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Bruno Lomas. Archivo (Primera parte)

Texto de publicado el 21 jun, 2007 en la categoría Archivo, Retrovisor

Bruno Lomas. Archivo (Primera parte)Pudo ser la leyenda más grande nunca vista del rock español, pero este pionero era un tipo peculiar que sólo ansiaba pasárselo bien y disfrutar con lo que más le gustaba, despachar rock sin contemplaciones, descuidando un tanto sus relaciones públicas. Quizás por ello , el de los múltiples accidentes de circulación, no ha recibido los honores que su poderosa obra merece. En EFE EME 42 (octubre 2002), escribió un completo sobre él que ahora recuperamos.


Texto: VICENTE FABUEL.


Mi primer recuerdo físico de Bruno Lomas viene asociado a unas Fallas lejanas de algún año de finales de los 60. Abandonando la compañía de mi madre me acerqué corriendo al pequeño tumulto que el cantante –quizás saltándose los controles de seguridad, quizás haciendo valer su nombre– había provocado al acercarse con un descapotable negro –que a mí me pareció bajísimo, casi rayando el suelo– a la misma base de la Falla de la plaza del Ayuntamiento, entonces del Caudillo. Los que sepan lo que son las Fallas entenderán lo desusado del hecho. El atrevimiento y la chulería del gesto así como las docenas de chicas que enseguida lo rodearon embelesadas, unido al espectacular look que el artista lucía, me hicieron intuir a pesar de la corta edad qué demonios era eso tan comentado del pop y del rock. Con ese hombre insólito y caprichoso comienza esta historia. Bien es cierto que, acto seguido, sus inolvidables canciones iban a colaborar, y cómo, ayudando a completar ese eterno puzzle rockero alrededor del cual algunos hemos ido construyendo nuestras vidas.

Nacido como Emilio Baldoví Menéndez en Játiva, , un 14 de junio de 1940, en el seno de una familia de clase media cuyo padre era médico militar, todo pareció transcurrir precipitadamente en la vida de un joven que con 18 años ya tenía ultimada una primitiva versión de los Milos que incluía en la formación a Ramón Pelejero –el más tarde célebre Raimon de la Cançó–, un paso mediocre por las carreras de Derecho y Peritaje Agrónomo que terminaría abandonando, alguna que otra primeriza muesca de accidente con coches de los varios que iba a sufrir y, eso sí, el destino es el destino, una trágica fecha de caducidad soñada a pulso junto a su primer ídolo, James Dean.

Nunca he entendido demasiado bien la escasa presencia de Bruno Lomas en la escueta e insuficiente historia escrita del rock español. Algunos bienintencionados comentarios, otros clamorosos olvidos, un clarísimo ninguneo a una obra que se me antoja modélica en términos de innovación, categoría musical y apropiado mutis, es decir, y no se olvide, a unos discos intrépidos que abrieron a patadas las atascadas puertas musicales de la España de los 50, cerradas y bien cerradas al exterior como debiera saber todo el mundo que haya nacido en los 50-60 a este lado de los Pirineos. Además, en la década de los 60 y en este país, estar alejado durante toda tu carrera de los dos centros musicales básicos, Madrid y Barcelona, equivalía a un cierto ostracismo que podía resultar caro. Y, sin embargo, a pesar de ello, Bruno consiguió regularizar una amplia carrera de 15 productivos años, girar por el extranjero, alcanzar números uno en listas y dejar unos discos –hoy por fin convenientemente reeditados todos vía digital– que pueden ayudar a establecerlo definitivamente como la indispensable voz de referencia del rock’n’roll español de cualquier época.

El prodigio de Bruno Lomas radicaba en su clarividencia, su intuición y su capacidad de adaptación. Nada hacía intuir tamaña destreza vocal en un boquiabierto chaval valenciano noqueado por aquellas películas generacionales americanas de mitad de los 50 que habían preludiado el desembarco del rock’n’roll en Europa. Valientes films de temática social y adolescentes disfuncionales que como The wild one (de Lazlo Benedek y con Marlon Brando), Semilla de maldad (de Richard Brooks), y los definitivos de Nicholas Ray: Llamad a cualquier puerta, Rebelde sin causa y Al este del edén, consiguieron establecer públicamente al adolescente por primera vez como protagonista principal del asunto. Y tras ello, consiguientemente, ahí estaba Bruno con el primer disco grabado en este país de auténtico rock’n’roll en castellano. Era con Los Milos (1960) –rápidamente hay que decir que junto a Salvador Blesa y, sobre todo, junto a la excelente voz del ya fallecido Vicente Castelló– y sacando lustre a un “Be bop a lula” y otras clásicas que ni siquiera se habían editado en este bendito país entonces aún dominado por la pertinaz dictadura de la copla. Para enseguida encarar en un plisplás la década prodigiosa siendo absolutamente fiel a sus orígenes como rocker, pero sin perderle la cara al beat, a los Festivales Españoles de la Canción, a la música italiana, al pop, al soul, a la bossa y a otros géneros menores. Siempre camaleónico e intuitivo sin dejar de ser él mismo.

