“Alien” (1979), de Ridley Scott

Autor:

EL CINE QUE HAY QUE VE

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“Refleja lo mucho que nos horroriza la certeza de la existencia de lo siniestro en aquello que mejor creemos conocer: nosotros mismos”

 

Elisa Hernández nos traslada a 1979 para analizar “Alien” y entender así una nueva manera de enfocar el terror, donde lo invisible, lo incomprensible y el suspense causan mayor impacto que la muestra explícita.

 

Texto: ELISA HERNÁNDEZ.

 

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“Alien”
Ridley Scott, 1979

 

A finales de los años setenta y a partir del enorme éxito de filmes como “La guerra de las galaxias” (George Lucas, 1977), gran parte de la industria cinematográfica decidió poner en marcha producciones relacionadas con el mundo de la ciencia-ficción. “Alien”, la segunda película como realizador de Ridley Scott, es hija de ese momento, pero también de una época en la que el cine de terror se da cuenta de que menos es más (“Tiburón”, de Steven Spielberg, se había estrenado en 1975) y de que es en lo invisible, lo incomprensible y el suspense, y no en la mostración, donde se concentra el auténtico horror.

 

 

En “Alien”, la Nostromo, una nave de transporte de mercancías, es ocupada por una extraña e indestructible forma de vida que parasita a uno de los miembros de la tripulación para acceder a ella, pero que rápidamente crece hasta convertirse en un monstruo que los acecha silenciosamente desde los conductos de ventilación de la nave. Pero a pesar de contar con icónicas imágenes de un cierto tono “gore” (entre las que destaca, por supuesto, el violento y desgarrador nacimiento de la criatura a través del estómago de su huésped), en realidad lo sangriento y violento es lo excepcional, impactantes escenas que no ocupan demasiado tiempo del metraje. Así, es en los silencios sepulcrales, en los largos minutos sin música o sonido, en la ansiedad de la expectación, en la tensión de la espera, donde verdaderamente vive el miedo.

 

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En este sentido, el gran acierto de la puesta en escena de “Alien” (y el gran fracaso de sus múltiples secuelas) es no ofrecer ninguna imagen completa de la criatura, a pesar de los bellos y perturbadores diseños que H. R. Giger realizó para el film. Esta ocultación es lo que permite que demos rienda suelta a nuestra imaginación, una imaginación capaz de construir horrores que van mucho más allá de lo mostrado en pantalla.

 

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Porque, en realidad, el terror que transmite “Alien”, aquello que hace que siga resonando en nosotros hoy tanto como lo hizo en 1979, es primordial y, sobre todo, es fundamentalmente humano por cuanto no procede de un otro al que no se quiere entender, sino que nos interroga sobre esa otredad que habita en nuestro interior. La criatura es pura pulsión, viola el rostro y cuerpo de uno de los personajes y lo destroza desde dentro, invade y domina la nave, eliminando poco a poco cualquier rastro de racionalidad (representado en teoría por los miembros de la tripulación). “Alien” es imprescindible y fascinante porque refleja lo mucho que nos horroriza la certeza de la existencia de lo siniestro en aquello que mejor creemos conocer: nosotros mismos.

Anterior entrega de El cine que hay que ver: “Perversidad” (1945), de Fritz Lang.

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