10 de Sabina en letra y música

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Seguimos celebrando la segunda edición del libro “Sabina. Sol y sombra”, ahora con diez de las mejores que Sabina ha escrito en solitario: letra y música de su autoría.

 

Selección y textos: JUAN PUCHADES Y JULIO VALDEÓN.

 

Con la excusa de la segunda edición de “Sabina. Sol y sombra” (Efe Eme), insistimos tanto en la calidad literaria de Sabina, proque han sido tantas sus colaboraciones con otros músicos, que a menudo olvidamos lo bien que escribe… canciones. O sea, letra y música. Y miren que, por falta de espacio, dejamos fuera truenos como ‘Gulliver’, ‘El joven aprendiz de pintor’, ‘Mentiras piadosas’, ‘Y nos dieron las diez’, ‘Amor se llama el juego’, ‘A mis cuarenta y diez’, ‘Barbie Superstar’, ‘Pero qué hermosas eran’, ‘Rosa de Lima’, ‘Noches de boda’… Material suficiente para otra lista que en nada envidiaría a esta. Y sí, en varias de “19 días y 500 noches” también firma Antonio Oliver, pero solo echó una mano en las letras, en calidad de excelso “sparring” literario.

 

1. ‘Calle melancolía’ (1980)

Hay un momento en “Piratas en La Mandrágora”, el “bootleg” que grabó el cantautor Joaquín Carbonell al trío Sabina, Krahe y Pérez, en el que comprendes el por qué del éxito futuro. En canciones así asoma ya el sensacional traficante de emociones. ‘Calle melancolía’ quedará como una rara avis en su discografía. Lejana aún la pose descreía de cínico urbanita, reniega de la ciudad y, al tiempo que le cose un traje inolvidable, sueña con escaparse. “El campo estará verde, debe ser primavera…”.

 

 

2. ‘Caballo de cartón’ (1984)

Igual que Elia Kazan, Martin Scorsese y Woody Allen inventaron Nueva York, Sabina reinventa Madrid. El poeta fotógrafo encuentra claroscuros y destellos en las calles que hará suyas. El recorrido de Lucía en metro, Sol, Gran Vía, Tribunal, revela a un escritor de pupila certera y a un músico que sabe dar con la melodía perfecta. Un medio tiempo excelso.

 

 

3. ‘Por el túnel’ (1984)

Con una ternura limpia de moralina y un fatalismo caníbal, Sabina inaugura su catálogo de princesas caídas. Ahí tienen unas slide dignas de Mick Taylor y un regusto country siglos antes de que este se tornara “americana” e inundara el rock español hasta el aburrimiento, con grabaciones en Nashville y slides, anodinas de tan recurrentes, plagando discos y más discos. Sabina ya estuvo ahí, cuando no estaba nadie.

 

 

4. ‘Cuando era más joven’ (1985)

Joaquín Sabina hace balance desde su recién conquistada posición de cantautor rock que saborea los primeros triunfos. Entre la nostalgia y la euforia, un inolvidable medio tiempo propulsado por unos descomunales Viceversa: la banda que le ayudó a dar el paso eléctrico definitivo.

 

 

5. ‘Así estoy yo sin ti’ (1987)

Alguien, una periodista, le afeó que en su repertorio faltasen canciones de amor. Incapaz de caer en el puro ejercicio de estilo, Sabina dispara con bala y, mientras le escribe a un amor perdido, rubrica una melodía descomunal. De paso, evoca cierto Madrid, ciertos años ochenta. Brillante en el capítulo de las metáforas, anticipa joyas como ‘Cerrado por derribo’. Esta también lo es. Una joya. Un clásico. Otro. Y uno de los primeros éxitos populares.

 

 

6. ‘¿Quién me ha robado el mes de abril?’ (1988)

Pocas veces Sabina ha reconocido la influencia Dylan como en esta ‘Knockin’ on heaven’s door’ de bombillas fundidas, goteras en el descansillo y risas ajadas. Si no se te pone un nudo en el estómago, o estás muerto o deberías de enriquecer con otros alimentos tu monomanía indie. Y no lo decimos solo por la letra: la música es abrumadora. Conviene repetirlo por si no se han quedado con el enunciado de esta entrega: Joaquín Sabina también es músico, compositor completo, de letra y música.

 

 

7. ‘Medias negras’ (1990)

De lo mejor del desigual “Mentiras piadosas”, un cuchillo con bufanda a cuadros y minifalda azul. El contador de historias multiplica su impacto con una excelsa melodía. Eso sí, la versión definitiva, montuna y calentita, en el imprescindible disco en directo del 2000. Aquí, la original:

 

 

8. ‘19 días y 500 noches’ (1999)

La cumbre del Sabina más canalla y ronco. El mejor letrista que Bambino nunca tuvo. El gemelo de José Alfredo Jiménez. Jaime Gil de Biedma con guitarra, casino y cocaína. Lo escribió alguien en el viejo EFE EME: «Ni Tom Waits ni hostias: Joaquín Sabina, de Úbeda, Jaén, en el mismo centro de Madrid». Pa’ que aprendan los niños el (imposible) arte de cuajar un estribillo de un minuto.

 

 

9. ‘Dieguitos y Mafaldas’ (1999)

Enésima barbaridad del disco (claro, “19 días y 500 noches”) que dibujó la crónica poética de España y los españolitos, y de los mexicanos, los argentinos… A partir del recorrido que su novia de entonces hacía para acudir a La Bombonera (lo mismo que en ‘Caballo de cartón’), Sabina regala una milonga incandescente. Una despedida con sabor a callejón sentimental, a bandoneón que se emborracha de tristeza.

 

 

10. ‘Camas vacías’ (2002)

Aunque la gran María Jiménez posiblemente cuajó la versión definitiva (rebautizada como ‘Con dos camas vacías’), hay tormento y coña sulfúrica en esta toma brutal. Alguien capaz de escribir “antes de que me quieras como se quiere a un gato”, o “ya no cierro los bares ni hago tantos excesos, / cada vez son más tristes las canciones de amor”, se merece el Príncipe de Asturias de las Letras, el Nobel de Literatura o mejor que todo ello: una botella de tequila a su salud. Lo sabemos. Caímos en la trampa que denunciábamos. La de poner el acento en las letras. Pero es que… ¡menuda letra!

 

 

Bonus Track
‘De purísima y oro’ (1999)

El equivalente musical a la “Crónica sentimental de España” de Manuel Vázquez Montalbán y las “Memorias de un niño de derechas” de Francisco Umbral. Una canción que hace daño, tal y como explicó en su día Javier Krahe. Esa letra, esa melodía, esa guitarra portuguesa de Antonio García de Diego… A la altura de ‘Tatuaje’, ‘Vámonos’ o ‘Mi Buenos Aires querido’ pero… distinta, mezclando cabeza y corazón como pocas veces pueden darse en una canción popular. Digámoslo, porque hay que decirlo: la mejor canción en castellano de la segunda mitad del siglo XX. A un texto imposible de igualar (la cima creativa de Sabina) se une una música escalofriante, que subraya la condición de documental en blanco y negro. ¿Alguien da más? Solo Sabina. Ay, si de una maldita vez recuperase las ganas de firmar melodías.

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