A su sagacidad musical Bruno Lomas añadía –no se me extrañen, estamos hablando de pop– su candidatura como futuro sex-symbol rockero, todo un pedazo de look que parecía preludiar a un Harrison Ford “che” en American graffiti, y que debería de haberlo lanzado mucho más lejos aún. Pero, definitivamente, pesaba más su bonhomía que, quizás, su escasa ambición profesional, su calidad de bon vivant y su tremendo apego a la “terreta”, que su disciplina. Contradictorio y aniñado, permanentemente interesado desde adolescente por las armas, el esoterismo, sus amigos, el mar y los viejos discos de Gene Vincent, el gran Bruno Lomas tuvo a gala lucir y regalarnos diariamente una sonrisa que llegaba a desarmar y que le iba a acompañar en los buenos y en los malos momentos, esos mismos que uno va a recorrer emocionado hasta que la fecha de su desaparición un mes de agosto hace ahora 12 años [recordemos que este artículo se escribió en 2002], en trágica escenografía automovilística robada a la leyenda de James Dean, nos dicte con precisión cuándo comienza su leyenda.


LOS MILOS

En términos estrictos de rock’n’roll, la Valencia de finales de los 50 era un entorno sin degradar, nada por aquí, nada por allá. En ese contexto, el nacimiento del trío Los Milos, su enorme categoría, aparece hoy como un hecho asombroso. Mucho más porque los cuatro EPs que llegaron a grabar bajo el seminal epígrafe de “Rock and roll en español” contenían con pureza prístina el primer y a la postre mejor rock & roll vocal que nunca se haría en este país. Los Milos se desarrollaron en el particular caldo de cultivo musical en que se movían las cuencas ribereñas mediterráneas, años donde la inmortal “Volare” de Modugno pesaba mucho más que todos los números uno que Elvis Presley había conseguido en América. Años del Festival de San Remo y de Marino Marino. Años de cierta reticencia al nuevo y diabólico estilo musical que entonces era considerado como un baile más, y que piezas como el “¿Tu vuo fare l’americano?” ejemplifican perfectamente. Inicialmente el tema de Renato Carosone no era más que una sátira del nuevo ritmo aunque acaba por convertirse en todo un clásico del género. Por último, años de sorprendente e incipiente mestizaje musical mediterráneo en donde aparecen fascinantes orquestas como la del italo-egipcio Bob Azzam, con miembros eslavos, egipcios, franceses e italianos, cantando entre otras la celebrada “Mustaphá”. O la del gran Fred Buscaglione y su exquisita fritanga a base de swing, rock & roll, baladas y tarantellas. O sea, el Mediterráneo.

Apoyándose en clásicos de Gene Vincent (“Be bop a lu la”), Buddy Holly (“Rave on”), Danny & The Juniors (“At the hop”), Little Richard (“Lucille”) y otros de Johnny Restivo, Bobby Lewis, Don Covay o Del Shannon pero, obviamente por lo comentado, igualmente en Adriano Celentano, del que vampirizan “Pitágoras” y “Teddy girl”, Los Milos aportan una sorprendente pureza con un rock & roll vocal que apenas usa las guitarras eléctricas y que tampoco tiene que ver mucho con los grupos de doo-woop al uso, más bien, con el novedoso empaste de sus voces llegan a conseguir un efecto de, digamos, camaradería, francamente insólito. El éxito de sus grabaciones ha traído denominación a sus seguidoras, las llaman “milongas”, chicas duras en contraposición a las más poppies “dinámicas”, las seguidoras del Dúo Dinámico, cuando de pronto, tras actuar en Madrid, les surge la posibilidad de una inusual gira por la Riviera italiana. Aceptan.

