperanza. La sombra no puede ser sin la luz. La vida tiene más fuerza, por eso estamos vivos. Lo pasamos mal, pero aquí estamos”.

Que sea el fruto de una tormenta no significa que haya que acudir a ella después de una catástrofe emocional: “Si acudes en un momento de desastre te va a ayudar mucho más. Aunque no está tan vinculada a la acepción de la caja negra del avión, sino con una caja negra. Un contenedor que tiene la capacidad de preservar intacto lo que tiene dentro, cuando alrededor hay un fuego que arrasa todo menos con las canciones, que son la joya que hay que preservar”. Las dos caras del cedé son brillantes para generar la sensación de estar ante una joya, ante un verdadero diamante. “Es un sitio al que acudir cuando hay un desastre, pero también tiene ese punto nihilista de cantar las penas, el texto es muy denso en ocasiones, pero acompañado de una música muy groovera, muy funk, no te das cuenta y estás contento”.

 

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“Dentro de un proceso de depresión y ansiedad profunda, representa ese momento de luz en el que te levantas y tiras hacia arriba”

 

No hay un solo plato en “La caja negra” para incidir en su sobriedad, para no distraer al oyente de la guitarra ni del texto: “Mi concepto era base súper potente, líneas de bajo casi al mismo nivel de protagonismo de la guitarra, pero que la complementen, y líneas de guitarra que se puedan defender de una toma, de una tocata, no armar los arreglos de la guitarra con capas. En el disco el sonido es desnudo”. Por eso cuando empiece la gira podrá mantener el mismo espíritu: “Lo puedo defender a trío y que suene igual de crudo que en el disco, con el añadido de la emoción del directo. Creo que me sitúa en un sitio de protagonismo del proyecto, soy yo la que está cantando y tocando como suena en el disco. Creo que se me ha visto siempre como guitarrista y compositora, pero quiero que se me vea como eso: esta tía es guitarrista, compositora, y ahora productora y arreglista. No busco la palmadita, busco que se haga justicia a lo que es”. Puro Boza.

 

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