AC/DC La noche de los dinosaurios

Autor:

AC/DC La noche de los dinosaurios AC/DC
Madrid. Estadio Vicente Calderón
Sábado 5 de Junio de 2009

Texto y fotos: JOSEMI VALLE.

AC/DC es un icono vivo de la mitología del rock, un dinosaurio proveniente de la década gloriosa de las guitarras lacerantes y carnívoras, una banda con un lugar privilegiado en el olimpo y en las enciclopedias de la música popular. Han logrado una proeza inalcanzable para casi todos los demás cuando aún no hay visos ni de decadencia ni de fosilización del mito. Han conseguido que afirmar «yo he visto a AC/DC» sea un motivo de vanagloria en el que lo confiesa y de envidia y admiración en el que lo escucha.

Los hermeneutas del rock aplican sobre ellos la lógica despectiva de su primitivismo. Lo que sus detractores señalan como defectos son metamorfoseados en virtudes por sus idólatras, aquellos que se sentirían traicionados si en el código genético de AC/DC no apareciera el rock embrionario y germinal de los cincuenta defendido con riffs machacones como un martillo hidráulico, sobreabundancia de watios, ferocidad y una tromba de distorsión. Son primarios, brutotes, tercos, antediluvianos, su argumentario se reduce a sondear pulsiones sexuales básicas, jugar a la metaliteratura rockera y lanzar loas a la lúdico y hedónico de la vida. Es así, pero a pesar de la llanura de su propuesta son un epifenómeno que suena maravillosamente bien. Su leyenda ha logrado que su inmutabilidad sea considerada un estilo propio, el respeto debido a un sonido que no admite ambivalencias ni veleidades.

Una estudiada mercadotecnia les ha hecho abrazarse a la ley persuasora de la escasez. Los investigadores de la psicología social recuerdan que todo lo que escasea se torna valioso. Los AC/DC cumplen este axioma a la perfección. Se prodigan muy poco, espacian al máximo la publicación de sus discos (hasta la friolera de ocho años), sus canciones no aparecen disgregadas en Mp3 en ningún lugar de la cyberesfera, no editan recopilatorios que deprecian el cancionero de una banda, tocan en directo ocasionalmente y sólo en megalópolis y potentes regiones metropolitanas. Conseguir una entrada para uno de sus conciertos se considera milagro y se señala como digno de beatificación al que finalmente se agencia las dos entradas que permite el protocolo. Sé de lo que hablo. Para conseguir verlos este año necesité dos dolorosos intentos fallidos y la participación benévola del azar en un tercero que se aproximaba inexorablemente a la frustración. Quizá AC/DC sean muy rudos, pero nadie les puede negar erudición en temas mediáticos y mercadotécnicos.

Se presentaron en un atiborrado Vicente Calderón asfixiado por sesenta mil personas explotando el riff de «Rock’n’roll train», el primer single de su último álbum Black ice. A partir de ahí el concierto se convirtió en la liturgia esperada, un ritual secular de rock de masas aderezado de paroxismo emocional e identificación tribal. La banda se dedicó a descorchar un repertorio de clásicos entretejidos por cuatro temas del nuevo disco (especialmente jaleada la pieza «The big Jack»). No se conceden reposo alguno y el megaconcierto es un maremoto de rock peleón que te taladra los tímpanos. No hay baladas como en un bolo de los Rolling Stones, no hay medios tiempos edulcorados como en los de U2, no brotan tediosas excursiones a relecturas como en los de Dylan. Aquí la máquina arranca con rock que te carboniza y concluye sin que te dé tiempo a tomar aliento. Angus Young continúa en forma y se patea el escenario y la pasarela permanentemente, Brian Johnson ejerce de humilde escudero, y los otros tres miembros (Malcolm, Phil Rudd y Cliff Williams) son la base rítmica en la sombra  que se comporta con la asombrosa precisión de un reloj suizo. Juntos se convierten en una apisonadora pasando por encima de un helado. Repitieron los guiños y la iconografía de siempre en un contexto de megalomanía faraónica. Allí estaban el mítico traje de colegial de Angus Young, la gorra y la camisa sin mangas que desenmascaran los brazos de leñador de Jonna, el striptease de Angus en el blues «The Jack», la campana en «Hell bells», la gigantesca muñeca en «Whola lotta Rosie», el solo de guitarra de Angus en la plataforma elevada en mitad del estadio, los cañones de despedida en «For those about to rock» tras defender minutos antes la totémica y coreada puños en alto «Highway to hell».

Es una ceremonia laica de exacerbación sensorial. La feligresía les admira como dioses, pero ve en ellos a unos tipos de procedencia proletaria con los que podrían tomarse una cerveza. Ellos se sienten queridos. Se comportan como chavales divertidos con ganas de pasárselo bien. Derrochan el entusiasmo de un neófito y la energía de un recién llegado que pugna por trepar a lo más alto. Suenan como si salieran de las entrañas de la tierra, de ese infierno que tanto glosan en sus canciones. Su sonido te recuerda a una de esas gigantescas bolas de hierro que se utiliza para demoler edificios.  Sales del estadio como si tú fueras la estructura de hormigón que acaban de convertir en una escombrera. Acabas de acudir a un concierto, pero sabes que es mucho más que un concierto. Y te largas feliz.

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