Las exitosas actuaciones en Lerici o Marina di Massa aceleran el proceso de maduración del trío, mientras que a la vuelta la separación es un hecho en cuanto surgen los primeros contratiempos: pierden legalmente el nombre del trío, Salvador Blesa abandona el grupo y fichan por La Voz de su Amo. El sustituto de Salvador es nada más y nada menos que Pascual Olivas, uno de los compositores más importantes surgidos en la Valencia sixties y futuro hombre fuerte de Los Huracanes. Con él Los Milos mutan en Los Top-Son, y a Bruno, antes de lanzarse en solitario, aún le da tiempo para grabar su primer EP junto a ellos, nada más y nada menos que el entrañable “Twist a María Amparo”, un sensacional recorrido amoroso-turístico por la Valencia ye-yé de 1963 compuesto por ellos mismos que logra encandilar a toda una generación. Ciao a Los Milos.

LAS PRUEBAS DE MADUREZ

Dos acontecimientos marcan las pruebas de fuego de su carrera como solista. En el mismo año 63 y acompañado por las Estrellas de Fuego (antiguos Diábolos, el grupo que capitaneaba la guitarra esencial de Cuco Villanueva), e invitados por Johnny Stark, el manager de Johnny Halliday que los había visto tocar en Valencia, marchan a Francia girando por toda su costa cantábrica desde San Juan de Luz a Biarritz, para luego, ya en un segundo viaje, pasar a París y asombrar con su peculiar rockabilly mediterráneo en clubs como el Keur Samba, Ka Romance, La Scalla, Method, el legendario club de trasformistas Elle et Lui o el Club de la Licorme (en donde son felicitados personalmente por el mismísimo Alain Delon), hasta llegar –primera y probablemente única vez que un rocker nacional lo lograba– al mítico Olympia de Bruno Coquatrix. Sorprendente.

El empresario francés se encapricha con él, les cede su nombre cambiándolo por Bruno et ses Rockeros y les produce un single en el sello Bel-Air, un hoy inencontrable artefacto conteniendo “Se, se, nena” y “Perfidia”. Y por ahí, por la cara B, cuenta alguna crónica que andaba parte de su repertorio en esos shows, una mezcla de números americanos de rock y versiones salvajes de clásicos hispanos como el citado “Perfidia”, “La bamba”, “Angustia”, “Anda” o “El jinete”, una explosiva y exótica mezcla que los lleva a tocar en el legendario club Golf Drout, el garito en el que se había desarrollado todo el rock francés de Eddy Mitchell y Les Chausette Noires o Dick Rivers y Les Chauts Savages. ¿Qué me dicen? Queda, por último, y perdido en la nebulosa del recuerdo, la concreción del resto de la gira centroeuropea y nórdica que Bruno y sus Rockeros llevaron a cabo aquel verano de 1964. Absolutamente pioneros.

La segunda prueba la jugaron en casa. A la vuelta de Francia y después de ser recibidos como héroes musicales en la Valencia provinciana del 64, Bruno y los Rockeros son reclamados para actuar en el portaviones norteamericano Forrest Tal que estaba de maniobras por el Mediterráneo y se encontraba anclado en el puerto de Valencia. En esos días, visitarlo y curiosearlo por padres e hijos se había convertido en un pasatiempo para familias de clase media, pero ahora estamos hablando de un auténtico show de rock’n’roll. Acompañados por el tonillo mediterráneo y jazzy de Els 4-Z (de Lluís Miquel) y la vocalista estándar Dova, Bruno Lomas y los Rockeros –me cuentan embelesados afortunados espectadores del acontecimiento– impresionaron a una audiencia yanqui que albergaba serias dudas acerca de lo que un humilde representante de la tierra del olé y la pandereta cañí podía llegar a hacer con el rock’n’roll. La salvaje versión del “What’d I say” que mi amigo Paco (de los Brokels), maliciosa y periódicamente, me recuerda hicieron en aquella velada, debió de ser sencillamente demoledora. Las gorras de la tropa yanqui volaron alto ese día.


