“Black Panther”, de Ryan Coogler

Autor:

CINE

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“Un ejemplo de que el cine comercial no tiene por qué ser perezoso y reaccionario”

 

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Ryan Coogler
“Black Panther”

 

Texto: ELISA HERNÁNDEZ.

 

Cada vez resulta más obvio que, dentro de la saga del universo cinematográfico de Marvel, los filmes que mejor funcionan son aquellos que se presentan como simples anexos a las películas que narran las historias de otros personajes más importantes. Así, las secundarias “Ant-Man” (Peyton Reed, 2015) o “Spiderman: Homecoming” (Jon Watts, 2017) se construían de un modo más coherente y menos desordenado que las más fundamentales (aunque en ocasiones engorrosamente colectivas) “Los Vengadores: La Era de Ultrón” (Joss Whedon, 2015) o “Capitán América: Civil War” (Anthony y Joe Russo, 2016). “Black panther” no es solo el último ejemplo de esta tendencia, es el mejor.

En esta cinta el príncipe de la ficticia Wakanda, T’Challa (Chadwick Boseman), ha de heredar el trono, y el rol de superhéroe protector de la nación, tras la muerte de su padre. Un inesperado aspirante al puesto, Killmonger (cuya intensa y justificada rabia es interpretada con maestría por Michael B. Jordan, siendo el primer villano de toda la saga al que resulta difícil no apoyar), aparecerá de repente, obligando a T’Challa a replantearse su rol personal y el rol de Wakanda en la política internacional.

“Black panther” es una película excitante y maravillosa gracias a todo un conjunto de fantásticos personajes secundarios (desde la hermana y madre del rey hasta los miembros de la guardia real compuesta en exclusiva por mujeres), originales y coloridos escenarios y vestuarios y, sobre todo, por permitirse emborronar y adornar las simplistas líneas sobre las que se ha desarrollado el cine de superhéroes reciente. Al no saturar la trama con múltiples giros y escenas de acción, existe el tiempo y espacio suficiente para presentar un protagonista y un villano capaces de superar el esterotipo y simpleza moral que suele caracterizar a los personajes del subgénero. Así, se nos presentan como individuos preocupados e incluso atormentados, con ideales, valores e ilusiones complejas y permeables a todo aquello que les rodea. Esto es lo que permite también que el filme sea el más (o el único) activamente político de todo el universo cinematográfico de Marvel y, en este sentido, el más consciente de la enorme responsabilidad y poder que se maneja cuando se crea contenido cultural de este calibre.

 

 

Tras el fracaso de intento de gesto revolucionaro que fue “Wonder woman” (Patty Jenkins, 2017), esta cinta nos ofrece un ejemplo de que el cine comercial no tiene por qué ser perezoso y reaccionario, además de recordarnos que cuando aquellos cuyas historias han sido narradas por terceros se ponen detrás de las cámaras, pudiendo, por fin, filmar su propia experiencia, se abre un inconmensurable abanico de posibilidades.

Anterior crítica de cine: “15:17 Tren a París”, de Clint Easwood.

 

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