BRUNO LOMAS Y LOS ROCKEROS

La magia del 65. Su aterrizaje en el sello Regal-Odeón es providencial. En esos años grabar rock & roll en la casa Regal –y su considerable nivel técnico– supone circular por autopistas y ver al resto de la panda hacerlo por vías secundarias. Y si a ello se une el excelente momento de compenetración entre grupo y solista el resultado es inmaculado, un brillante tour de force que muestra al cantante, acompañado por unos Rockeros de irreprochable precisión, disfrutar creando un sonido que se mueve entre sus raíces y los nuevos vientos que ahora vienen de Inglaterra, en esa gozosa confusión en que se movía tan cómodamente el pop hispano de la época. El catálogo de portentos ajenos hechos propios que más llega al público abarca desde el rock clásico de Chuck Berry (“Carol”, “Memphis Tennesee”) o Gene Vincent (“Be-bop-a-lula”, “Say mama” ) hasta el beat y el rhythm & blues de The Animals (un “House of the rising sun” sin órgano, “Don’t let me be misunderstood”) o The Searchers (“Sweets for my sweet”), aunque aparecen por primera vez espléndidos temas propios compuestos por el propio Bruno en clave beat como “Ahora sé”, “Es posible” o “ Anoche la vi”.

Pero aún hay más, inopinadamente –si nos olvidamos (¿?) cómo había cantando dos años antes la entrañable “Recuerdo de verano” con los Top-Son–, aparece su faceta como baladista de impetuoso aliento romántico y las sorpresas de “Melancolía” (de Peppino di Capri) o “Dónde estarás” (de Jackie Trent) no hacen sino añadir un motivo más de rendición incondicional. Y es que lo que el amigo Lomas conseguía de baladas tales como el “Cry” de Johnny Ray o el “Perdóname, amigo” de Johnny “Guitar” Watson (que él quizás recogería a través del cover de Johnny Hallyday) es de auténtico pata negra. Incluso va y le dio por componer una de ellas, la nostálgica y sensacional “Verano llegó” que no tardó nada en convertirse en un nuevo hit de cualquier guateque que se preciase. ¡Qué noche la de aquel año!


SIGNOS DE DISTINCIÓN: EL BRUNO AUTOR

En la burocratizada industria musical española de mitad de los 60 componer no era plato reservado a los solistas. Grabar una canción propia y lograr que ésta figurase en lugar destacado únicamente se pudo dar con determinados grupos estrella. Éstos, generalmente, podían incluir alguna cara B propia entre las versiones habitualmente impuestas por la discográfica. Pero para los solistas, en cambio, cada casa disponía de una amplia batería de estupendos compositores que se adaptaban con más o menos facilidad al registro de cada cantante. Pues bien, en esos años, ningún compañero de generación de Bruno –y las chicas aún mucho menos– se saltó la norma excepto él, claro. Y cómo. Baste decir que únicamente en su periplo dorado por el sello Regal-Odeón, desde el 65 al 68, Bruno compuso 18 temas. Se dice pronto.

Variadas canciones de amplios y distintos registros musicales, algunos ya comentados, la mayoría buscando definiciones adolescentes en los que aparecía con sinceridad no exenta de brillantez su visión hedonista y bullanguera de los sixties, sus ambientes y sus relaciones. A menudo el autor lograba un nivel de proximidad generacional con lo que estaba describiendo muy superior al conseguido por los compositores oficiales, y en ese sentido los muchos hallazgos que contienen gemas como “Verano llegó”, “Eres mi chica soñada” (1965) o “Ayer cumpliste los 16” (1966), inspirados retratos juveniles que lo emparentaban con la poesía detallista de los clásicos de Chuck Berry, eran –y lo continúan siendo– todo un lujo. Tampoco le iba a la zaga su atrevimiento al introducir en los textos referencias locales reales de su ciudad: calles como la Gran Vía o la calle de la Paz, clubs de moda como el Whisky A-Go-Go, e incluso nombres de personajes, logrando un mayor grado de identificación con el oyente. En cualquier caso, un hecho excepcional en la España ye-yé de los 60.

El otro gran signo de distinción de Bruno fue lo enorme de su grupo de acompañamiento, los estupendos Rockeros. Capitaneados por el excelente guitarrista y compositor Joaquín M. “Cuco” Villanueva, y con Sento Bug, Pascual “Pipo” Cortés y Lucho Segarra (sustituido luego por el ex Rangers Gali Marcos), todos de la primera y mítica formación, empezaron como cualquier otro grupo instrumental nacional o europeo de esos años, imitando a los Shadows y reverenciando a Hank Marvin como el gran boss de la guitarra eléctrica. Con Bruno, desde la aventura gala hasta su separación en el 66, y en las estupendas grabaciones en solitario que comenzaron a editar al mismo tiempo que aparecían las del jefe, el grupo comenzó a mostrar atractivos atisbos de sonido propio que rezumaban aires mediterráneos y enérgica personalidad propia, lo que unido a la enorme sincronización con el cantante llegó a crear una de las asociaciones musicales españolas más productivas de la década prodigiosa.

BRUNO ALCANZA EL NÚMERO 1

Los entonces omnipresentes y competitivos festivales de la canción ayudaron a Bruno a conseguir la cima de las listas de éxitos en todo el país. El cantante pop, ya sin los Rockeros, participó con desigual fortuna varias veces en la algarabía festivalera de la canción tan cara a esos años, siendo las del año 1966 en el VIII Festival del Mediterráneo de Barcelona con “Como ayer”, y la del VIII Festival de Benidorm con “Amor amargo”, los que acabaron haciendo de él una rutilante estrella nacional. Para la ocasión el artista de Játiva contó con composiciones de Ramón Arcusa y Manuel de la Calva, los auténticos –y nunca bien ponderados– todoterrenos del pop nacional y que, desde luego, en el segundo de los casos, con la formidable “Amor amargo” iban a alcanzar una de sus cimas indiscutibles. Claro que el tratamiento que el caballero Bruno le dio al portento no era para menos. Grande.

Lógicamente, el cine no tardó en llamar a su puerta. El nombre del irregular artefacto pop fue Codo con codo, dirigida en el 67 por Víctor Auz y protagonizado junto a Massiel, Micky y los Tonys (a cuyo cargo estaban los momentos más divertidos) y el Colonel Pipo –un curioso músico valenciano que siempre parecía ir disfrazado como el Sgt. Peppers–, y que a la postre iba a proporcionar a Bruno otro número uno en listas, la composición propia “Codo con codo”. En todo caso, uno de esos films pop que servían para dar cohesión a la peña ye-yé en los gallineros de los cines de programa triple de la época. Su segunda película la rodó en el 69, la extravagante, no en balde la firmaba Ignacio F. Iquino, Chico, chica, boom, y en la que nuestro protagonista –acompañado por la estupenda Claudia Gravy– hacía un improbable papel como taxista-cantante. A su indudable bizarrismo hoy añade la particularidad de su banda sonora con varios y jugosos temas nunca editados comercialmente. A pesar de lo que digan algunas antologías sobre el cantante, el cine nunca más se acordó de él.

Lo cierto es que en estos años de madurez su actividad discográfica no paró. 1967 es el año de la consolidación definitiva del LP y Bruno estrena formato con Canta en directo, nada menos que el primer disco grande grabado en directo –en Barcelona, Teatro Calderón– que se hacía por estos pagos. La elección no era casual, ahí estaba la posibilidad de mostrar al gran público una de las máximas virtudes del ídolo, su enorme prestancia y categoría en un escenario. Quizá con ciertas y lógicas deficiencias técnicas, ahí se encuentra en estado puro el auténtico Bruno Lomas, animal de escena, ahora acompañado por Tino al bajo, Pol Magenti al órgano, Colette a la batería y Bugs Bunny a la guitarra.
Pero su segundo LP de 1968 aún fue más allá. Cara y cruz mostraba una visión panorámica del cantante. Si siempre había parecido competitivo en cualquier palo, ahora el abanico estilístico sorprendía. Bajo la dirección y arreglos de los mejores músicos del sello, Alfredo Doménech, León Borrell y Francisco Burrull entre otros, y todos dedicados a Bruno como lo que realmente era, su mejor juguete, el LP deslumbraba con números de soul (“No es serio tu amor”, “Seis días”), bossa-nova (“Llévame a la luna”, “La chica de Ipanema”, “Insensatez”), y destapaba su vena crooner (“Call me”, “La sombra de tu sonrisa”). Como siempre, versiones y temas propios en franca camaradería, como nunca, un Bruno maduro y distinto que no llegaría a calar al gran público.


LOS AÑOS 70. LA CAÍDA

Tras unos comienzos prometedores en su nuevo sello, Discophon (el mismo con el que habían debutado Los Milos), con algunos discretos hits y que hoy sin embargo suenan de dulce –esos “La mantilla” (1968), “Ya llega el verano” (1968), “El día” o “El rock de Tony Carrera” (1969)–, el artista comienza la nueva década descolocado por la marcha de los nuevos tiempos, por el auge de los sonidos progresivos del momento, y por el íntimo convencimiento de que en esos años cualquier residuo sixties era anatemizado rápidamente como inapropiado. Abocado pues al entonces emergente fenómeno de la canción del verano como forma extrema de mantenimiento del status, Bruno se adentra en el terreno más pantanoso de su discografía, hits versioneados de mediocres temas centroeuropeos que rápidamente lo devuelven a las listas, aunque muchos de sus compungidos fans tengan que agachar la cabeza; risibles textos impropios de una voz que había cantado lo que había cantado. Años a la deriva que además, para más inri, coinciden con el periodo de la transición política y en los que aparecen nuestros peores temores. Corramos pues un tupido velo sobre los singles alimenticios de esta primera mitad de década, quizá con la gozosa excepción de esas dos cosillas que –por supuesto, involuntariamente, pusiera de moda años más tarde el cine y Quentin Tarantino– y que atendían por “Lo que a ti te falta” (1970), y el  jovial “Vente conmigo” (1975).

No obstante, nuestro protagonista aún tendría un arrebato final de dignidad que redimiría sus prestaciones en una década claramente deficiente. Los dos long-plays que edita en el 73 y el 76, ambos sin más título que el nombre del cantante, muestran los intentos desesperados del artista por recurrir a sus orígenes como rocker y recuperar el prestigio perdido. En ellos, aunque recargados con afán de cocodrilo, sus sinceros y feroces covers de rocks de Eddie Cochran (“Summertime blues”), Gene Vincent (“Be-bop-a-lula”), Elvis (“Rock de la cárcel”) o el extraordinario número de blackxploitation de Quincy Jones (“Money is”) comparten surcos con la morralla veraniega al uso. Más sorprendentes resultan los avatares que llevaron en el LP del 76 a que Bruno prescindiera de sus músicos y cantara sobre playbacks instrumentales de origen USA que, cuando menos en el caso del “Stand by me”, hicieron que se lograra un acoplamiento entre voz y música, trabajado junto al músico Jesús Gluck, realmente excepcional. Créanme, a pesar de Ben E. King, Adriano Celentano o John Lennon, he visto al presidente belga de la Apreciation Society of Ben E. King emocionarse como un colegial al escucharla sorprendido. Mismamente como uno mismo.

UNA CONCLUSIÓN MEDIANAMENTE HISTÓRICA

La carrera musical de Bruno Lomas en la década de los 80, tan lozana y glamurosa ella en aquella lejana de los 60, se debatió entre la subsistencia artística y los habituales circuitos de la nostalgia. Atrás quedaban ya aquellos intentos por recuperarlo del periodista José Luis Álvarez cuando lo llevó de nuevo a la Sala Jácara de Madrid y allí, rodeado del todo Madrid sixties, impartiera una de sus últimas lecciones. Así como su participación en aquel programa musical en TVE de Miguel Ríos Qué noche la de aquel año, aquel curioso programa en que a veces los alumnos parecían maestros, y los maestros… daban pena. No sé –quizás no quiero saber– si estamos aquí porque por fin van desapareciendo –y esta revista lo muestra mes a mes– los juicios pesimistas y cerriles sobre cualquier obra artística realizada en una época políticamente rechazable, o si, simplemente, porque se cumplen nostálgicos aniversarios de esto o de lo otro, las avispadas discográficas aprovechan para sacar el recopilatorio de turno, y los demás bailamos al ritmo que ellas marcan.

Quizás sí sé –quiero saber– que a nadie le importa ya su patética militancia final en Fuerza Nueva, sus recitales en los mítines políticos de Blas Piñar, sus escasas luces cuando se refería a los ovnis y demás parafernalia esotérica, su inclusión los últimos años en modestas compañías de varietés con el Bruno Lomas Show… Sé muy bien, eso sí, que en una buena velada podía lograr que cualquiera de sus competidores nacionales quedasen como meros intérpretes de twist. Y por último sé, y por eso firmo estas páginas, que lo único verdaderamente importante en Bruno Lomas era cuando este hombre sencillo se transformaba en un gigante al enfrentarse cara a cara a una canción. Sabía tratarlas como pocos. Según tocase, y sus discos están repletos de ello, con rabia, con mimo, con alegría de vivir, con verdad y siempre con clase. Y cómo.

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